TESTIMONIOS SOBRE EL ABORTO
8. Un mensaje que está en la vida y es la vida
Jérôme Lejeune
“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el
principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la
vida. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos
ustedes conocen bien, es también el credo del m icogenetista más materialista
que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información
que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también
su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en
la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda
razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el
principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un
huevo después de su fecundación. (...).
Pero habrá quien diga que, al principio del todo, dos o tres días después
de la fecundación, sólo hay un pequeño amasijo de células.
¡Qué digo! Al principio se trata de una sola célula, la que proviene de
la unión del óvulo y del espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican
activamente, pero esa pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya
diferente de la de su madre? Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y,
lo que es a duras penas creíble, ya es capaz de dar órdenes al organismo de su
madre.
Este minúsculo embrión, al sexto o séptimo día, con tan sólo un milímetro
y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y
sólo él, quien detiene la menstruación de la madre, produciendo una nueva
sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha.
Tan pequeñito como es, es él quien, por una orden química, fuerza a su
madre a conservar su protección. Ya hace de ella lo que quiere ¡y Dios sabe que
no se privará de ello en los años siguientes! A los quince días del primer
retraso en la regla, es decir a la edad real de un mes, ya que la fecundación
tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su
minúsculo corazón late desde hace ya una semana, sus brazos, sus piernas, su
cabeza, su cerebro, ya están formándose.
A los sesenta días, es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso
de la regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos
tres centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez.
Sería invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin
querer, sin que nos diéramos cuenta: pero, extiendan la mano, está casi
terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro... todo está en su sitio y ya
no hará sino crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su
palma y decirle la buenaventura.
Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y podrán descifrar
sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder hacer su carné de
identidad. (...).
El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, existe de
verdad; no se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno
de nosotros. Pero dirán que hasta los cinco o seis meses su cerebro no está del
todo terminado. ¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro sólo estará
completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables
conexiones no estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o
siete años; y su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada
hasta los catorce o quince.
¿Pero a nuestro Pulgarcito de dos meses ya le funciona el sistema nervioso?
Claro que sí, si su labio superior se roza con un cabello, mueve los brazos, el
cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida. (...). A los cuatro meses se
mueve tanto que su madre percibe sus movimientos.
Gracias a la casi total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas volteretas,
actividad para la que necesitará años antes de volver a realizarla al aire
libre. A los cinco meses, coge con firmeza el minúsculo bastón que le ponemos
en las manos y se chupa el dedo esperando su entrega. (...).
Entonces, ¿para qué discutir? ¿Por qué cuestionarse si estos hombrecitos
existen de verdad? ¿Por qué racionalizar y fingir creer, como si uno fuese un
bacteriólogo ilustre, que el sistema nervioso no existe antes de los cinco
meses? Cada día, la Ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida
oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más
asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron
partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han
encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos
ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres”.
Clara Lejeune: Dr. Lejeune. El amor a la vida, Ed. Palabra, Madrid 1999, pp. 47-50.
No hay comentarios:
Publicar un comentario