jueves, 10 de julio de 2014

El Aborto Lectura 9

9. Autobiografía del “Rey del aborto”
Dr. Bernard Nathanson[1]


Vivimos en una época de radical nihilismo; una era de muerte; una era en la que, como argumentaba Walker Percy (un compañero médico, un patólogo especialista en hacer la autopsia a  la civilización occidental), “la compasión lleva a la cámara de gas”, o a la clínica abortista, o a la consulta del eutanásico. Vivimos en una era que prácticamente ha abjurado de los valores morales, de forma que podemos tratar a las personas como objetos sí, el aborto nos ha ayudado a aprender a hacer eso; una era de quiebra de los pilares de la certeza - iglesias, escuelas e instituciones políticas; y así todo, incluida tu vida, amigo mío, puede ser sujeto a debate... es el metódico ahogo de la autoridad y la balcanización sin esperanza de las éticas normativas. ¡Qué deliciosas e interminables son nuestras posibilidades!: matar, morir, utilizar hasta que deje de ser útil, todo ello sin ser juzgados, ni siquiera por nuestra conciencia. (¿Nuestra qué?) Es como bien señala A. MacIntyre: los bárbaros no están esperando más allá de nuestras fronteras; llevan ya gobérnandonos un tiempo.
Soy uno de los que han colaborado en introducir esta era bárbara. He trabajado con ahínco para hacer el aborto legal, asequible y disponible a petición. En 1968, yo era uno de los tres fundadores de la Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto (National Abortion Rights Action League: NARAL). Dirigí la mayor clínica abortista de los Estados Unidos, y como director supervisé decenas de miles de abortos.
He practicado miles por mí mismo. Incluso realicé el aborto de mi propio hijo (...).
En la época en la que dirigía la clínica, practicaba simultáneamente la obstetricia y la ginecología, atendía partos y viajaba  Reproductive and Abortion Rights Action League, la mayor clínica abortista de EE.UU. por todo el país presionando a gobiernos y políticos para que ampliaran sus leyes (esto fue antes del caso Roe contra Wade2). Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer.
También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el Rey del aborto. Mis documentos sobre el aborto, ansiosamente esperados por la prensa liberal (e incluso por la prensa médica liberal) no me hicieron popular entre muchos de mis colegas de profesión. Mi práctica disminuyó porque muchos médicos dejaron de enviarme pacientes.
(Ahora que soy provida, estoy de nuevo exiliado de la comunidad médica nadie me habla). A finales de 1972 estaba exhausto y quería dejar la clínica. Dimití. Tras una breve lucha de poder, otro tomó el relevo. (...)
Cuando dejé la clínica y pasé a ser jefe del servicio de obstetricia en el hospital St. Luke’s, por primera vez en años tenía un poco de tiempo y espacio para pensar. Estoy seguro de que no fue casualidad la mano de Dios estaba presente que justo a la vez empezamos a instalar en el hospital una nueva tecnología maravillosa. Eran los ultrasonidos, que abrían por primera vez una ventana en el vientre. Empezamos también a observar el corazón del feto en monitores electrónicos cardíacos fetales. Por primera vez, empecé a pensar sobre lo que verdaderamente habíamos estado haciendo en la clínica. Los ultrasonidos nos introdujeron en un nuevo mundo. Por primera vez, podíamos ver de verdad el feto humano, medirlo, examinarlo, mirarlo, y desde luego crear un vínculo con él y quererlo. Empecé a hacer eso. Las imágenes ultrasónicas del feto producen un impacto increíblemente fuerte en el que las ve. Un estudio en el New England Journal of Medicine demostró  lo poderosa que es esa tecnología. Hace unos diez años, un artículo de esa revista informaba que de diez embarazadas que acudían a una clínica abortista y a quienes se les mostraban imágenes ultrasónicas del feto antes del aborto, sólo una seguía adelante con el aborto. Nueve salían de la clínica encinta[2]. Eso muestra lo fuerte que es el vínculo que se crea. Yo mismo empecé a tenerlo con el no nacido.
A pesar de que seguía practicando abortos por los que me parecían motivos justificados, ya no estaba seguro de que el aborto a la carta estuviera bien. En 1974, me senté y escribí un artículo para el New England Journal of Medicine. No era una artículo provida, pero en él articulaba mis dudas y temores crecientes sobre lo que había estado haciendo. Declaré categóricamente que había dirigido más de sesenta mil muertes, y dije que el feto era vida. Dije que era un tipo de vida particular, pero vida, y deberíamos ser respetuosos con cualquier tipo de vida.
En ese artículo, formulé indirectamente varias preguntas sobre por qué médicos que habían jurado defender la vida realizaban abortos. Hacía preguntas, pero aportaba pocas o ninguna respuestas. Incluí la frase: “Ya no quedan serias dudas en mi cabeza de que la vida humana existe  en el vientre desde el comienzo mismo del embarazo, a pesar del hecho de que la naturaleza de la vida intrauterina haya sido objeto de considerable discusión en el pasado”. Ésta es una declaración que ahora, veinte años después, debe ser corregida por la nueva información de que disponemos sobre la genética y la reproducción asistida (fecundación in vitro y derivados científicos). Si lo escribiera hoy, tendría que afirmar que la vida humana comienza antes incluso, con el complejo proceso de la fecundación, un milagro de la química, física y biología molecular que tiene lugar en la trompa de Falopio. Cuando el huevo fecundado, que se ha dividido y ha empezado a organizarse, llega al útero, la vida se ha puesto en marcha al menos desde hace tres días.
Pero me estoy adelantando. En ese artículo de 1974, también escribí lo siguiente: “La vida es un fenómeno interdependiente para todos nosotros. Es un espectro continuo que comienza en el útero y acaba con la muerte; las bandas del espectro se designan con palabras tales como feto, bebé, niño, adolescente y adulto. Debemos afrontar con valor el hecho por fin de que la vida humana de un tipo especial se quita (en el proceso del aborto), y como la mayoría de los embarazos se llevan a término con éxito, el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo.
Negar esta realidad es el tipo más craso de evasión moral”. Eran afirmaciones bastante modestas apenas las de un próvida bastante perdido pero dieron rienda suelta a una increíble corriente de emoción. Me dijeron en el New England Journal of Medicine que la contestación a ese artículo era la mayor que habían recibido nunca, incluso hasta hoy. Estaban inundados de correspondencia, y, desde luego, no se tomaron molestias con las cartas: me las enviaron todas. El cartero vaciaba grandes sacas de correo. No eran cartas de admiradores.
Venían de médicos que me habían denostado cuatro años antes por ser un abortista, pero que ahora que había crecido el pastel del aborto y sacaban dinero a derecha e izquierda, habían cambiado de parecer. Estaba abrumado por la vituperación, las amenazas y las llamadas telefónicas. Me llegaban amenazas contra mi vida y mi familia. Pensé para mí mismo: “Bien, realmente he tocado un nervio. Tengo que pensármelo bien”.
Seguí practicando abortos en 1976. Realizaba abortos y alumbraba niños, pero las tensiones morales iban creciendo y se iban haciendo intolerables. En una planta del hospital asistíamos partos, y en otra planta realizábamos abortos. Como Roe contra Wade no establecía restricción alguna, podíamos realizar abortos en el noveno mes, antes de los primeros dolores de parto. Cuando escribo esto, se hacen cada año al menos quince mil abortos después de la vigésimo primera semana. Hoy con veintiuna semanas el niño se considera viable. Estos ya no son ni siquiera abortos: son asesinatos de niños prematuros. A mitad de los setenta, estaba arriba en una planta poniendo la solución salina hipertónica en una embarazada de 23 semanas, y en otra planta abajo tenía otra de 23 semanas con contracciones y yo trataba de salvar al niño. Las enfermeras cayeron en el mismo hachazo moral. ¿Qué hacíamos aquí, estábamos salvando niños o los estábamos matando?
Por fin restringí la práctica del aborto a aquellos casos en los que juzgaba que existía una imperiosa necesidad de abortar. Esto era a finales de los setenta. Incluía la violación y el incesto entre esos casos. En este período, escribí un libro titulado La América que aborta. En él hice una lista de numerosas condiciones que podrían justificar un aborto.
Realicé dos o tres abortos en 1978, y en 1979 el último de todos. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar; la persona en el vientre es un ser humano vivo, y no podíamos seguir haciendo la guerra a los seres humanos más indefensos. Después de mirar los ultrasonidos, ya no podía seguir como antes. Pero esta “conversión” era un suceso puramente empírico. Esta maravillosa tecnología nos había permitido conocer más sobre el feto desde su llegada que en casi toda la historia de la Medicina anteriormente. (...)
Fue llegado a ese punto cuando yo mismo, enfrentado a esa revolución empírica, esta masa creciente de nuevos datos, comencé el doloroso proceso de cambiar mis ideas sobre la aceptabilidad del aborto. Por fin había aceptado el cambio de paradigma.



