martes, 5 de julio de 2011

Maldición generacional


Introducción


El presente trabajo tiene por finalidad dar una exposición personal concerniente a la manera en como llegamos a tener esta naturaleza pecaminosa y como nos afecta hoy en día.
Consideramos que es necesario tener los conceptos claros al respecto en todo caso que hoy por hoy existen muchas prácticas “cristianas” que se llevan a cabo entre y para creyentes en nuestro Señor Jesucristo, que nos hablan de una liberación de pecados, conceptos de atadura, esta practica a nuestro concepto ha sucedido por una mala interpretación así como una mala enseñanza de la palabra de Dios. Somos consecuentes con el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, ¿somos culpables por ello?. ¿Y hasta que punto lo somos?. Pero sabemos por las Escrituras que nuestro Señor Jesucristo nos libera de esa culpabilidad y en Él no hay condenación. Y para sustentar nuestra posición tomaremos cuatro citas bíblicas, por señalar unos ejemplos.
 Deuteronomio24:6 “Los padres no morirán por los hijos ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado”
2 Corintio 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas”
Gálatas 6:15 “porque, en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada ni la in circuncisión, sino la nueva criatura”
1 Pedro 4:1 “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento, pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado”
Romanos 8:1ª “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”,[1]
Es claro que Dios no nos va a juzgar por pecados cometidos por otros si no, sólo por los nuestros, lo que si no nos exime es de las consecuencias de tales pecados.
Con Adán somos solidarios en su pecado, como consecuencia de esto la naturaleza del hombre cambia y se torna pecaminosa.
Es por ello que en este artículo se comenzará con definir lo que entendemos por Pecado y su origen, con sus consecuencias y como nos afecta hoy en día. Para luego ampliar un poco más y tocar el tema del pecado original, la herencia del pecado y el estado pecaminoso del hombre así como mencionaremos los alcances de este hecho hoy en día y como nos  afecta como raza humana.

