viernes, 31 de agosto de 2012

Tendencias y retos en la educación teológica evangélica en América Latina



Tendencias y retos en la educación teológica
evangélica en América Latina



                                                                                                       

                                                                                                Dr. M. Daniel Carroll R.       Profesor de Antiguo Testamento, Denver Seminary
Profesor adjunto, Seminario Teológico Centroamericano







        
 Este entrenamiento involucra la indoctrinación en la confesión de fe de la denominación o la misión patrocinadora y la provisión de una variedad de experiencias prácticas para que el ministro en formación aprenda a predicar, aconsejar y dirigir los cultos.
Por un lado, esta visión del propósito de la educación teológica refleja una inquietud real motivada por la urgente necesidad de proveer pastores capacitados para las miles de iglesias y congregaciones de un pueblo evangélico que sigue creciendo por toda América Latina. Hay que reconocer que será difícil que las existentes instituciones suplan suficiente cantidad de obreros. Además, se lanzan críticas hacia la educación teológica, especialmente a los modelos tradicionales de residencia, las cuales dicen que, en vez de apuntar a este propósito pastoral, las instituciones mas bien forman a graduados que ni quieren regresar a las iglesias ni llenan las expectativas de los congregados.[6] Por el otro lado, es interesante observar que esta orientación acerca del propósito de la educación teológica encaja bien con la tendencia funcionalista de la educación superior secular: la preparación pragmática de buenos profesionales para las empresas y el gobierno. En este caso, el mercado son las iglesias y ministerios evangélicos.
Al mismo tiempo, al grado que la Iglesia Evangélica tenga en su seno a un número creciente de personas académicamente preparadas en lo secular y sus instituciones teológicas reciban también a profesores mejor preparados (mayormente en la actualidad entre el personal extranjero), nace un interés en lo académico, en ofrecer programas más exigentes y títulos superiores. Esta segunda categoría choca con unas realidades del contexto y sus acompañantes peligros. Se podría mencionar la falta de los recursos financieros necesarios para el desarrollo adecuado de las bibliotecas y el pago de un salario digno a personal más calificado; a menudo tampoco existen los medios para poder enviar a nacionales con potencial al exterior a estudiar y lograr un grado de preparación que no se consigue todavía en América Latina. El desafío de levantar los niveles de educación teológica es grande y requiere una reflexión realista, pero unas instituciones están tomando el reto en serio. Buscan asesoría de personas y entidades internacionalmente reconocidas y están dispuestos a seguir un camino largo y tal vez lento a fin de establecer programas que podrán ser respetados a nivel mundial.
En cambio, el afán cultural por los títulos y el ejemplo negativo del abaratamiento de la educación en el actual ambiente educativo también ha impulsado a algunas otras instituciones a otorgar títulos que jamás serían aceptados en diferentes latitudes. Lo que agrava esta situación es que en ciertos países, como los Estados Unidos y Corea del Sur, existen instituciones que literalmente venden títulos o que requieren demasiado poco para lograrlos. Tristemente, en nuestro continente han encontrado un buen mercado de personas que sobre todo buscan la etiqueta “licenciado” o “doctor” y no quieren pagar el precio por un título de peso académico. Se puede dar el beneficio de la duda a otros del mismo afán, que tal vez sencillamente no tienen la suficiente preparación o experiencia para discernir entre las ofertas fáciles y los programas de seriedad.
Una tercera y última clase de propósito en la educación evangélica teológica es más reciente. Aunque usualmente siempre ha habido algo de esfuerzo de parte de las instituciones para la formación espiritual de sus alumnos (por medio de capillas, días de oración, retiros, etc.), en los últimos años la discusión tocante a esta perspectiva ha tomado mayor sofisticación. Se ha investigado la historia de la educación teológica con el fin de recuperar valores de otros modelos olvidados de formación espiritual y moral, y se proponen diferentes maneras de estructurar el currículo para facilitar el desarrollo del carácter del estudiante.[7] De vez en cuando la discusión desde este punto de vista ha exagerado los problemas de los otros dos. Al mismo tiempo, podría caer en un anti-intelectualismo, así como en un alejamiento de la realidad social.
Idealmente, las instituciones de educación teológica deberían tomar en cuenta los tres propósitos aquí mencionados: el entrenamiento de líderes, la educación académica seria, y la formación de la persona.[8] La mezcla particular de estos tres enfoques depende de la naturaleza de la institución y su propia visión de su misión hacia el pueblo evangélico latinoamericano. Cada perspectiva tiene su contribución y sus posibles vacíos.