[1]  Médico del Colegio Americano de Obstetricia y Ginecología; Fundador de la National en los años ‘70. Durante su dirección se provocaron más de 60.000 abortos.


[2] El caso de Roe contra Wade, además de ser muy famoso en EE.UU., marcó un hito importante en la legalización del aborto en ese país. Jane Roe es el seudónimo que la Prensa otorgó a la mujer que se querelló contra el Estado americano de Texas; embarazada como resultado de una violación (aunque ella misma confesó que no era cierto), Roe demandó a Texas porque sus leyes le impedían abortar. Las sucesivas apelaciones llevaron el caso al Tribunal Supremo de los EE.UU., quien finalmente dio la razón a Roe y dictaminó en 1973 la legalización del aborto a nivel federal en determinados supuestos. Mientras tanto el hijo de Roe ya había nacido y fue entregado en adopción. Roe trabajó durante años en una clínica abortista hasta que, hace poco, decidió dar un cambio radical a su vida y abandonó su trabajo. Ahora dedica sus esfuerzos a una organización provida antiabortista

lunes, 7 de julio de 2014

El Aborto Lectura 8


TESTIMONIOS SOBRE EL ABORTO


8. Un mensaje que está en la vida y es la vida
Jérôme Lejeune
“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes conocen bien, es también el credo del m icogenetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación. (...).
Pero habrá quien diga que, al principio del todo, dos o tres días después de la fecundación, sólo hay un pequeño amasijo de células.
¡Qué digo! Al principio se trata de una sola célula, la que proviene de la unión del óvulo y del espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican activamente, pero esa pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya diferente de la de su madre? Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y, lo que es a duras penas creíble, ya es capaz de dar órdenes al organismo de su madre.
Este minúsculo embrión, al sexto o séptimo día, con tan sólo un milímetro y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y sólo él, quien detiene la menstruación de la madre, produciendo una nueva sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha.
Tan pequeñito como es, es él quien, por una orden química, fuerza a su madre a conservar su protección. Ya hace de ella lo que quiere ¡y Dios sabe que no se privará de ello en los años siguientes! A los quince días del primer retraso en la regla, es decir a la edad real de un mes, ya que la fecundación tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace ya una semana, sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro, ya están formándose.
A los sesenta días, es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso de la regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos tres centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez. Sería invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin querer, sin que nos diéramos cuenta: pero, extiendan la mano, está casi terminado, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro... todo está en su sitio y ya no hará sino crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su palma y decirle la buenaventura.
Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y podrán descifrar sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder hacer su carné de identidad. (...).
El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, existe de verdad; no se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno de nosotros. Pero dirán que hasta los cinco o seis meses su cerebro no está del todo terminado. ¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro sólo estará completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables conexiones no estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o siete años; y su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada hasta los catorce o quince.
¿Pero a nuestro Pulgarcito de dos meses ya le funciona el sistema nervioso? Claro que sí, si su labio superior se roza con un cabello, mueve los brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida. (...). A los cuatro meses se mueve tanto que su madre percibe sus movimientos.
Gracias a la casi total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas volteretas, actividad para la que necesitará años antes de volver a realizarla al aire libre. A los cinco meses, coge con firmeza el minúsculo bastón que le ponemos en las manos y se chupa el dedo esperando su entrega. (...).
Entonces, ¿para qué discutir? ¿Por qué cuestionarse si estos hombrecitos existen de verdad? ¿Por qué racionalizar y fingir creer, como si uno fuese un bacteriólogo ilustre, que el sistema nervioso no existe antes de los cinco meses? Cada día, la Ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres”.
Clara Lejeune: Dr. Lejeune. El amor a la vida, Ed. Palabra, Madrid 1999, pp. 47-50.

sábado, 5 de julio de 2014

El Aborto Lectura 7


7. Secuelas físicas del aborto

David C. Reardon
A continuación sintetizo muy esquemáticamente la lista de las principales secuelas físicas relacionadas con el aborto.
(1)   Muerte
Las primeras causas de muerte en relación con el aborto son hemorragia, infección, embolia, anestesia, y embarazos ectópicos sin diagnosticar [undiagnosed]. El aborto legal constituye la quinta causa de muerte de gestantes en los EE. UU, aunque de hecho se sabe que la mayoría de muertes relacionadas con el aborto no son registradas oficialmente como tales.


