La más grave amenaza
Julián Marías
A finales de 1945, recién terminada la Guerra Mundial, hablé de “la vocación de nuestro tiempo para la pena
de muerte y el asesinato”.
Algo tan terrible como cierto, que había dominado el espacio de una generación,
desde 1930 aproximadamente. La siguiente significó una recuperación de la
civilización y el sentido moral, y, por tanto, del respeto a la vida humana.
Pero no duró demasiado: hacia 1960 empezaron ciertos fenómenos sociales
inquietantes, y que no han hecho más que crecer y afirmarse. Son el terrorismo
organizado muy organizado, y esto es lo esencial, la inmensa difusión del
consumo de drogas y, sobre todo, la aceptación social del aborto. No el que
alguna vez se cometa, cediendo a impulsos fuertes en circunstancias agobiantes,
sino el que eso parezca bien, un derecho, tal vez un síntoma de “progresismo”.
Hay una manifiesta voluntad de ciertos grupos sociales de que se cometan
abortos, de que el mundo entero quede contaminado por esa práctica, de que
nuestra época se pueda definir por ella, como otras por la esclavitud o la
tortura judicial.
Hace ya once años escribí un artículo, “Una visión antropológica del
aborto”, en que decía lo que me parece necesario y evidente. Creo que hay que
separar esta cuestión de toda perspectiva religiosa, y también científica,
porque la inmensa mayoría de las personas no conocen la ciencia y no tienen
medio de comprobar lo que enseña. Un cristiano puede tener un par de razones
“más” para encontrar inadmisible el aborto, pero si yo fuese ateo opinaría lo
mismo sobre el asunto.
Se trata de que lo que se llama “elección” es exactamente “licencia para
matar”. Al hijo que va a nacer, a la persona “viviente” que llegará en un plazo
fijo a la plenitud de la vida humana si no se la mata en el camino. He
insistido en que, lejos de ser el hijo “parte del cuerpo de la madre”, un tumor
que se puede extirpar, es “alguien”, un “quién” irreductible al padre, a la madre,
a todos lo antepasados, a los elementos que integran el mundo y al mismo Dios,
a quien podrá decir “No”. El niño que nace es una nueva realidad distinta de
todo.
Y esto en cualquier momento. La más refinada hipocresía es usada
constantemente en defensa del aborto. “Interrupción del embarazo”, como se
podría llamar a la horca o al garrote “interrupción de la respiración”. Y
cuando se considera aceptable en las primeras semanas, no después, esto
equivale a creer que es bueno disparar a una persona a veinte metros,
discutible a diez metros de distancia, inadmisible a quemarropa. De igual modo,
si se piensa que un niño con anormalidades no debe vivir, ¿por qué no esperar a
que nazca y matarlo si es efectivamente anormal? ¿Y si la anormalidad
sobreviene a cualquier edad? A veces pienso que Stalin y Hitler han triunfado
al final.
Se dan justificaciones extrañas para justificar el aborto. La violación,
por ejemplo. Me pregunto cuántas violaciones “fecundas” se producen, tal vez
ninguna, y si esto justifica más de cuarenta mil abortos en España en un solo
año ¿con qué justificación legal?. Otra “razón” es la necesidad de disminuir el
crecimiento de la población. Para eso se usan estadísticas “futuras”,
absolutamente incontrolables e irresponsables, y no se tiene en cuenta el
extraordinario aumento de la producción de alimentos y de todo lo demás, hasta
el punto de que su exceso es un problema.
Pero hay otros medios de regular la natalidad, mejores o peores, pero
incomparablemente más justificados que el aborto. Y se lo defiende y propaga en
países, como los europeos, en los que el descenso de la natalidad es
angustioso, en los que apenas nacen niños, ni siquiera para mantener la
población. Europa va a ser un continente de viejos, y si la tendencia se
prolonga, una comunidad en vías de extinción; y es donde con más
encarnizamiento se hace la propaganda del aborto.
¿Por qué? Creo que por debajo de todos los argumentos que se esgrimen
hay una voluntad profunda de “despersonalizar” al hombre en general y de
perturbar la esencial dualidad de la vida humana, varón y mujer, irreductibles
e inseparables, constituidos por la referencia mutua.
Se lleva mucho tiempo intentando “reducir” lo personal a lo orgánico, y esto
a lo inorgánico; lo humano a la zoología; se descarta la libertad, la responsabilidad,
el sentido de la paternidad y de la maternidad se ve a la mujer embarazada,
algo noble y admirable, como una “hembra preñada”.
De esto se trata, esto es lo que se está ventilando. La Humanidad va a
decidir en este final del siglo XX si sigue hacia adelante o vuelve a la prehistoria
suponiendo, como muchos quieren creer, que la prehistoria no era humana, que el
hombre alguna vez no ha sido hombre con sus rasgos esenciales y propios.
Estamos amenazados por la mayor ola de “reaccionarismo” que puedo
recordar; porque no afecta a tal o cual aspecto secundario de la vida, sino a
su misma realidad, a la que tiene de persona, a lo que hace que pueda ser
vividera, con esperanza en medio de todas las dificultades y dolores que lleva
consigo.
La manipulación a que está sometido el mundo actual, incomparable con la
de cualquier otra época, hace verosímil que el mundo se embarque en una
monstruosidad sin precedentes. Imagino que en el siglo próximo se podrá sentir
vergüenza de que haya existido una época tal como nos la presentan, ofrecen y,
lo que es más, quieren imponer.

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