Modelos de educación teológica


Así como no hay un solo propósito que abarca todos los programas de educación teológica en América Latina, tampoco existe una total homogeneidad en cuanto a los modelos institucionales. Esta variedad refleja un desarrollo histórico.[9] Las primeras instituciones fueron fundadas por las denominaciones históricas y las misiones de fe y fueron mayormente de residencia.
Este modelo tradicional sigue siendo el más común en el contexto latinoamericano y tiene sus ventajas. En el mejor de los casos, en esta clase de institución el alumno puede concentrarse mejor en el estudio y la lectura y disfrutar una relación más estrecha con los profesores. Gozaría de una comunidad de otras personas, que también se preparan para el ministerio, y tendría más oportunidades para su desarrollo espiritual por los actividades y las experiencias que la institución planifica con ese fin. Como parte del plan de preparación la institución proveería contactos para el ministerio práctico en iglesias locales con las cuales mantiene una relación fraternal de cooperación. A la vez, los profesores tendrían una mejor posibilidad de invertir tiempo en la elaboración de sus materias y así podrían actualizarse continuamente.
Pero las críticas no han faltado. Por un lado, dicen algunos, el estudiante, al venir al centro educativo, a menudo deja a su familia y a su iglesia y, en algunos casos, a su país; así se cortan los vínculos familiares y las raíces culturales y eclesiásticas. Esta situación se agrava cuando el graduando, que ha estado en una “torre de marfil” tranquila y ordenada, ya no quiere regresar a las realidades sociales de su comunidad y a las rutinas difíciles de la labor pastoral. Además, se subraya la imposibilidad de que las instituciones llenen la cada día más fuerte demanda por líderes calificados para la Iglesia Evangélica latinoamericana. Finalmente, se etiqueta a este modelo como una importación foránea que es demasiado cara en términos económicos.
Para responder a estas inquietudes, surge en la década de los sesenta los programas de educación teológica por extensión.[10] Este nuevo modelo nace con el Seminario Evangélico Presbiteriano en Guatemala con la meta de llevar la educación teológica a las personas que nunca tendrían la oportunidad de estudiar en un programa residencial, por razones de su nivel de preparación académica, su trabajo, ministerio o familia. También se esperaba que este acercamiento al entrenamiento de los líderes respondiera más eficazmente a las verdaderas necesidades del medio.[11] Esta manera de concebir la educación teológica se multiplicó rápidamente por todo el continente y aún por el mundo entero. Juntamente con la fundación de nuevas instituciones (o con la conversión de las existentes), se establecieron otras entidades dedicadas a la publicación de materiales para estos programas.[12]
Aunque la orientación de la educación por extensión ha tenido gran auge por muchos años, también ha demostrado una variedad de vacíos cuando se intenta llevarla a la práctica. Por ejemplo, se señala que frecuentemente las materias (especialmente los textos programados) reflejan el mismo contenido que las de residencia. Es decir, en estos casos la educación por extensión ni es novedosa ni sensible a contextos particulares, sino mas bien resulta ser simplemente otra manera de impartir lo mismo de siempre. Otra inquietud que ha surgido tiene que ver con cómo relacionar estos programas con los de residencia, particularmente en cuestiones como la transferencia de créditos y el reconocimiento de las materias tomadas. Este tema viene a ser más y más candente porque el nivel de preparación académica de la población en general está subiendo, y ya los estudiantes no se quedan satisfechos con el nivel de estudio que se ha podido lograr por medio de muchos de estos programas.
No obstante los problemas que se presentan en la educación por extensión, esta orientación ha jugado un importante papel en alertar a los programas de residencia de la necesidad de llegar a personas más allá de los cuatro muros de la institución. En la actualidad algunas han modificado la estructuración de la enseñanza para que sea una combinación de residencia y extensión: existe una sede donde se ofrecen ciertas materias (tal vez las más técnicas, que requieren el uso de la biblioteca y una tutoría más continua), pero también se ofrecen otras en diversos centros. Otras instituciones ahora tienen programas nocturnos y/o sabatinos para sus títulos formales y otros menos exigentes para laicos quienes sólo buscan aumentar su conocimiento bíblico y ministerial. Cualquier opción entre los dos modelos o combinación de los mismos que se tomara dependerá del propósito de la institución.
Este breve análisis de estos dos modelos principales revela que las instituciones de educación teológica evangélica están luchando con las mismas tensiones que las de la educación secular que se mencionó anteriormente. Tratan de romper el molde de los sistemas bancarios, quieren democratizar la educación, y buscan la forma de maximizar los pocos recursos que están a la mano para llenar la necesidad educativa de los actuales y potenciales estudiantes. Es menester, sin embargo, también enfatizar que las instituciones de educación teológica no están exentas de la misma tentación peligrosa de abaratar los títulos y multiplicar demasiado sus programas en su afán de cumplir su misión de ayudar en la formación del pueblo de Dios.

El currículo en la educación teológica


En su reseña de los currículos que se enseñan en las instituciones de educación teológica, Emilio A. Núñez menciona varios que no responderían bien a las necesidades de las actuales realidades sociales y eclesiásticas de América Latina.[13] Hace alusión, por ejemplo, al “currículo importado”, el cual es una copia de lo que se da en los seminarios del extranjero de donde se graduaron los misioneros o los nacionales que tuvieron la oportunidad de seguir estudios superiores en otras partes; al “currículo extraterrestre”, que enfatiza primordialmente lo académico y no presta la atención debida a la pastoral; y al “currículo pragmatista”, cuyo enfoque está en el activismo sin atender la reflexión teológica.
Estos cuadros obviamente son demasiado generales y cada programa tendría su aporte positivo, pero una vez más las clasificaciones globales nos ayudan a percibir tendencias. El currículo en cada centro evangélico de educación teológica estaría estrechamente ligado con su propósito, el modelo institucional y los recursos disponibles. No obstante, sea cual sea la particular configuración de la institución, el currículo idealmente dedicaría cierta consideración seria al mundo en el cual la Iglesia vive y desempeña sus actividades. Los programas de educación teológica pueden proveer momentos constructivos y situaciones propicias para reflexionar sobre la compleja problemática de hoy a partir de los fundamentos bíblico-teológicos, una perspectiva informada por la historia del cristianismo, y un corazón pastoral. Una sensibilidad para con el contexto no niega la suprema importancia de la evangelización y otras tareas pastorales cotidianas, sino que podría ayudar a ampliar la apreciación del alcance de la misión cristiana.
En nuestro continente han sido las instituciones ecuménicas las que mayormente han reflexionado sobre la gama de tensiones sociopolíticas y económicas del medio, tales como la violencia y el proceso de paz, la deuda externa, la cuestión indígena y la mujer. Estos esfuerzos han tenido efecto en la elaboración de materiales, la formulación del currículo y la pedagogía.[14] Algunas centros ecuménicos aún han reestructurado la institución misma en base a sus convicciones con respeto al contexto.[15]
Recientemente en ciertos círculos evangélicos ha crecido el interés en ver cómo se puede contextualizar mejor el contenido y los programas de educación evangélica.[16] Por un lado, se desea evitar los extremos de ciertas posturas de la Teología de la Liberación y de algunas instituciones ecuménicas; por el otro, se busca un equilibrio entre los varios aspectos de la misión de la Iglesia Evangélica, una orientación siempre arraigada en la verdad bíblica y en importantes distintivos del evangelicalismo. Lo óptimo sería desarrollar una teología pertinente y verdaderamente evangélica, elaborada dentro de y para América Latina y sin menospreciar la rica herencia centenaria de la Iglesia Evangélica mundial.