(2)   Cáncer de mama
El riesgo de cáncer de mama casi se dobla después de un aborto e incluso se incrementa aún  más con dos o más abortos.
(3) Cáncer de ovarios, hígado y cervical (cuello uterino)
Las mujeres con un aborto se enfrentan a un riesgo relativo de 2.3 de cáncer cervical, en comparación con las mujeres que no han abortado, y las mujeres con dos o más abortos encaran un riesgo relativo de 4.92. Riesgos igualmente elevados de cáncer de ovario e hígado se ligan con el aborto único o múltiple. Estos porcentajes incrementados de cáncer para el caso de mujeres que han abortado se vinculan aparentemente a la interrupción no natural de los cambios hormonales que acompañan al embarazo, así como a la lesión cervical no tratada.
(4) Perforación de útero
Entre un 2 y un 3 % de las pacientes de aborto pueden sufrir perforación del útero; es más, la mayoría de estas lesiones quedarán sin ser diagnosticadas ni tratadas a no ser que realice una visualización mediante laparoscopia.
(5) Esta clase de examen puede resultar útil cuando se inicia un proceso judicial por negligencia en la práctica del aborto. El riesgo de perforación uterina se incrementa para las mujeres que ya han tenido hijos y para las que reciben anestesia general durante la realización del aborto.(6) El daño en el útero puede complicarse en ulteriores embarazos y eventualmente puede acarrear problemas que requieran una histerectomía, lo que de por sí puede conllevar diversas complicaciones adicionales y lesiones que incluyen la osteoporosis.
(6) Desgarros cervicales (cuello del útero)
En al menos un uno por ciento de abortos realizados en el primer trimestre se producen importantes desgarros cervicales que requieren sutura. Las laceraciones de menor envergadura o las microfracturas, quenormalmente no son tratadas, pueden también a la larga perjudicar la función reproductiva. La lesión latente postaborto puede abocar a una posterior incompetencia cervical [subsequent cervical incompetence], parto prematuro y complicaciones durante el parto. El riesgo de lesión cervical es mayor en adolescentes, para abortos realizados en el segundo trimestre, y cuando los facultativos no usan laminaria (sic) para dilatar el cuello uterino.
(7)  Placenta previa (sic)
El aborto incrementa el riesgo de placenta previa en ulteriores embarazos (una circunstancia que pone en peligro tanto la vida de la madre como su embarazo deseado), en una escala de entre siete y quince. El desarrollo anormal de la placenta debido a lesión uterina aumenta el riesgo de malformación fetal, muerte perinatal y efusión excesiva de sangre durante el parto.
(8)  Recién nacidos discapacitados en posteriores embarazos El aborto se asocia con lesiones cervicales y uterinas que pueden incrementar el riesgo de parto prematuro, complicaciones en el parto y desarrollo anormal de la placenta en posteriores embarazos. Estas complicaciones reproductivas constituyen las causas principales de las minusvalías en recién nacidos.
(9) Embarazo ectópico
El aborto está relacionado de forma importante con un riesgo añadido de embarazos ectópicos posteriores. Los embarazos ectópicos, a su vez, amenazan la vida y pueden llevar a un descenso en la fertilidad.
(10)  Afección inflamatoria pélvica [pelvic inflammatory disease (pid)] Se trata de una enfermedad que puede poner en peligro la vida y conllevar un riesgo añadido de embarazo ectópico y reducción de fertilidad. De entre las pacientes que tienen una infección por clamidia [a chlamydia infection ] en el momento del aborto, un 23 % desarrollará PID en cuatro semanas. Algunos estudios han arrojado que entre un 20 y un 27 % de pacientes que abortan sufren una infección por clamidia.
Aproximadamente un 5 % de pacientes que no han sido infectados por clamidia desarollan PID dentro de las 4 semanas posteriores a un aborto realizado durante el primer trimestre. Es por tanto razonable suponer que cuantos practican abortos previenen y tratan tales infecciones antes del aborto.
(11) Endometritis
La endometritis representa un riesgo postaborto para todas las mujeres, pero en especial para las adolescentes, las cuales tienen una probabilidad 2.5 veces mayor de contraer endometritis después de un aborto que las mujeres con edades entre 20 y 29 años.
(12) Complicaciones inmediatas
Alrededor de un 10 % de mujeres que se someten a un aborto provocado sufrirán complicaciones inmediatas, de las cuales aproximadamente un quinto (2 %) tienen la consideración de riesgo mortal. Las nueve grandes complicaciones más comunes que pueden darse durante la práctica del aborto son: infección, efusión excesiva de sangre, embolia, desgarro o perforación del útero, complicaciones de la anestesia, convulsiones, hemorragia, lesión cervical y “shock” endotóxico. Las complicaciones 'menores' más comunes incluyen:
infección, efusión de sangre, fiebre, quemaduras de segundo grado [second degree burns], dolor abdominal crónico, vómitos, problemas gastrointestinales, y sensibilización del Rh [ Rh sensitization].
(13)  Riesgos añadidos para las mujeres con múltiples abortos En general, la mayoría de los estudios arriba citados reflejan factores de riesgo para mujeres que se han sometido a un solo aborto. Estos mismos estudios muestran que las mujeres que tienen abortos múltiples encaran un riesgo mucho mayor de sufrir tales complicaciones.
Este punto es especialmente digno de ser mencionado desde el punto y hora en que alrededor de un 45 % de todos los abortos se practican en mujeres que ya habían abortado antes.
• Riesgos añadidos para las adolescentes
Las adolescentes, que suponen aproximadamente un 30 por ciento de las mujeres que abortan, se exponen a un riesgo mucho más alto de sufrir numerosas complicaciones relacionadas con el aborto. Esto reza tanto para las complicaciones inmediatas como para los perjuicios reproductivos a largo plazo.