Definición de pecado y su origen

Generalmente se ha definido como una infracción de la ley[2],la Biblia emplea una gran variedad de términos, tanto en el AT como en el NT, para expresar la idea del pecado, los cuales en un futuro trabajo podrán tocarse..
Existen cuatro raíces hebreas principales:
1.       h\t\< es la más común, voz que, con sus derivados, transmite la idea general de errar el blanco o desviarse de la meta. Un buen número de las veces en que aparece se refiere a una desviación moral y religiosa, ya sea con respecto a los hombres (Gen. 20:9), o a Dios (Lm. 5:7).
2.      Frecuentemente se utiliza el sustantivo h\at\t\aµ como término técnico para ofrenda por el pecado (Lv. 4, ss.). Esta raíz no se refiere a la motivación interior de la acción errónea, sino que se concentra más en su aspecto formal como desviación de la norma moral, generalmente la ley o la voluntad de Dios (Ex. 20:20; Os. 13:2; etc.).
3.      psû> se refiere a la acción en torno a la ruptura de una relación, “rebelión”, “revolución”. Aparece en sentido no teológico, Por ejemplo con referencia a la separación de Israel de la casa de David (1 R. 12:19). Cuando se lo aplica al pecado es quizás el más profundo de los términos del Antiguo Testamento, que refleja el hecho de que el pecado es rebelión contra Dios, el desafío de su santo señorío y gobierno (Is. 1:28; 1 R. 8:50).
4.       >wh transmite un sentido literal de perversión, “torcimiento”, o “trastorno” deliberados (Is. 24:1; Lm. 3:9). En relación con el pecado refleja el pensamiento del pecado como un mal realizado deliberadamente, “hacer iniquidad” (Deut. 9:5; 2 S. 24:17). Aparece en contextos religiosos, particularmente en forma sustantiva, >aµwoÆn, que destaca la idea de la culpa que surge del mal deliberadamente cometido (Gen. 44:16; Jer. 2:22). También puede referirse al castigo que recae sobre el pecado (Gen. 4:13; Is. 53:11). Es indicativo del pecado producido por la ignorancia, el “errar”, “desviarse como criatura” (1 S. 26:21; Job 6:24). A menudo aparece en contexto cúltico como pecado contra reglamentaciones rituales no reconocidas (Lev. 4:2). También debemos referirnos a raµsûa>, ser malo, actuar maliciosamente (2 Sam. 22:22; Neh. 9:33); y >aµmal, el mal hecho a otros (Prov. 24:2; Hab. 1:13).
El principal término neotestamentario es amartia (hamartía y sus relacionados), que equivale a h\t\<. Se emplea en el griego clásico en el sentido de errar el blanco o tomar un camino equivocado.
En el término Nuevo Testamento se define como acción una concreta, como violación de la ley divina (Jn. 8:46; Stg. 1:15; 1 Jn. 1:8). En Romanos caps. Del  5 al 8 Pablo personifica el término como principio rector de la vida humana (5:12; 6:12, 14; 7:17, 20; 8:2). paraptoµma (paraptonma) aparece en contextos clásicos para un error de medición o un desatino. El Nuevo Testamento le confiere una connotación moral más fuerte, como mala acción o trasgresión[3]. Parabasis (parabasis) es un término derivado en forma similar y con significado parecido, “trasgresión”, “ir más allá de la norma” (Rom. 4:15; Heb 2:2). asebeia (asebeia) es quizás el más profundo de los términos neotestamentarios, y comúnmente traduce psû>, en el Antiguo Testamento en griego llamado Septuaginta (LXX) implica maldad o impiedad activas (Rom. 1:18; 2 Tim. 1:16). Otro término es anomia, (anomia) desobediencia, desprecio por la ley (Mt. 7:23; 2 Cor. 6:14). kakia (kakia) y poneµria (ponería) son términos generales que expresan depravación moral y espiritual (Hch. 8:22; Rom. 1:29; Lc. 11:39; Ef. 6:12). La última de estas referencias indica la relación entre el segundo término mencionado anteriormente y Satanás, el malo, o poneµros (Mt. 13:19; 1 Jn. 3:12). Adikia (adikia) es el principal término clásico para el mal que se le hace al prójimo. Se traduce de diferentes maneras: “injusto” (Lc. 18:6), “injusticia” (Jn. 7:18; Rom. 2:8; 9:14), “iniquidad” (2 Ti. 2:19). 1 Jn. lo equipara con hamartia (1 Jn. 3:4; 5:17). También tenemos enojos, término legal que significa “culpable” (Mr. 3:29; 1 Cor. 11:27), y ofeileµma, ‘deuda’ (Mt. 6:12).
No obstante, la definición de pecado no se deriva simplemente de los términos utilizados en la Escritura para hacer referencia a él. La característica más típica del pecado en todos sus aspectos es que está dirigido contra Dios (Sal. 51:4; Rom 8:7). Cualquier concepción del pecado que no ponga en primer plano la oposición que le ofrece a Dios es una desviación de la representación bíblica. El concepto popular de que el pecado es egoísmo delata una falsa apreciación de su naturaleza y gravedad. Esencialmente el pecado está dirigido contra Dios, y sólo esta perspectiva explica la diversidad de sus formas y actividades. Es violación de aquello que la gloria de Dios exige, y por lo tanto, en su esencia misma es lo que se opone a Dios.
En que momento podríamos ubicar el origen del pecado. El pecado estaba ya presente en el universo desde antes de la caída de Adán y Eva (Gen. 3:1 ss; cf. Jn. 8:44; 2 P. 2:4; 1 Jn. 3:8; Jud. 6). La Biblia, sin embargo, no se ocupa directamente del origen del mal en el universo, sino que trata más bien del pecado y su origen en la vida del hombre (1 Tm. 2:14; Stgo. 1:13s). El verdadero impacto de la tentación de Satanás en la narración de la caída en Gen. 3 radica en la sutil sugerencia de la aspiración humana a llegar a ser igual a su hacedor (“seréis como Dios …”, 3:5). Satanás dirigió su ataque contra la integridad, la veracidad, y la amante provisión de Dios, y su propuesta consistió en estimular una perversa y blasfema rebelión contra el verdadero Señor del hombre. Con este acto el hombre hizo un intento de alcanzar la igualdad con Dios[4] trató de expresar su independencia de él, y, por lo tanto, de cuestionar tanto la naturaleza misma como el orden de la existencia mediante el cual vive como criatura, en completa dependencia de la gracia y las estipulaciones de su creador.
 “El pecado del hombre radica en su pretensión de ser Dios”, con este acto, aun más, el hombre cometió una blasfemia al negarle a Dios el culto y la entrañable adoración que debe ser siempre la respuesta correcta del hombre a la majestad y la gracia divinas, y en lugar de ello rindió homenaje al enemigo de Dios, y a sus propias ambiciones envilecidas.
Por consiguiente, según Gen. 3, no debe buscarse el origen del pecado en una acción abierta (2:17 con 3:6), sino en una aspiración interior de negar a Dios, de la cual el acto de desobediencia sólo fue la expresión inmediata. En cuanto al problema de cómo pudieron Adán y Eva haberse visto envueltos en tentación si anteriormente no habían conocido pecado, la Escritura no entra en una discusión detallada. El origen último del mal es parte del “misterio de la iniquidad” (2 Tes. 2:7), pero una razón discutible del relativo silencio de la Escritura es que una “explicación racional” del origen del pecado daría como resultado inevitable el hacer que la atención se desvíe del propósito principal de la Escritura, que es la confesión de mi culpa personal.


