jueves, 10 de julio de 2014

El Aborto Lectura 9

9. Autobiografía del “Rey del aborto”
Dr. Bernard Nathanson[1]


Vivimos en una época de radical nihilismo; una era de muerte; una era en la que, como argumentaba Walker Percy (un compañero médico, un patólogo especialista en hacer la autopsia a  la civilización occidental), “la compasión lleva a la cámara de gas”, o a la clínica abortista, o a la consulta del eutanásico. Vivimos en una era que prácticamente ha abjurado de los valores morales, de forma que podemos tratar a las personas como objetos sí, el aborto nos ha ayudado a aprender a hacer eso; una era de quiebra de los pilares de la certeza - iglesias, escuelas e instituciones políticas; y así todo, incluida tu vida, amigo mío, puede ser sujeto a debate... es el metódico ahogo de la autoridad y la balcanización sin esperanza de las éticas normativas. ¡Qué deliciosas e interminables son nuestras posibilidades!: matar, morir, utilizar hasta que deje de ser útil, todo ello sin ser juzgados, ni siquiera por nuestra conciencia. (¿Nuestra qué?) Es como bien señala A. MacIntyre: los bárbaros no están esperando más allá de nuestras fronteras; llevan ya gobérnandonos un tiempo.
Soy uno de los que han colaborado en introducir esta era bárbara. He trabajado con ahínco para hacer el aborto legal, asequible y disponible a petición. En 1968, yo era uno de los tres fundadores de la Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto (National Abortion Rights Action League: NARAL). Dirigí la mayor clínica abortista de los Estados Unidos, y como director supervisé decenas de miles de abortos.
He practicado miles por mí mismo. Incluso realicé el aborto de mi propio hijo (...).
En la época en la que dirigía la clínica, practicaba simultáneamente la obstetricia y la ginecología, atendía partos y viajaba  Reproductive and Abortion Rights Action League, la mayor clínica abortista de EE.UU. por todo el país presionando a gobiernos y políticos para que ampliaran sus leyes (esto fue antes del caso Roe contra Wade2). Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer.
También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el Rey del aborto. Mis documentos sobre el aborto, ansiosamente esperados por la prensa liberal (e incluso por la prensa médica liberal) no me hicieron popular entre muchos de mis colegas de profesión. Mi práctica disminuyó porque muchos médicos dejaron de enviarme pacientes.
(Ahora que soy provida, estoy de nuevo exiliado de la comunidad médica nadie me habla). A finales de 1972 estaba exhausto y quería dejar la clínica. Dimití. Tras una breve lucha de poder, otro tomó el relevo. (...)
Cuando dejé la clínica y pasé a ser jefe del servicio de obstetricia en el hospital St. Luke’s, por primera vez en años tenía un poco de tiempo y espacio para pensar. Estoy seguro de que no fue casualidad la mano de Dios estaba presente que justo a la vez empezamos a instalar en el hospital una nueva tecnología maravillosa. Eran los ultrasonidos, que abrían por primera vez una ventana en el vientre. Empezamos también a observar el corazón del feto en monitores electrónicos cardíacos fetales. Por primera vez, empecé a pensar sobre lo que verdaderamente habíamos estado haciendo en la clínica. Los ultrasonidos nos introdujeron en un nuevo mundo. Por primera vez, podíamos ver de verdad el feto humano, medirlo, examinarlo, mirarlo, y desde luego crear un vínculo con él y quererlo. Empecé a hacer eso. Las imágenes ultrasónicas del feto producen un impacto increíblemente fuerte en el que las ve. Un estudio en el New England Journal of Medicine demostró  lo poderosa que es esa tecnología. Hace unos diez años, un artículo de esa revista informaba que de diez embarazadas que acudían a una clínica abortista y a quienes se les mostraban imágenes ultrasónicas del feto antes del aborto, sólo una seguía adelante con el aborto. Nueve salían de la clínica encinta[2]. Eso muestra lo fuerte que es el vínculo que se crea. Yo mismo empecé a tenerlo con el no nacido.
A pesar de que seguía practicando abortos por los que me parecían motivos justificados, ya no estaba seguro de que el aborto a la carta estuviera bien. En 1974, me senté y escribí un artículo para el New England Journal of Medicine. No era una artículo provida, pero en él articulaba mis dudas y temores crecientes sobre lo que había estado haciendo. Declaré categóricamente que había dirigido más de sesenta mil muertes, y dije que el feto era vida. Dije que era un tipo de vida particular, pero vida, y deberíamos ser respetuosos con cualquier tipo de vida.
En ese artículo, formulé indirectamente varias preguntas sobre por qué médicos que habían jurado defender la vida realizaban abortos. Hacía preguntas, pero aportaba pocas o ninguna respuestas. Incluí la frase: “Ya no quedan serias dudas en mi cabeza de que la vida humana existe  en el vientre desde el comienzo mismo del embarazo, a pesar del hecho de que la naturaleza de la vida intrauterina haya sido objeto de considerable discusión en el pasado”. Ésta es una declaración que ahora, veinte años después, debe ser corregida por la nueva información de que disponemos sobre la genética y la reproducción asistida (fecundación in vitro y derivados científicos). Si lo escribiera hoy, tendría que afirmar que la vida humana comienza antes incluso, con el complejo proceso de la fecundación, un milagro de la química, física y biología molecular que tiene lugar en la trompa de Falopio. Cuando el huevo fecundado, que se ha dividido y ha empezado a organizarse, llega al útero, la vida se ha puesto en marcha al menos desde hace tres días.