(14) Peor estado de salud general En un estudio realizado sobre 1.428 mujeres, los investigadores descubrieron que los embarazos malogrados y en particular los debidos a aborto provocado se asociaban de manera significativa a una salud general más deficiente. Los abortos múltiples correspondían a una valoración todavía peor de la salud presente. Mientras que la interrupción del embarazo por causas naturales iba en detrimento de la salud, el aborto provocado resultó estar más estrechamente relacionado con una salud deficiente. Tales hallazgos confirman investigaciones anteriores que arrojaban que durante el año siguiente a un aborto las mujeres visitaban a su médico de cabecera un 80 % más por toda clase de razones y un 180 % más por razones psicosociales. Los autores también se encontraron con que si hay un compañero presente y que no presta apoyo [not supportive], el porcentaje de aborto natural se eleva a más del doble y el de aborto provocado es cuatro veces mayor que si él está presente y apoyando. Si el compañero está ausente, el porcentaje de aborto provocado es seis veces mayor.
(15) Riesgo añadido por factores que hacen peligrar la salud
El aborto está en buena medida ligado a cambios de conducta tales como promiscuidad, tabaquismo, abuso de las drogas y desórdenes alimenticios que en conjunto contribuyen a incrementar los riesgos de padecer problemas de salud. Por ejemplo, la promiscuidad y el aborto están ambos relacionados con un aumento de las tasas de PID y embarazos ectópicos. Cuál de los dos contribuye más es algo todavía incierto, pero deslindarlo puede ser irrelevante si la promiscuidad es de por sí una reacción al trauma postaborto o a la pérdida de autoestima.
NOTAS
1. Una excelente fuente de información para cualquier abogado interesado en lo referente a la negligencia en la práctica del aborto es Thomas Strahan's Major Articles and Books Concerning the Detrimental Effects of Abortion (Rutherford Institute, PO Box 7482, Charlottesville, VA 229067482, (804) 978388.).
2. Kaunitz, “Causes of Maternal Mortality in the United States,” Obstetrics and Gynecology, 65(5) May 1985.
3. H.L. Howe, et al., “Early Abortion and Breast Cancer Risk Among Women Under Age 40,” International Journal of Epidemiology 18(2):300- 304 (1989); L.I. Remennick, “Induced Abortion as A Cancer Risk Factor: A Review of Epidemiological Evidence,” Journal of Epidemiological Community Health, (1990); M.C. Pike, “Oral Contraceptive Use and Early Abortion as Risk Factors for Breast Cancer in Young Women,” British Journal of Cancer 43:72 (1981).
4. MG, Le, et al., “Oral Contraceptive Use and Breast or Cervical Cancer: Preliminary Results of a French Case Control Study, Hormones and Sexual Factors in Human Cancer Etiology, ed. JP Wolff, et al., Excerpta Medica: New York (1984) pp.139-147; F. Parazzini, et al., “Reproductive Factors and the Risk of Invasive and Intraepithelial Cervical Neoplasia,” British Journal of Cancer, 59:805-809 (1989); H.L. Stewart, et al., “Epidemiology of Cancers of the Uterine Cervix and Corpus, Breast and Ovary in Israel and New York City,” Journal of the National Cancer Institute 37(1):196; I. Fujimoto, et al., “Epidemiologic Study of Carcinoma in Situ of the Cervix,” Journal of Reproductive Medicine 30(7):535 (July 1985); N. Weiss, “Events of Reproductive Life and the Incidence of Epithelial Ovarian Cancer,” Am. J. of Epidemiology, 117(2):128-139 (1983); V. Beral, et al., “Does Pregnancy Protect Against Ovarian Cancer,” The Lancet, May 20, 1978, pp. 1083-1087; C. LaVecchia, et al., “Reproductive Factors and the Risk of Hepatocellular Carcinoma in Women,” International Journal of Cancer, 52:351, 1992.
5. S. Kaali, et al., “The Frequency and Management of Uterine Perforations During FirstTrimester Abortions,” Am. J. Obstetrics and Gynecology 161:406-408, August 1989; M. White, “A CaseControl Study of Uterine Perforations documented at Laparoscopy,” Am. J. Obstetrics and Gynecology 129:623 (1977).
6. D. Grimes, et al., “Prevention of uterine perforation During Curettage Abortion,” JAMA, 251:2108-2111 (1984); D. Grimes, et al.,”Local versus General Anesthesia: Which is Safer For Performing Suction Abortions?” Am. J. of Obstetrics and Gynecology, 135:1030 (1979).
7. K. Schulz, et al., “Measures to Prevent Cervical Injuries During Suction Curettage Abortion”, The Lancet, May 28, 1983, pp 1182-1184; W. Cates, “The Risks Associated with Teenage Abortion,” New England Journal of Medicine, 309(11):612-624; R. Castadot, “Pregnancy Termination: Techniques, Risks, and Complications and Their Management,” Fertility and Sterility, 45(1):516 (1986).
8. Barrett, et al., “Induced Abortion: A Risk Factor for Placenta Previa”, American Journal of Ob&Gyn. 141:7 (1981).
9. Hogue, Cates and Tietze, “Impact of Vacuum Aspiration Abortion on Future Childbearing: A Review”, Family Planning Perspectives (MayJune 1983),vol.15, no.3.
10. Daling,et.al., “Ectopic Pregnancy in Relation to Previous Induced Abortion”, JAMA, 253(7):1005-1008 (Feb. 15, 1985); Levin, et al., “Ectopic Pregnancy and Prior Induced Abortion”, American Journal of Public Health (1982), vol.72,p253; C.S. Chung, “Induced Abortion and Ectopic Pregnancy in Subsequent Pregnancies,” American Journal of Epidemiology 115(6):879-887 (1982).
11. T. Radberg, et al., “Chlamydia Trachomatis in Relation to Infections Following First Trimester Abortions,” Acta Obstricia Gynoecological (Supp. 93), 54:478 (1980); L. Westergaard, “Significance of Cervical Chlamydia Trachomatis Infection in Postabortal Pelvic Inflammatory Disease,” Obstetrics and Gynecology, 60(3):322-325, (1982); M. Chacko, et al., “Chlamydia Trachomatosis Infection in Sexually Active Adolescents: Prevalence and Risk Factors,” Pediatrics, 73(6), (1984); M. Barbacci, et al., “PostAbortal Endometritis and Isolation of Chlamydia Trachomatis,” Obstetrics and Gynecology 68(5):668-690, (1986); S. Duthrie, et al., “Morbidity After Termination of Pregnancy in First-Trimester,” Genitourinary Medicine 63(3):182-187, (1987).
12. Burkman, et al., “Morbidity Risk Among Young Adolescents Undergoing Elective Abortion” Contraception, 30:99105 (1984); “Post- Abortal Endometritis and Isolation of Chlamydia Trachomatis,” Obstetrics and Gynecology 68(5):668-690, (1986).
13. Frank, et.al., “Induced Abortion Operations and Their Early Sequelae”, Journal of the Royal College of General Practitioners (April 1985),35(73):175-180; Grimes and Cates, “Abortion: Methods and Complications”, Human Reproduction, 2nd ed., 796813; M.A. Freedman, “Comparison of complication rates in first trimester abortions performed by physician assistants and physicians,” Am. J. Public Health, 76(5):550- 554 (1986).
14. Wadhera, “Legal Abortion Among Teens, 19741978”, Canadian Medical Association Journal, 122:1386-1389,(June 1980).