La Globalización de la Educación Teológica

Cada día, por medio de la tecnología y las crecientes facilidades para viajar a cualquier parte de América Latina y del globo, se presentan nuevas oportunidades para el intercambio de ideas y recursos. Por ejemplo, los medios de comunicación pueden informar a toda la humanidad en un instante acerca de los acontecimientos del momento en cualquier rincón de la planeta y surgen movimientos de solidaridad que involucran a una gama de grupos en la lucha por una variedad de causas. A este fenómeno de relaciones mundiales se le ha llamado la globalización.
En cuanto a la educación teológica, queremos subrayar dos maneras cómo la globalización ha tenido un impacto: la cooperación y la acreditación. Primero, la globalización ha estimulado un mayor grado de cooperación entre instituciones educativas.[17] A nivel internacional, existen diferentes actitudes y una apertura, especialmente de parte del Primer Mundo hacia las instituciones y pensadores de países tercermundistas. En muchos programas en las naciones desarrolladas se utilizan traducciones de obras de otras latitudes como libros de texto o de referencia, y a teólogos del Tercer Mundo se les invita a conferencias y foros. Estas nuevas redes de contactos e información también pueden ayudar en gran manera al progreso de las instituciones en América Latina: ampliarían los horizontes de conocimientos y proveería buenas oportunidades para establecer relaciones profesionales constructivas; a la vez, visitas a otras instituciones podrían llevar a los programas de nuestro contexto a una evaluación más realista de su nivel académico y eficiencia administrativa.
A nivel latinoamericano, este espíritu de cooperación se ha plasmado en el establecimiento de asociaciones de instituciones de educación teológica. Actualmente funcionan asociaciones regionales, como A.S.I.T. (Asociación de Seminarios e Instituciones Teológicas) en el Cono Sur y A.L.I.E.T. (Asociación Latinoamericana de Instituciones de Educación Teológica) en la parte norteña de Sur América, Centro América y México. En el ámbito meramente evangélico, en 1992 se fundó A.E.T.A.L. (Asociación Evangélica de Educación Teológica en América Latina), que ya tiene más de cien instituciones afiliadas por todo el continente.[18] Entre otras actividades, estas asociaciones han celebrado reuniones de reflexión y han organizado varias clases de seminarios (por ejemplo, de bibliotecología y de educación cristiana). A.E.T.A.L. publica semestralmente la revista bilingüe (español-portugués) Vox Scripturae, cuyo propósito es proveer una fuente de estudios evangélicos; hoy en día se envía a instituciones en varios continentes del mundo.
El involucramiento de parte de una institución de educación evangélica en un proceso de globalización también pudiera traer peligros. Por su deseo de aprovechar los posibles beneficios de tales relaciones, un centro educativo podría olvidar que su prioridad es preparar personas dentro de y para el contexto en el cual se encuentra la institución. El distanciamento del medio podría manifestarse, por ejemplo, en la dedicación de tiempo y recursos a proyectos que tendrían poca relevancia entre la población a que sirve; incluso esto podría darse en cuestiones doctrinales e ideológicas. Un caso interesante en América Latina ha sido la Teología de la Liberación. Los teólogos de esta postura, en sus publicaciones y pronunciamientos en el extranjero y en el continente, antes proyectaban una imagen de vocero de las masas. Como hablaban en nombre de los pobres y en solidaridad con ciertos movimientos populares, se daba la impresión de que reflejaban el pensamiento teológico del grueso de los cristianos en América Latina. Sin embargo, debido a los muchos cambios que se han dado últimamente en el mundo político y social, como en el discurso teológico, ha salido a plena luz que realmente representaban solamente a una voz minoritaria, aunque importante.[19] Esa corriente gozó de gran popularidad en el Primer Mundo por muchos años y, como los mismos liberacionistas han empezado a admitir, cayeron en un autoengaño tocante a su propia importancia y representatividad.[20] El reto es mantener la integridad contextual, cultural y doctrinal junto con un profundo aprecio por las relaciones amplias.
Una segunda área de impacto de la globalización es la de la acreditación. Este es un tema nuevo en el contexto de la educación en general en América Latina. Algunos entienden por “acreditación” el reconocimiento de los títulos por una autoridad establecida y, desde esta perspectiva, esto primordialmente se relacionaría con cuestiones de legalidad ante el gobierno y la sociedad. Otros sólo están interesados en el reconocimiento de sus programas (entendido como la aceptación de sus graduados) por su denominación patronicadora o las iglesias en su entorno. En cambio, en círculos académicos a nivel mundial, el vocablo ciertamente involucra el reconocimiento legal y/o eclesiástico, pero se refiere en particular a una evaluación de la institución en base a normas de calidad de los varios niveles de estudio.
Existen varias clases de entidades que podrían acreditar los programas de una institución. En muchos países del continente la acreditación gubernamental de la educación teológica no es posible por razones constitucionales. Sin embargo, para muchos educadores la acreditación de parte del gobierno, aunque tiene una importancia cultural y contextual, por varias razones no satisface como quisieran ciertas exigencias educativas. Por ejemplo, por tratar de una preparación académica, así como espiritual, la educación teológica busca la excelencia en áreas, como la transformación del carácter cristiano del educando, que no entran dentro de los parámetros seculares. Por otro lado, se ha notado la decadencia en varias instituciones de la educación secular que, por una variedad de causas, dan la impresión de que hay menos requisitos por los títulos, la multiplicación de nuevos programas sin la preparación adecuada de los profesores y la modernización correspondiente de las instalaciones, y el descuido de las bibliotecas. Por ende, la acreditación gubernamental podría resultar ser más el cumplimiento de requisitos de un proceso legal que la continua evaluación profesional de la calidad docente, administrativa e investigativa de una institución.
A la luz de esta realidad latinoamericana y siguiendo el patrón utilizado en otros continentes, las asociaciones de instituciones evangélicas han establecido sus propios programas de acreditación.[21] En el caso de A.E.T.A.L., las normas se formularon en una serie de consultas con educadores de toda América Latina, quienes tomaron en cuenta las exigencias de sus propios países y las de otras asociaciones de diferentes partes del mundo. Lo que se buscaba era la excelencia académica y la credibilidad internacional.[22] Hasta la fecha el sistema de acreditación solamente tiene previstos modelos de residencia. Falta la elaboración de un sistema para la educación por extensión y una manera de correlacionar los dos, pero ya su Comisión de Acreditación está trabajando en el tema.
El proceso que se estableció abarca una evaluación de la totalidad de la institución y fija normas para cada aspecto de su funcionamiento. En cuanto a lo académico, se estudia, por ejemplo: la biblioteca (el estado de las instalaciones, el porcentaje del presupuesto dedicado a la compra de títulos nuevos, número de volúmenes para cada nivel de estudio, suscripciones de revistas, la preparación del bibliotecario, etc.) y el cuerpo docente (preparación académica mínima para cada nivel, experiencia en aula, carácter, relación con los estudiantes). Este proceso incluye no sólo el análisis del informe formal preparado para la Comisión de Acreditación por la institución, sino también la visita de un equipo por varios días para verificar los datos e investigar personalmente a la institución.
Esta clase de acreditación es muy rigurosa[23] y presenta un reto a las instituciones latinoamericanas de educación teológica. Hay que reconocer las muchas deficiencias en muchas de estas instituciones en varias áreas.[24] Pero, la acreditación también ofrece buenas metas para un desarrollo planificado y ordenado hacia la excelencia en lo académico y espiritual. Las asociaciones intentan promover la cooperación a través de la acreditación para que las instituciones evangélicas se ayuden mutuamente a fin de que cada una cumpla mejor su misión.