Pero me estoy adelantando. En ese artículo de 1974, también escribí lo siguiente: “La vida es un fenómeno interdependiente para todos nosotros. Es un espectro continuo que comienza en el útero y acaba con la muerte; las bandas del espectro se designan con palabras tales como feto, bebé, niño, adolescente y adulto. Debemos afrontar con valor el hecho por fin de que la vida humana de un tipo especial se quita (en el proceso del aborto), y como la mayoría de los embarazos se llevan a término con éxito, el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo.
Negar esta realidad es el tipo más craso de evasión moral”. Eran afirmaciones bastante modestas apenas las de un próvida bastante perdido pero dieron rienda suelta a una increíble corriente de emoción. Me dijeron en el New England Journal of Medicine que la contestación a ese artículo era la mayor que habían recibido nunca, incluso hasta hoy. Estaban inundados de correspondencia, y, desde luego, no se tomaron molestias con las cartas: me las enviaron todas. El cartero vaciaba grandes sacas de correo. No eran cartas de admiradores.
Venían de médicos que me habían denostado cuatro años antes por ser un abortista, pero que ahora que había crecido el pastel del aborto y sacaban dinero a derecha e izquierda, habían cambiado de parecer. Estaba abrumado por la vituperación, las amenazas y las llamadas telefónicas. Me llegaban amenazas contra mi vida y mi familia. Pensé para mí mismo: “Bien, realmente he tocado un nervio. Tengo que pensármelo bien”.
Seguí practicando abortos en 1976. Realizaba abortos y alumbraba niños, pero las tensiones morales iban creciendo y se iban haciendo intolerables. En una planta del hospital asistíamos partos, y en otra planta realizábamos abortos. Como Roe contra Wade no establecía restricción alguna, podíamos realizar abortos en el noveno mes, antes de los primeros dolores de parto. Cuando escribo esto, se hacen cada año al menos quince mil abortos después de la vigésimo primera semana. Hoy con veintiuna semanas el niño se considera viable. Estos ya no son ni siquiera abortos: son asesinatos de niños prematuros. A mitad de los setenta, estaba arriba en una planta poniendo la solución salina hipertónica en una embarazada de 23 semanas, y en otra planta abajo tenía otra de 23 semanas con contracciones y yo trataba de salvar al niño. Las enfermeras cayeron en el mismo hachazo moral. ¿Qué hacíamos aquí, estábamos salvando niños o los estábamos matando?
Por fin restringí la práctica del aborto a aquellos casos en los que juzgaba que existía una imperiosa necesidad de abortar. Esto era a finales de los setenta. Incluía la violación y el incesto entre esos casos. En este período, escribí un libro titulado La América que aborta. En él hice una lista de numerosas condiciones que podrían justificar un aborto.
Realicé dos o tres abortos en 1978, y en 1979 el último de todos. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar; la persona en el vientre es un ser humano vivo, y no podíamos seguir haciendo la guerra a los seres humanos más indefensos. Después de mirar los ultrasonidos, ya no podía seguir como antes. Pero esta “conversión” era un suceso puramente empírico. Esta maravillosa tecnología nos había permitido conocer más sobre el feto desde su llegada que en casi toda la historia de la Medicina anteriormente. (...)
Fue llegado a ese punto cuando yo mismo, enfrentado a esa revolución empírica, esta masa creciente de nuevos datos, comencé el doloroso proceso de cambiar mis ideas sobre la aceptabilidad del aborto. Por fin había aceptado el cambio de paradigma.



[1]  Médico del Colegio Americano de Obstetricia y Ginecología; Fundador de la National en los años ‘70. Durante su dirección se provocaron más de 60.000 abortos.


[2] El caso de Roe contra Wade, además de ser muy famoso en EE.UU., marcó un hito importante en la legalización del aborto en ese país. Jane Roe es el seudónimo que la Prensa otorgó a la mujer que se querelló contra el Estado americano de Texas; embarazada como resultado de una violación (aunque ella misma confesó que no era cierto), Roe demandó a Texas porque sus leyes le impedían abortar. Las sucesivas apelaciones llevaron el caso al Tribunal Supremo de los EE.UU., quien finalmente dio la razón a Roe y dictaminó en 1973 la legalización del aborto a nivel federal en determinados supuestos. Mientras tanto el hijo de Roe ya había nacido y fue entregado en adopción. Roe trabajó durante años en una clínica abortista hasta que, hace poco, decidió dar un cambio radical a su vida y abandonó su trabajo. Ahora dedica sus esfuerzos a una organización provida antiabortista

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