15. Ney, et.al., “The Effects of Pregnancy Loss on Women's Health,” Soc. Sci. Med. 48(9):1193-1200, 1994; Badgley, Caron, & Powell, Report of the Committee on the Abortion Law, Supply and Services, Ottawa, 1997: 319-321.

jueves, 3 de julio de 2014

El Aborto Lectura 6

Consecuencias psicopatológicas del aborto

en la mujer
Dra. Carmen Gómez Lavín
Todo planteamiento necesariamente tiene que partir del reconocimiento del hecho en que desde el momento de la concepción comienza la vida de la persona humana, y por tanto, el producto de la fecundación también desde el punto de vista psicológico es genéticamente único e irrepetible, tiene una propia dignidad humana.
Uno de los problemas de mayor actualidad es, hoy, lo relativo al aborto, lo que suele llamarse aborto provocado o también aborto intencionado y voluntario. Complejísimo tema, que añade a su vertiente estrictamente médica, otros de carácter jurídico, moral, sociológico, religioso, demográfico, etc.
Son innumerables las dificultades que se tienen para valorar adecuadamente los efectos psicopatológicos del aborto; puede ser debido 1) a que no es fácil la elaboración estadística de los resultados y a 2) que tapoco existen valoraciones médicas sistemáticas de estas pacientes después del aborto, y 3) también a que las mujeres que han abortado no suelen estar propicias a seguir relacionándose con el médico que la ha inducido a él.
Aunque la literatura sobre el aborto es abundante, cuando se trata de exponer las consecuencias psicopatológicas del aborto, faltan todavía estudios científicos serios, y los pocos que se han hecho, rara vez no están marcados por un cierto carácter tendencioso.
Por tanto he de apoyarme, más bien en los datos obtenidos a través de mi propia experiencia psiquiátrica que, por otra parte, son los que tienen más fuerza y te dan mayor seguridad al intentar hablar de este tema o de otros muchos temas en relación con la medicina.
Es un ser plenamente individualizado. Es decir, posee todas las El aborto: ¿derecho de la mujer o genocidio silencioso? capacidades para convertirse en persona, con una dignidad propia e irrepetible, y los cambios que van a ocurrir son simplemente etapas del crecimiento y maduración. Puede decirse que es una “Persona en camino” con pleno derecho de alcanzar la madurez. O sea, posee ya toda una serie de potencialidades que le permitirá alcanzar su plenitud personal.
No tiene por tanto ningún sentido considerarlo como un apéndice de su madre. Es un nuevo ser, que puede, incluso, sobrevivir 5 ó 6 días después de fecundado sin necesidad de la madre.
Por eso ha dicho el Pro. Orts Llorca, Maestro de numerosas generaciones y Catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid: “No tenemos los años que indica nuestro carnet de identidad, sino nueve meses más, que han sido los más significativos en nuestro devenir biológico e incluso psicológico”.
El nuevo ser tiene en potencia todas las posibilidades del ser humano: comienza a tener sensaciones, percepciones (es sensible al dolor, al tacto, al frío, al sonido y a la luz), tiene sentimientos, ideas.... Por ejemplo, se sabe, que a partir de los 43 días se puede recoger ya impulsos eléctricos en el EEG lo que indica, que el cerebro ha comenzado a funcionar.
Una vez hecho este preámbulo, vamos a tratar de centrarnos más en el tema y enumerar algunas consecuencias psicopatológicas más frecuentes que acontecen en la mujer tras un aborto provocado.
En primer lugar, los más frecuentes son cuadros depresivos que se acompañan de un sentimiento grande de culpabilidad y en lo que todos los autores están de acuerdo.
En este probablemente el síntoma sobre el que existe mayor experiencia y mayor acuerdo entre los científicos. Se despierta en ellas un sentimiento grande de culpabilidad. Lo que los psiquiatras llamamos “culpabilidad psicológica”. Culpa esta, distinta de esa otra culpa moral - aunque en este caso la incluya.
He podido constatar que este sentimiento de culpa en muchos casos es irreversible y permanece durante toda la vida de la mujer. Son pues continuos en las abortistas los autorreproches y la idea de reparación.
Esto no es nada nuevo lo describen varios autores. La Dra. Standford psiquiatra canadiense, nos cuenta su propia experiencia.
Habla del síndrome post aborto, y señala como la mujer recorre tres estadios: 1) Desasosiego y tristeza (“No tiene el alma en paz, ni el espíritu en paz”). 2) Revive continuamente el momento traumatizante del aborto de un modo muy profundo, aunque pasen 5, 10, 15 años recuerda la vestimenta de la enfermera, las paredes de la habitación donde el aborto sucedió... y se pregunta a menudo ¿cómo sería mi niño ahora?, “suelen justificarlo diciendo que no tenían otra opción, que no podía hacer otra cosa... pero ese pensamiento vuelve”. 3) El estadio siguiente, es una gran depresión: Depresión profunda con un gran sentimiento de culpabilidad, perdiendo interés por las cosas que antes eran interesantes en su vida, y a veces no ve otras salidas que el suicidio.
“No como elección por la muerte en sí, sino como una elección para salir de la situación de dolor, de pena, como un modo de salir de allí...”
Describe también la Dra. Standford lo que ella llama la depresión de aniversario.... aniversario que se sitúa alrededor de la fecha del posible nacimiento o alrededor de la fecha del aborto.
Quizás sea este uno de los argumentos de más peso que se puede esgrimir tras el aborto provocado: las consecuencias psicopatológicas que se derivan. Por eso ha dicho el Prof. Willke “es más fácil sacar al niño del útero de su madre que sacarlo de su pensamiento”.
Quién ha hecho o ha presenciado un aborto se queda para siempre con la impresión imborrable de que ha eliminado una vida humana. Es más, aquellas personas que tienen una cierta predisposición personal o familiar a la enfermedad mental, corren un riesgo mayor, y es raro que no queden con un desequilibrio psíquico tras el aborto, entre otras cosas, por la tensión emocional que siempre produce. Quizás es por esto por lo que en Holanda, donde se permite el aborto, uno de los criterios de selección de las enfermeras en las clínicas, es el que nunca hayan intervenido o se hayan provocado un aborto, porque se considera que las daña emocionalmente.
De hecho la OMS en celebración oficial en 1970 dijo:”Las mujeres con alguna señal indicativa de trastorno emocional corren mayor riesgo de graves desajustes mentales tras el aborto, y más si tenía alguna enfermedad psiquiátrica previa”. Y sigue diciendo “cuanto más serio sea el diagnóstico psiquiátrico, más perjudicial es para ella el aborto”.
Y esto incluso, entre no cristianos. Hay abundantes testimonios que demuestran estos hechos. Porque aunque el aborto no suponga una transgresión de la ley civil, siempre contraría la ley natural, y es muy frecuente encontrarse después en tales mujeres con problemas emocionales, y trastornos psiquiátricos persistentes.
Pienso que es bueno que aparezca este sentimiento de culpabilidad, si no existiera, sería que se había borrado en su conciencia, hasta la noción del mal, reflejaría un deterioro psicológico grave, una falta de respuesta emocional con todas las características que ello tiene.
Supondría una frialdad afectiva y una insensibilidad grave en cuestiones tan importantes y en sentimientos tan esenciales, como es para la mujer, su sentimiento de maternidad, lo que los psiquiatras llamamos, Psicopatía o Personalidad Anormal.
Si se analiza con objetividad el problema, se observa que nunca el aborto es un hecho aislado, sino que casi siempre irá acompañado de otra serie de trastornos conductuales importantes, muchas veces patológicos, tal como pueden ser las toxicomanías, alcoholismo, perversiones sexuales, intentos de suicidio, etc. Trastornos de conductas importantes que suponen un deterioro grande en la vida personal, familiar, y social: suelen ser consecuencia de una gran relajación o infravaloración de los principios más elementales éticos y morales.
Otra de las consecuencias del aborto, suele ser el rechazo de su propia sexualidad. Presentan sentimientos de animadversión y rechazo a su propia pareja, que pueden interrelacionarse con sentimientos de frigidez sexual, esterilidad futura y distintas dificultades específicas en la adaptación sexual. En general suelen ser mujeres con poca identidad femenina y con rechazo de su papel maternal, que puede llevar en algunos casos a la destrucción de su matrimonio.
No es raro tampoco encontrarse con que son mujeres muy inmaduras. A la vez que buscan la protección de algún hombre, rechazan todo lo que pueda suponer compromiso, porque de alguna forma lo consideran como debilidad y sumisión.
Ford hace un estudio entre 40 mujeres que solicitan el aborto para ver cual es su actitud hacia la maternidad y dice que sólo 8 de 40 ó sea el 20% de las mujeres, expresan comentarios positivos respecto a la propia imagen. También el mismo autor relata la proporción de síntomas psíquicos que aparecen en estas mujeres en relación al grupo control y encuentra: depresión (97,5%), ansiedad (82,5%), insomnio (77,5%), pérdida de la líbido (72,5%), ideas de suicidio (55%), anorexia (45%). Son mujeres que a la vez que tienen una gran necesidad de afecto, apoyo y atención, que buscan frecuentemente por estratagemas inconscientes, aunque evitan involucrarse afectivamente en sus relaciones y tienden a aislarse.
En este sentido, no es infrecuente encontrarse con lo que pudiéramos llamar un síndrome independentista. Hay en estas mujeres como una incapacidad para contraer vínculos duraderos, y poder establecer una buena relación interpersonal. En general, puede decirse que todos los abortos, también desde este punto de vista psicológico, tienen consecuencias negativas no solo para la propia mujer sino también para su familia y para la sociedad en general.
Se podría seguir enumerando distintos síntomas psicopatológicos que siempre se encuentran en mujeres abortistas, pero no voy a alargarme, solo pretendía que se viera a través de mi propia casuística, avalada por 25 años de dedicación a la clínica, y atención ambulatoria de enfermos, la problemática con la que generalmente me encuentro.