Conclusiones


Esta presentación ha tocado una variedad de temas en dos secciones amplias, la relación entre el contexto y las instituciones evangélicas y la globalización. La primera expuso las tendencias y desafíos en la definición de los propósitos de la educación teológica, el análisis de los modelos institucionales y la elaboración del currículo; la segunda enfocó la cooperación entre instituciones y el problema de la acreditación. La discusión ha tenido como propósito informar en una forma breve acerca del estado de la educación teológica. Se espera que también pueda estimular al lector a una reflexión más profunda para que los centros de educación teológica puedan servir mejor al pueblo evangélico latinoamericano en los años venideros.






[1] El autor ha presentado otro resumen de la educación teológica evangélica en el Tercer Mundo en “Perspectives on Teaching the Old Testament from the Two-Thirds World”, en R. S. Hess y G. J. Wenham, eds., Make the Old Testament Live: From Curriculum to Classroom (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Company, 1998), págs. 144-57.
[2] Paulo Freire, Pedagogía del oprimido (Montevideo: Tierra Nueva, 1970). Véase el estudio y análisis del las teorías y obras de Freire por Samuel Escobar, Paulo Freire: Una pedagogía latinoamericana (México: Editorial Kyrios/CUPSA, 1993). Véase también la aplicación de unas ideas de Freire desde una perspectiva evangélica por Daniel S. Schipani, Teología del ministerio educativo: Perspectivas latinoamericanas (Buenos Aires: Nueva Creación; Grand Rapids: Eerdmans Publishing Company, 1993).
[3] Para una descripción y evaluación de la educación superior secular, véase Orlando Albornoz, Education and Society in Latin America (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1993), y Daniel C. Levy et al., “Higher Education Amid the Political-Economic Changes of the 1990s. Report of the LASA Task Force on Higher Education”, LASA Forum 25/1 (1994), págs. 3-16. El primero es un destacado educador chileno; el segundo encabeza el “Task Force on Higher Education” de la Latin American Studies Association.
[4] Hasta aquí sólo se ha mencionado elementos que tendrían mayor importancia para la educación teológica. Otras realidades, como la politización, sindicalización y burocratización de la educación superior, no formarán parte de la siguiente presentación.
[5] Es interesante observar que recientemente ha surgido un debate serio también en Norte América tocante al propósito de la educación teológica. Véase, por ejemplo, Edward Farley, Theologia: The Fragmentation and Unity of Theological Education (Philadelphia: Fortress Press, 1983) y David H. Kelsey, Between Athens and Berlin: The Theological Education Debate (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Company, 1993); para la Gran Bretaña: H. G. M. Williamson, “The Role of Biblical and Theological Research in the Church Today: A View from the Academy”, en P. E. Satterthwaite y D. F. Wright, eds., A Pathway into the Holy Scripture (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Company, 1994), págs. 189-97.
[6] Véase, por ejemplo, la entrevista con el destacado pastor brasileño Caio Fábio D’Araújo Filho: “Educação Teológica Brasileira: Uma Crítica Dura”, Vox Scripturae 4/2 (1994), págs. 131-40.
[7] Para la discusión ecuménica, véase Farley, Theologia y Kelsey, Between Athens and Berlin; para una perspectiva evangélica, nótese Robert W. Ferris, Renewal in Theological Education: Stategies for Change (Wheaton: Billy Graham Center, 1990). Para el medio latinoamericano, véase Sidney Rooy, “Modelos históricos de la educación teológica”, en C. René Padilla, ed., Nuevas alternativas de educación teológica (Grand Rapids: Nueva Creación, 1986), págs. 43-58; MaryLou Riggle, “Consideraciones curriculares: El desafío de la formación espiritual para el ministerio cristiano”, Vox Scripturae 5/1 (1995), págs. 71-87 (originalmente este artículo fue presentado como una ponencia en la Consulta Regional de A.E.T.A.L., en julio de 1994 en Guatemala); David Mendieta, “Fundamentos para una filosofía bíblica del ministerio”, Kairós 16 (enero-junio, 1995), págs. 61-88.
[8] Nótese el intento por A.E.T.A.L., una asociación de instituciones de educación teológica evangélica, de proveer una oportunidad para un intercambio entre teólogos, administradores de las instituciones teológicas y pastores en su asamblea general celebrada en Aguas de Lindoia, Brasil, del 25 al 30 de septiembre de 1995. El tema de la asamblea fue “El diálogo del milenio”. Para el documento final, véase “Un diálogo sobre la educación teológica latinoamericana”, Kairós 19 (julio-diciembre, 1996), págs. 75-81.
[9] J. Norberto Saracco, “La búsqueda de nuevos modelos de educación teológica”, en Padilla, Nuevas alternativas de educación teológica, págs. 23-31.
[10] James C. Dekker, “Placing TEE in the Hands of the People: The Guatemalan Presbyterian Seminary—Update from Inside”, Occasional Essays 9/1 (1982), págs. 41-52; F. Ross Kinsler, Ministry by the People: Theological Education by Extension (Ginebra: WCC Publications; Maryknoll: Orbis Books, 1983); Tony Barrett, Theological Education by Extension (TEE) in Latin America and the Carribean (Londres: Evangelical Missionary Alliance, 1986); Jorge E. Maldonado, “La educación teológica por extensión” en Padilla, Nuevas alternativas de educación teológica, págs. 33-42; Alonso Ramírez Escobar, “Preguntas básicas para la educación a distancia”, Vida y pensamiento 8/2 (1988), págs. 64-73.
[11] Algunos han visto que los ideales de la educación por extensión facilitarían el fomento de una actitud más crítica hacia el contexto sociopolítico. Esta orientación acerca del quehacer teológico defiere de la perspectiva clásica de los programas de extensión. Véase Ross Kinsler, “Educación teológica por extensión: una visión y un movimiento”, Vida y pensamiento 10/2 (1990), págs. 56-67.