Por eso pienso, que quizá uno de los argumentos más poderosos que puede haber en contra del aborto, es precisamente las consecuencias psicopatológicas, porque como decimos al principio con frase del propio Profesor Willke: “es más fácil sacar al niño del útero de su madre que sacárselo de su pensamiento”.

miércoles, 2 de julio de 2014

El Aborto - Lectura 5

¿Son todos los hombres personas?

Robert Spaemann
La costumbre constituye un poder. A las buenas costumbres las denominamos virtudes, y a las malas, vicios. Los vicios o pecados habituales son aquellos en los que la conciencia ya apenas repara. Por eso, la tradición cristiana los considera especialmente perversos. Donde, so pretexto de libertad, todo vale desde el punto de vista ético, lo que se hace sin remordimiento de conciencia deviene en costumbre que transforma lo malo en bueno, y lo mismo ocurre con el sentido de la culpabilidad: parece que la propia culpa también acaba desapareciendo.
De manera análoga, estamos inclinados, en la vida social, a considerar gradualmente lo habitual como normal, sobre todo si eso no hace daño a nadie de forma directa, o si ello nos ahorra identificarnos con quienes son víctimas de una normalidad inhumana, como los esclavos, las brujas, los hombres de otras razas o los niños no nacidos.
En esa situación nos encontramos hoy. Las compañías de seguros de enfermedad de la República Federal alemana contabilizaron en 1987 alrededor de 200.000 muertes de niños no nacidos. La entrega de la vida humana es reconocida oficialmente en nuestro país como enfermedad; dar la muerte, como curación. El ginecólogo que no advierta a una mujer de la eventual “posibilidad” de una complicación para que pueda desembarazarse de ese estorbo a tiempo, hace punible su conducta. La abdicación del Estado social ya se ha producido, tal como había advertido el jurista y político socialdemócrata Adolf Arndt: la “indicación social” significa hoy que el Estado se declara incapaz de ofrecer alternativas que puedan evitar una muerte en las situaciones penosas.
Con un cinismo poco ejemplar, mujeres embarazadas que en un determinado momento se encuentren con una sobrecarga psíquica, a veces agravada por el pánico, son reconocidas por el Estado y con frecuencia también por el propio marido y la familia como soberanas sobre la vida y la muerte de su hijo, así, sin más ni menos, pudiendo elegir libremente entre ambas. Si se deciden por la vida, se hacen, en consecuencia, “culpables”.
En realidad, la actual manipulación de la indicación social El aborto: ¿derecho de la mujer o genocidio silencioso? contradice claramente la jurisprudencia del Tribunal Constitucional federal. Pero ningún partido, ningún país gobernado por “cristianos” se decide, por lo menos, a reclamar el establecimiento de una disposición constitucional que devuelva a las mujeres la protección legal para sus hijos contra la insinuación extorsionadora de su entorno, para liberarlas de esa violencia contra su propia dignidad y conciencia que implica el tener que elegir entre la vida y la muerte. El pensamiento de una tal posibilidad de decisión ha penetrado incluso en las publicaciones de algunas instituciones eclesiásticas, que en ese contexto se refieren al deber de “respetar” la decisión del aborto cuando en dicho contexto se hable de “conciencia”, todo ello sin añadir que sólo una de las dos decisiones puede ser considerada, a fin de cuentas, como asumible por una persona con conciencia.
El actual estado de cosas sólo puede calificarse de perverso. Se comenzó con mentiras e informaciones manipuladas. El Dr. Nathanson ha hecho público el modo como fue planteada y puesta en marcha, en su día, la campaña para la liberalización del aborto, promovida por él mismo y por sus amigos en USA, a través de cifras sobre abortos y daños a la salud que distorsionaban las cifras reales. Las revelaciones del Dr. Nathanson representaron una catástrofe para los partidarios del aborto.
Igualmente resultó falso el pronóstico de que las nuevas leyes conducirían a una disminución de las cifras de aborto. Ha sucedido todo lo contrario. En 1968 se llegó, según estimaciones fiables, a la proporción de un aborto por cada seis nacimientos. ¡Hoy son dos abortos por cada tres nacimientos! Por lo demás, es bien sabido que en las sociedades secularizadas el Derecho penal actúa precisamente como marco regulador más bien protector de las costumbres. Así argumentan quienes exigen hoy la agravación penal de la violación dentro del matrimonio: “Si se puede aplicar tal ley aun en los casos más extremos, entonces también es razonable que se cree una conciencia de lo injusto”.
La despenalización, en la conciencia actual, se identifica de forma automática con la autorización legal. Prueba de ello es que los seguros de enfermedad públicos ofrecen como “prestación” la muerte de niños no nacidos, y que en pocos años la ética profesional de los ginecólogos ha quedado dañada gravemente. Este momento histórico se asemejaría al nazismo: el juramento hipocrático, que condena cualquier El aborto: ¿derecho de la mujer o genocidio silencioso? cooperación a la muerte del paciente o del feto, colgado en la pared de la sala de espera, también aquí como seña de identidad de los médicos íntegros y respetables. En tiempos de injusticia manifiesta la polarización es inevitable. ¿Es el temor a caer en extremismos la causa de que los médicos católicos en nuestro país no sean en forma alguna advertidos de  que, según el Derecho canónico postconciliar, el médico que practica un aborto queda excomulgado?
El peligro que acompaña a toda radicalización es el fariseísmo.
Pero dicho peligro ya no es preocupante hoy día. La condena cristiana de la arrogancia moral se ha interiorizado profundamente en nuestra cultura, y especialmente en el ambiente cristiano. Lo ha sido de tal manera que ya es frecuente que se transforme la conocida parábola de Jesús, de modo que el publicano oraría de la siguiente forma: “Te doy gracias, Dios mío, pues no soy como ese fariseo”. Este nuevo fariseísmo publicanismo pone las cosas todavía peor, pues a la postura errónea de la autoexaltación sobre los demás añade la perversión social de la regla según la cual nadie carece de una cierta autoestima. Las prácticas de vida del fariseo ayuno, oración y limosna eran a los ojos de Jesús mejores que la colaboración con el poder injusto. “Fariseísmo” puede convertirse en un arma arrojadiza contra cualquier empeño por el bien o por su reconocimiento público.
 Desde hace algunos años se ha ido desarrollando, con una gran arrogancia teórica, un nuevo ataque contra el derecho a la vida. Su principal abanderado es Peter Singer. En el debate jurídico alemán, sus ideas han sido difundidas por Norbert Hoerster (1). Estos autores difunden la insostenible afirmación de que el hombre es, en los primeros meses de la gestación, una parte del organismo materno y que “sólo al nacer se convierte repentinamente en un individuo humano. Este punto de vista, basado en el slogan: 'mi vientre es mío', es erróneo desde su base. Desde el comienzo, el nasciturus es mucho más: es un individuo perteneciente al género humano, desde el embrión hasta su conversión en adulto, recorriendo un proceso continuo de desarrollo (2).
Si de ahí puede deducirse que todo hombre posee realmente derecho a la vida lo cual, según Hoerster, carece completamente de El aborto: ¿derecho de la mujer o genocidio silencioso? Justificación entonces también puede serle quitado cuando concurran motivos proporcionados según lo dispone la llamada indicación social. Lo que cuestionan Singer, Hoerster y otros es que la pertenencia al género humano justifique realmente un derecho a la vida. Según ellos, tal derecho debería atribuirse, más bien, a quienes poseen ciertas  cualidades y capacidades que son relevantes en este contexto, a saber, la autoconciencia y la racionalidad. Sólo tales seres son personas, y sólo las personas son titulares del derecho a la vida. Los embriones no son personas; tampoco lo son los niños en el primer año de vida, los que padecen una grave invalidez mental o los que sufren demencia senil en los asilos. Por tanto, todos esos grupos humanos, en principio pueden ser entregados a la muerte, así como también otros, cuando concurran motivos de carácter sociopolítico o de higiene social.
Esta pretensión es ya notoria en los Estados Unidos. El derecho a la vida de un cachorro de una especie animal superior está por encima del de un niño de un año, según Singer. Quienes se oponen al aborto predijeron ya hace tiempo la irrupción de sus terribles consecuencias, y entonces fueron acusados, de forma irresponsable y poco noble, de manipular para producir temores infundados. Esta nueva generación de partidarios del aborto se caracteriza porque son lo suficientemente honrados como para exponer esas consecuencias abiertamente. En todo caso, intentan suavizarlas de tal modo que el efecto “schock” sobre personas que hayan crecido en el ambiente tradicional judío o cristiano, no sea demasiado grande.
De acuerdo con sus convicciones filosóficas, Hoerster pretende establecer el nacimiento como punto donde comienza a tener vigor el derecho a la vida, considerando las cosas desde el punto de vista jurídico, pues esa frontera resulta claramente insuficiente atendiendo a otros aspectos del problema. De todas formas, esto no resulta plausible, ya que ese límite es cualquier cosa menos claro. Esto implicaría, por ejemplo, que un parto prematuro de seis meses deviene protegible, mientras que podría aniquilarse impunemente a niños de nueve meses todavía no nacidos. El cuerpo de la madre se convierte, así, en el lugar más inseguro del mundo. En cambio, llegar al primer año de vida es un punto mucho más claro, y aunque no se diera ninguna razón objetiva para reconocer el derecho a la vida a los niños en el primer año de vida, existen motivos relacionados con la seguridad jurídica que, ciertamente, El aborto: ¿derecho de la mujer o genocidio silencioso? no se pronuncian contra ese plazo.
Quienes desean separar las nociones de “hombre” y “persona” todavía no han ponderado realmente, a fondo y hasta el final, las consecuencias de ello. De acuerdo con una concepción bien fundada filosóficamente desde el punto de vista de la tradición, es persona todo ser de una especie cuyos miembros poseen la capacidad de alcanzar la autoconciencia y la racionalidad. Por tanto, si sólo fueran personas aquellos seres que, en efecto, poseen dichas cualidades en acto, en ese caso a cualquier hombre dormido podría serle impedido despertar vivo, pues mientras duerme, claramente no es persona. El deber de proteger su vida cuando se queda dormido sin el temor de no volver a despertar ya nunca cesa, en todo caso, según nuestros deseos.
Otro filósofo de la misma orientación, Derek Parfit, nos dice que ese miedo es verdaderamente irracional, por lo que deberíamos apartarnos de él (3). Desde luego, quien se despierta de un sueño no puede ser precisamente el que se durmió, por razón de lo cual la persona queda anulada durante el espacio intermedio (el sueño). Es, por tanto, otra persona, que únicamente ha heredado, por así decirlo, los recuerdos de la persona anterior a causa de la continuidad corporal del organismo. La reducción de la persona a determinadas situaciones actuales como son la autoconciencia y la racionalidad, deshace, en fin, la noción general de persona. No hay en absoluto personas, sino sólo algo parecido a “situaciones personales” de unos organismos. Es notorio que esto contradice nuestras intuiciones más elementales y espontáneas.
Este punto de vista resulta contradictorio en sí mismo, por cuanto los estados de la conciencia personal no pueden describirse en modo alguno sin recurrir a algo así como una identidad del hombre y de la persona. Cuando decimos: “Yo nací aquí o allá”, con ese yo no mencionamos una conciencia del yo, que no poseíamos en absoluto en el momento de nacer, sino que nos referimos al ser, que ya era, al que es antes de que pudiera decir “yo”. De igual manera se expresa la madre al hablar a su hijo, ya crecido, de “cuando estaba embarazada de ti”. Ella no dice: “Cuando yo estaba embarazada de aquel individuo del que más tarde saliste tú...”. Que la madre considere, desde el principio, al hijo como persona, como un “tú”, implica la condición para que el hombre logre aquellos estados de conciencia que serán después lo que le El aborto: ¿derecho de la mujer o genocidio silencioso? caracteriza como persona.
Los niños adquieren la racionalidad y la autoconciencia únicamente en el medio lingüístico, pero las adquieren en la medida en que la madre les habla como seres que ya “son” personas. La madre sonríe al bebé, y sólo así éste aprende a devolverle la sonrisa. Ningún hombre aprendería las formas expresivas del ser personal si no se le tratara ya desde el principio como persona, y no como una especie de ser vivo condicionado.