[12] Algunas de las series de materiales con mayor trayectoria en América Latina han sido las de SEAN (Study by Extension for All Nations) y LOGOI. El Seminario Bíblico Latinoamericano en San José, Costa Rica, ha producido su propio material, que también es utilizado por otras instituciones: PRODIADIS (Programa Diversificado a Distancia).
[13] Emilio A. Núñez C., “El problema del currículo”, en Padilla, Nuevas alternativas de educación teológica, págs. 59-70.
[14] Unos ejemplos serían Ross Kinsler e Ismael Martin del Campo, eds., Educación teológica en situaciones de sobrevivencia, consulta en Managua, Nicaragua, 14-18 de julio, 1991 (San José: SEBILLA; Ginebra: Programa de Educación Teológica del Concilio Mundial de Iglesias, s.f.); Gonzalo Cruz V., Desafío de la educación popular. Pautas para una educación alternativa (Alajuela: Alfalit, 1992); Ross Kinsler, ed., Educación teológica en Abya-Yala, consulta en San José, Costa Rica, 20-24 de julio, 1992 (San José: Seminario Bíblico Latinoamericano, Programa de Educación Teológica Ecuménica, CETELA, 1992); Matías Preiswerk, Educar en la Palabra Viva. Marco teórico para la educación cristiana (Lima: CELADEC, s.f.); las revistas Educación (publicada por CELADEC) y Vida y pensamiento (del Seminario Bíblico Latinoamericano) a menudo dedican sus números a temas particulares.
[15] Un caso importante en Centro América es el del Seminario Bíblico Latinoamericano en San José, Costa Rica. Véase Jaime A. Prieto, “Desarrollo histórico de la producción teológica del Seminario Bíblico Latinoamericano”, Vida y pensamiento 13/2 (1993), págs. 7-53; cuerpo docente del Seminario Bíblico Latinoamericano, “Educación teológica como afirmación de la vida: Un nuevo modelo de educación teológica diversificada”, Vida y pensamiento 10/2 (1990), págs. 27-34.
[16] Nótese, por ejemplo, Núñez, “El problema del currículo”; idem, “Doing Theology in Latin America: Contextualization” en Emilio A. Núñez C. y William D. Taylor, Crisis in Latin America: An Evangelical Perspective (Chicago: Moody Press, 1989), págs. 311-47; Daniel S. Schipani, El reino de Dios y el ministerio educativo de la iglesia (Miami: Editorial Caribe, 1983); idem, Teología del ministrio educativo; Orlando E. Costas, “Educación teológica y misión” en Padilla, Nuevas alternativas de educación teológica, págs. 9-22; Samuel Escobar, “Fundamento y finalidad de la educación teológica en América Latina”, Vox Scripturae 6/1 (1996), págs. 49-78; “El diálogo del milenio: Formación teológica del liderazgo evangélico”, Boletín teológico 61 (1996), págs. 7-21; M. Daniel Carroll R., “La ética y la educación teológica: Fundamentos y sugerencias”, Vox Scripturae, por publicarse.
[17] Hay varias maneras de entender el término “globalización”. Según S. Mark Heim, puede referirse a (1) la misión de la Iglesia de evangelizar al mundo; (2) la cooperación entre las iglesias y los cristianos por todo el mundo; (3) el diálogo e intercambio con otras religiones; y (4) la misión de entrar en solidaridad con los oprimidos de toda la tierra en la lucha por la justicia (S. Mark Heim, “Mapping Globalization for Theological Education”, Theological Education 26, Suplemento 1 [1990], pág. 12). Nuestra discusión se concentra en la segunda definición y la aplica al ambiente evangélico. Para una buena introducción a los temas que se discute en relación con el tema consúltese todos los artículos de ese mismo número de Theological Education y A. F. Evans, R. A. Evans y D. A. Roozen, eds., The Globalization of Theological Education (Maryknoll: Orbis Books, 1993). David Jobling reflexiona sobre varios de estos puntos desde una postura ecuménica en su artículo “Globalization in Biblical Studies/Biblical Studies in Globalization”, Biblical Interpretation 1/1 (1993), págs. 96-110.
[18] Para el caso de A.E.T.A.L., véase Izes Calheiros de Balbino Silva, “Cooperação: Estratégia em Educaçao Teológica”, Vox Scripturae 3/1 (1993), págs. 63-71.
[19] Para una discusión tocante a los varios significados del vocablo “popular”, véase M. Daniel Carroll R., “Lecturas populares de la Biblia. Su significado y reto para la educación teológica”, Kairós 14 (enero-junio, 1994), págs. 43-61.
[20] Nótese, por ejemplo, Pablo Richard, “Teología de la liberación: Futuro difícil pero posible” en P. E. Arns et al., Teología y liberación: Perspectivas y desafíos. Ensayos en torno a la obra de Gustavo Gutiérrez (Lima: Instituto Bartolomé de las Casas/CEP, 1989), tomo 1, págs. 267-281; “Challenges to Liberation Theology in the Decade of the Nineties,” en Guillermo Cook, ed., New Face of the Church in Latin America (Maryknoll: Orbis Books, 1994), págs. 245-58; P. Berryman, Stubborn Hope: Religion, Politics, and Revolution in Central America (Maryknoll: Orbis Books; Nueva York: The New Press, 1994); Religion in the Megacity: Catholic and Protestant Portraits from Latin America (Maryknoll: Orbis Books, 1996); H. Assmann, “Teología de la liberación: Mirando hacia el frente”, Revista latinoamericana de teología 34 (1995), págs. 93-111.
[21] Véase Emilio A. Núñez C., “Accreditation and Excellence” en R.L. Youngblood, ed., Excellence and Renewal: Goals for the Accreditation of Theological Educación (Exeter: Paternoster, 1989), págs. 35-47.
[22] A.E.T.A.L., Manual de Acreditación/Manual de Reconhecimento (São Paulo: A.E.T.A.L., 1993).
[23] Algunos educadores que han trabajado en cuestiones de acreditación a nivel mundial han postulado que las normas muchas veces reflejan ideales seculares no-bíblicas. Abogan por reevaluar y reformular todo el concepto de la acreditación de instituciones evangélicas. Véase, por ejemplo, Robert W. Ferris, “Accreditation: A Mechanism for Change—for good or ill”, AABC Newsletter 27/1 (1993), págs. 1, 4-7; “Strategic Flexibility in Accreditation Programs”, ponencia presentada en Bangkok, Tailandia, 19-22 de julio de 1993, para el Concilio Internacional de Agencias Acreditadoras de la Alianza Evangélica Mundial.
[24] Nótese, por ejemplo, el artículo de Alec Gilmore, “Third World Theological Libraries”, The Expository Times 105/8 (1994), págs. 237-41.