La personalidad es, por tanto, el elemento constitutivo del ser humano, no una cualidad suya y, desde luego, en ningún caso, una cualidad adquirida gradualmente. Puesto que por determinadas características se reconoce como personas a los individuos normales de la especie homo sapiens, hemos de considerar personas a todos los individuos de esa especie, incluso a aquellos que todavía no están en condiciones de manifestarlas.
De aquí se deducen otras consecuencias importantes. Quienes exigen una protección eficaz para la vida serán acusados de muy diversas maneras con el argumento de que ellos intentan imponer a los demás sus ideas morales, ideas que presentan una imagen de lo humano completamente diferente. Esto no debe ocurrir en una sociedad pluralista. Tal argumento no tiene sentido.
El que está convencido de que determinados seres son personas está obligado a luchar por los derechos de ellas. Al que lucha contra la esclavitud porque tiene el convencimiento de que es inhumana, no se le puede exigir que respete las convicciones del negrero. Si existen unos derechos, entonces éstos justifican precisamente la independencia de alguien respecto al juicio de conciencia de otras personas. Esto se reconoce incluso en el debate acerca de la protección de los animales.
Los defensores de los animales no dicen que quienes opinen que se puede experimentar con animales no deberían hacerles sufrir. Quien no acepta ese sufrimiento podrá, evidentemente, hacer sufrir a los animales, pero en ningún caso se le puede obligar a aceptar la concepción de los animales que poseen sus protectores. Los protectores más bien dicen, y con razón: “Los animales sufren. Y por ello hay que hacérselo saber a los hombres que no lo ven así, para que asuman ese
hecho y traten de evitar que se ocasionen ciertos padecimientos a los animales”.
Análogamente, quien no cree que los niños no nacidos son personas humanas, debe no obstante reconocer que aquel que sí lo cree tiene el deber de luchar por el derecho que tienen a ser respetados como personas. Si así no lo hiciera, sería señal de que no está realmente convencido de ello, o bien debería esta cobarde postura gravar sobre su conciencia. Todo ello en la medida en que las posiciones morales de una y otra parte no son simétricas. Debería poseerse, pues, una completa certeza de que los niños no nacidos no son personas para poder justificar que sean entregados a la muerte. Cualquier duda, cualquier incertidumbre en ese punto sólo puede obrar, razonablemente, a favor de la vida. Aquel que dispara sobre un objeto en movimiento por el bosque con la duda de que pueda tratarse de una persona, por lo menos es condenado por homicidio culpable.
¿Qué hacer? Es necesaria una modificación de la ley, que haga del aborto nuevamente un acto ilegal, aunque esto no constituye de ningún modo condición suficiente para que pueda confiarse en que mejorará algo la situación. Menos deseable aún sería una vuelta a la situación anterior a la modificación del § 218 (del Código penal) y a los supuestos arcaicos allí contemplados. Es sabido que se aborta y se seguirá abortando frecuentemente en algunas sociedades arcaicas, e incluso en sociedades cristianas. Las cifras de aborto en Polonia y en los Balcanes son muy elevadas y lo fueron siempre. La campaña para la liberalización del aborto ha exagerado las cifras de manera tendenciosa, pero tiene el mérito de haber expuesto las cosas a la conciencia general por primera vez.
Hasta entonces, el aborto se había movido en la oscuridad, no había sido autorizado pero sí tolerado tácitamente por la sociedad, a semejanza de la prostitución. Era punible pero no se hizo un gran esfuerzo por hacerlo desaparecer. Con la campaña de liberalización, este tabú y con él, la doble moral ligada al mismo quedó eliminado. El problema fue trasladado a otra posición con plena conciencia. Pero tal toma de conciencia es siempre ambivalente: nos puede llevar a que, por primera vez, en una sociedad ilustrada del bienestar pueda ser protegida, con plena coherencia, la vida humana. Los bajos fondos pueden quedar limpios.
El otro posible efecto perverso es que ahora se da muerte a las vidas humanas de forma abierta y clara. Esta situación es peor que el estadio anterior de oscuridad, porque ahora toda la sociedad asume una responsabilidad por la muerte. La muerte es reglamentada oficialmente, reconocida y admitida. En el curso que ha tomado la situación, han aparecido ciertos impedimentos como la necesidad de acudir a los servicios sociales de orientación, que deben extender unos certificados que se requieren para que un aborto no sea perseguido penalmente. De esta forma, también las iglesias, en su esfuerzo por evitar los abortos, quedan comprometidas con el sistema. Se impone así un cinismo que es por completo ajeno a lo que ocurría tradicionalmente en nuestras sociedades, y cuyas consecuencias son imprevisibles. Las sociedades tradicionales son siempre hipócritas, en una cierta medida. Pero en el siglo XVIII era obligado decir: “La hipocresía es la reverencia del vicio ante la virtud”. El hipócrita todavía reconoce que existen ciertas reglas que miden lo verdadero y lo falso. Así, la discusión abierta sobre el aborto podría haber resultado enteramente positiva, también para la Iglesia, porque también la Iglesia había cerrado persistentemente los ojos fuera del confesionario y de la caridad privada que, por supuesto, no es de despreciar. Ella, y no los liberalizantes, debería haber abierto el debate y, ciertamente, bastantes años antes.
Deberíamos haber discutido sobre aquellas cifras nebulosas. Deberíamos haber llamado a un cambio en la situación general. En lugar de eso, se confundió la sensatez con una tendencia característica de las modernas civilizaciones, la tendencia de tratarlo todo mediante la técnica, incluso la misma vida humana. La fabricación de hombres en laboratorio, el aborto, la prolongación o extinción artificial de la vida humana: todo ello conforma un gran fenómeno al que subyace la pretensión de dominar definitivamente la vida humana.
Nunca como hoy ha sido tan importante el pensamiento de la creación, nunca ha sido éste tan opuesto a la corriente dominante en la civilización. Hoy es clara la alternativa: el cinismo público contra la vida humana o la protección efectiva de la misma. El final de la doble moral es equívoco: después de ese final todo puede ser mucho peor, o mejor incluso de lo que era antes.
Notas bibliográficas:
1. Vid. N. Hoerster: “Ein Lebensrecht für die menschliche Leibesfrucht?”, Juristische
Schulung, n. 29 (1989), pp. 172 y ss.
2. Ibídem.

3. Vid. D. Parfit: Reasons and Persons, Oxford, 1984.