lunes, 27 de agosto de 2012

martes, 21 de agosto de 2012

CONSIDERACIONES ACERCA DE LOS PROYECTOS DE RECONOCIMIENTO LEGAL DE LAS UNIONES ENTRE PERSONAS HOMOSEXUALES


CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
CONSIDERACIONES
ACERCA DE LOS PROYECTOS DE RECONOCIMIENTO LEGAL
DE LAS UNIONES ENTRE PERSONAS HOMOSEXUALES

INTRODUCCIÓN
1. Recientemente, el Santo Padre Juan Pablo II y los Dicasterios competentes de la Santa Sede:
 (1) han tratado en distintas ocasiones cuestiones concernientes a la homosexualidad. Se trata, en efecto, de un fenómeno moral y social inquietante, incluso en aquellos Países donde no es relevante desde el punto de vista del ordenamiento jurídico. Pero se hace más preocupante en los Países en los que ya se ha concedido o se tiene la intención de conceder reconocimiento legal a las uniones homosexuales, que, en algunos casos, incluye también la habilitación para la adopción de hijos. Las presentes Consideraciones no contienen nuevos elementos doctrinales, sino que pretenden recordar los puntos esenciales inherentes al problema y presentar algunas argumentaciones de carácter racional, útiles para la elaboración de pronunciamientos más específicos por parte de los Obispos, según las situaciones particulares en las diferentes regiones del mundo, para proteger y promover la dignidad del matrimonio, fundamento de la familia, y la solidez de la sociedad, de la cual esta institución es parte constitutiva. Las presentes Consideraciones tienen también como fin iluminar la actividad de los políticos católicos, a quienes se indican las líneas de conducta coherentes con la conciencia cristiana para cuando se encuentren ante proyectos de ley concernientes a este problema.
(2) Puesto que es una materia que atañe a la ley moral natural, las siguientes Consideraciones se proponen no solamente a los creyentes sino también a todas las personas comprometidas en la promoción y la defensa del bien común de la sociedad.

I. NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS IRRENUNCIABLES DEL MATRIMONIO
2. La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad de los sexos re propone una verdad puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo. El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades.
(3) Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas. Así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.
3. La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma. Según el libro del Génesis, tres son los datos fundamentales del designo del Creador sobre el matrimonio.
En primer lugar, el hombre, imagen de Dios, ha sido creado «  varón y hembra  » (Gn 1, 27). El hombre y la mujer son iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto varón y hembra. Por un lado, la sexualidad forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde se unen cuerpo y espíritu.
El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. «  Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne  » (Gn 2, 24).
En fin, Dios ha querido donar a la unión del hombre y la mujer una participación especial en su obra creadora. Por eso ha bendecido al hombre y la mujer con las palabras: «  Sed fecundos y multiplicaos  » (Gn 1, 28). En el designio del Creador complementariedad de los sexos y fecundidad pertenecen, por lo tanto, a la naturaleza misma de la institución del matrimonio.
Además, la unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Este significado cristiano del matrimonio, lejos de disminuir el valor profundamente humano de la unión matrimonial entre el hombre la mujer, lo confirma y refuerza (cf. Mt 19, 3-12; Mc 10, 6-9).
4. No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, «  cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso  ».(4)
En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales «  están condenadas como graves depravaciones... (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados  ».(5) El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos,(6) y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica.
Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales «  deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta  ».(7) Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad.(8) Pero la inclinación homosexual es «  objetivamente desordenada  »,(9) y las prácticas homosexuales «  son pecados gravemente contrarios a la castidad  ».(10)

II. ACTITUDES ANTE EL PROBLEMA
DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES
5. Con respecto al fenómeno actual de las uniones homosexuales, las autoridades civiles asumen actitudes diferentes: A veces se limitan a la tolerancia del fenómeno; en otras ocasiones promueven el reconocimiento legal de tales uniones, con el pretexto de evitar, en relación a algunos derechos, la discriminación de quien convive con una persona del mismo sexo; en algunos casos favorecen incluso la equivalencia legal de las uniones homosexuales al matrimonio propiamente dicho, sin excluir el reconocimiento de la capacidad jurídica a la adopción de hijos.
Allí donde el Estado asume una actitud de tolerancia de hecho, sin implicar la existencia de una ley que explícitamente conceda un reconocimiento legal a tales formas de vida, es necesario discernir correctamente los diversos aspectos del problema. La conciencia moral exige ser testigo, en toda ocasión, de la verdad moral integral, a la cual se oponen tanto la aprobación de las relaciones homosexuales como la injusta discriminación de las personas homosexuales. Por eso, es útil hacer intervenciones discretas y prudentes, cuyo contenido podría ser, por ejemplo, el siguiente: Desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública y, sobre todo, que no expongan a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio, que las dejaría indefensas y contribuiría, además, a la difusión del fenómeno mismo. A quienes, a partir de esta tolerancia, quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales conviventes, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.
Ante el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo, es necesario oponerse en forma clara e incisiva. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas, y asimismo, en cuanto sea posible, de la cooperación material en el plano aplicativo. En esta materia cada cual puede reivindicar el derecho a la objeción de conciencia.

III. ARGUMENTACIONES RACIONALES CONTRA EL RECONOCIMIENTO LEGAL DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES
6. La comprensión de los motivos que inspiran la necesidad de oponerse a las instancias que buscan la legalización de las uniones homosexuales requiere algunas consideraciones éticas específicas, que son de diferentes órdenes.
De orden racional
La función de la ley civil es ciertamente más limitada que la de la ley moral,(11) pero aquélla no puede entrar en contradicción con la recta razón sin perder la fuerza de obligar en conciencia.(12) Toda ley propuesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto es conforme con la ley moral natural, reconocida por la recta razón, y respeta los derechos inalienables de cada persona.(13) Las legislaciones favorables a las uniones homosexuales son contrarias a la recta razón porque confieren garantías jurídicas análogas a las de la institución matrimonial a la unión entre personas del mismo sexo. Considerando los valores en juego, el Estado no puede legalizar estas uniones sin faltar al deber de promover y tutelar una institución esencial para el bien común como es el matrimonio.
Se podría preguntar cómo puede contrariar al bien común una ley que no impone ningún comportamiento en particular, sino que se limita a hacer legal una realidad de hecho que no implica, aparentemente, una injusticia hacia nadie. En este sentido es necesario reflexionar ante todo sobre la diferencia entre comportamiento homosexual como fenómeno privado y el mismo como comportamiento público, legalmente previsto, aprobado y convertido en una de las instituciones del ordenamiento jurídico. El segundo fenómeno no sólo es más grave sino también de alcance más vasto y profundo, pues podría comportar modificaciones contrarias al bien común de toda la organización social. Las leyes civiles son principios estructurantes de la vida del hombre en sociedad, para bien o para mal. Ellas «  desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres  ».(14) Las formas de vida y los modelos en ellas expresados no solamente configuran externamente la vida social, sino que tienden a modificar en las nuevas generaciones la comprensión y la valoración de los comportamientos. La legalización de las uniones homosexuales estaría destinada por lo tanto a causar el obscurecimiento de la percepción de algunos valores morales fundamentales y la desvalorización de la institución matrimonial.
De orden biológico y antropológico
7. En las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia que podrían fundar razonablemente el reconocimiento legal de tales uniones. Éstas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana. El recurrir eventualmente a los medios puestos a disposición por los recientes descubrimientos en el campo de la fecundación artificial, además de implicar graves faltas de respeto a la dignidad humana,(15) no cambiaría en absoluto su carácter inadecuado.
En las uniones homosexuales está además completamente ausente la dimensión conyugal, que representa la forma humana y ordenada de las relaciones sexuales. Éstas, en efecto, son humanas cuando y en cuanto expresan y promueven la ayuda mutua de los sexos en el matrimonio y quedan abiertas a la transmisión de la vida.
Como demuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad. La integración de niños en las uniones homosexuales a través de la adopción significa someterlos de hecho a violencias de distintos órdenes, aprovechándose de la débil condición de los pequeños, para introducirlos en ambientes que no favorecen su pleno desarrollo humano. Ciertamente tal práctica sería gravemente inmoral y se pondría en abierta contradicción con el principio, reconocido también por la Convención Internacional de la ONU sobre los Derechos del Niño, según el cual el interés superior que en todo caso hay que proteger es el del infante, la parte más débil e indefensa.
De orden social
8. La sociedad debe su supervivencia a la familia fundada sobre el matrimonio. La consecuencia inevitable del reconocimiento legal de las uniones homosexuales es la redefinición del matrimonio, que se convierte en una institución que, en su esencia legalmente reconocida, pierde la referencia esencial a los factores ligados a la heterosexualidad, tales como la tarea procreativa y educativa. Si desde el punto de vista legal, el casamiento entre dos personas de sexo diferente fuese sólo considerado como uno de los matrimonios posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio radical, con grave detrimento del bien común. Poniendo la unión homosexual en un plano jurídico análogo al del matrimonio o la familia, el Estado actúa arbitrariamente y entra en contradicción con sus propios deberes.
Para sostener la legalización de las uniones homosexuales no puede invocarse el principio del respeto y la no discriminación de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente inaceptable sólo si se opone a la justicia.(16) No atribuir el estatus social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son ni pueden ser matrimoniales no se opone a la justicia, sino que, por el contrario, es requerido por ésta.
Tampoco el principio de la justa autonomía personal puede ser razonablemente invocado. Una cosa es que cada ciudadano pueda desarrollar libremente actividades de su interés y que tales actividades entren genéricamente en los derechos civiles comunes de libertad, y otra muy diferente es que actividades que no representan una contribución significativa o positiva para el desarrollo de la persona y de la sociedad puedan recibir del estado un reconocimiento legal específico y cualificado. Las uniones homosexuales no cumplen ni siquiera en sentido analógico remoto las tareas por las cuales el matrimonio y la familia merecen un reconocimiento específico y cualificado. Por el contrario, hay suficientes razones para afirmar que tales uniones son nocivas para el recto desarrollo de la sociedad humana, sobre todo si aumentase su incidencia efectiva en el tejido social.
De orden jurídico
9. Dado que las parejas matrimoniales cumplen el papel de garantizar el orden de la procreación y son por lo tanto de eminente interés público, el derecho civil les confiere un reconocimiento institucional. Las uniones homosexuales, por el contrario, no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico, porque no cumplen dicho papel para el bien común.
Es falso el argumento según el cual la legalización de las uniones homosexuales sería necesaria para evitar que los convivientes, por el simple hecho de su convivencia homosexual, pierdan el efectivo reconocimiento de los derechos comunes que tienen en cuanto personas y ciudadanos. En realidad, como todos los ciudadanos, también ellos, gracias a su autonomía privada, pueden siempre recurrir al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. Por el contrario, constituye una grave injusticia sacrificar el bien común y el derecho de la familia con el fin de obtener bienes que pueden y deben ser garantizados por vías que no dañen a la generalidad del cuerpo social.(17)

IV. COMPORTAMIENTO DE LOS POLÍTICOS CATÓLICOS ANTE LEGISLACIONES FAVORABLES A LAS UNIONES HOMOSEXUALES
10. Si todos los fieles están obligados a oponerse al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, los políticos católicos lo están en modo especial, según la responsabilidad que les es propia. Ante proyectos de ley a favor de las uniones homosexuales se deben tener en cuenta las siguientes indicaciones éticas.
En el caso de que en una Asamblea legislativa se proponga por primera vez un proyecto de ley a favor de la legalización de las uniones homosexuales, el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley. Conceder el sufragio del propio voto a un texto legislativo tan nocivo del bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral.
En caso de que el parlamentario católico se encuentre en presencia de una ley ya en vigor favorable a las uniones homosexuales, debe oponerse a ella por los medios que le sean posibles, dejando pública constancia de su desacuerdo; se trata de cumplir con el deber de dar testimonio de la verdad. Si no fuese posible abrogar completamente una ley de este tipo, el parlamentario católico, recordando las indicaciones dadas en la Encíclica Evangelium Vitæ, «  puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública  », con la condición de que sea «  clara y notoria a todos  » su «  personal absoluta oposición  » a leyes semejantes y se haya evitado el peligro de escándalo.(18) Eso no significa que en esta materia una ley más restrictiva pueda ser considerada como una ley justa o siquiera aceptable; se trata de una tentativa legítima, impulsada por el deber moral, de abrogar al menos parcialmente una ley injusta cuando la abrogación total no es por el momento posible.

CONCLUSIÓN
11. La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 28 de marzo de 2003, ha aprobado las presentes Consideraciones, decididas en la Sesión Ordinaria de la misma, y ha ordenado su publicación.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 3 de junio de 2003, memoria de San Carlos Lwanga y Compañeros, mártires.
Joseph Card. Ratzinger
Prefecto
Angelo Amato, S.D.B.
Arzobispo titular de Sila
Secretario

(1) Cf. Juan Pablo II, Alocución con ocasión del rezo del Angelus, 20 de febrero de 1994 y 19 de junio de 1994; Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia, 24 de marzo de 1999; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2357-2359, 2396; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 8; Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986; Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, 24 de julio de 1992; Pontificio Consejo para la Familia, Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa sobre la resolución del Parlamento Europeo en relación a las parejas de homosexuales, 25 de marzo de 1994; Familia, matrimonio y «  uniones de hecho  », 26 de julio de 2000, n. 23.
(2) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002, n. 4.
(3) Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48.
(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357.
(5) Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 8.
(6) Cf. por ejemplo S. Policarpo, Carta a los Filipenses, V, 3; S. Justino, Primera Apología, 27, 1-4; Atenágoras, Súplica por los cristianos, 34.
(7) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986, n. 12.
(8) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986, n. 12.
(9) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358.
(10) Cf. Ibid., n. 2396.
(11) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 71.
(12) Cf. ibid., n. 72.
(13) Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, I-II, p. 95, a. 2.
(14) Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 90.
(15) Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitæ, 22 de febrero de 1987, II. A. 1-3.
(16) Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, II-II, p. 63, a.1, c.
(17) No hay que olvidar que subsiste siempre «  el peligro de que una legislación que haga de la homosexualidad una base para poseer derechos pueda estimular de hecho a una persona con tendencia homosexual a declarar su homosexualidad, o incluso a buscar un partner con el objeto de aprovecharse de las disposiciones de la ley  » (Congregación para la Doctrina de la Fe, Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, 24 de julio de 1992, n. 14).
(18) Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 73.