Pecado original y sus consecuencias

La Biblia nos enseña con total claridad que nuestros padres originales, Adán y Eva, cayeron en pecado. De ahí en más pecados, todos los seres humanos han nacido con una naturaleza pecaminosa y corrupta. Si la Biblia no enseñara esto explícitamente, de todos modos tendríamos que deducirlo racionalmente debido a la universalidad del pecado.
Sin embargo la caída no es meramente una cuestión de deducción racional. Es un punto de revelación divina. Se refiere a lo que conocemos como el Pecado Original (peccatum originale). Este pecado no se refiere principalmente al primer pecado o el pecado original cometido por Adán y  Eva, sino más bien al resultado de este. El cual es la corrupción de la raza humana. El pecado original se refiere a la condición caída en la que estamos ya cuando nacemos. La Confesión de Westminster explica este punto de la siguiente manera:
“Nuestro primero padre, habiendo sido seducidos por la sutileza y la tentación de Satanás, pecaron, al comer de la fruta prohibida, Dios de acuerdo con su sabio y santo consejo, permitió este su pecado, habiendo decidido ordenarlo para su propia gloria”[5]
Somos pecadores no porque pecamos, sino más bien pecamos porque somos pecadores (Salmo 51:5).   No deberíamos llamarlo pecado heredado, ya que no heredamos el pecado nos lo es imputado. ¿Y por que se le designa pecado original?
Por tres razones:
1.      Porque se deriva del tronco original de la raza humana
2.      Porque está presente en la vida de cada individuo desde el momento de su nacimiento.
3.      Porque es la raíz interna de todo los otros pecados que comete el ser humano
Y las consecuencias que trajo este pecado no solamente fue para ellos sino también para la posteridad y para el mundo entero están a la vista. Trastocó toda la creación empezando por el hombre el cual cambia de actitud hacia Dios y esto indica la revolución que tuvo lugar en su mente. “Se escondieron de la presencia de Jehová(Gen. 3:8; cf. vv. 7). Ahora sus emociones dominantes eran la vergüenza y el temor (Gen. 2:25; 3:7, 10), lo que indica el caos que se produjo y esta actitud conllevó al reproche, la condenación, la maldición, y la expulsión del huerto. El pecado sólo proviene del hombre, pero sus consecuencias no se limitan a él. Y ahora en el presente este hecho sigue latente, vemos que el desenvolvimiento de la historia del hombre proporciona un catálogo de vicios (Gen. 4:8, 19, 23s; 6:2–3, 5). La consecuencia de la sobreabundante perversidad es la virtual destrucción de la humanidad (Gen. 6:7, 13; 7:21,24); hay solidaridad racial en el pecado y el mal. A causa del pecado la muerte provoca temor y terror en el hombre (Lc. 12:5; He. 2:15).
Un acto pecaminoso es la expresión de un corazón pecaminoso (cf. Mr. 7:20,23; Prov. 4:23; 23:7). El pecado siempre ha de incluir, por lo tanto, la perversidad del corazón, la mente, la disposición, y la voluntad. En consecuencia, la imputación del pecado de Adán a la posteridad debe comprender la participación en la perversidad, aparte de lo cual carecería de sentido el pecado de Adán, y su imputación se convertiría en una abstracción imposible. Pablo expresa que “por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Rom. 5.19). La depravación que supone el pecado, y con la cual todos los hombres llegan al mundo, es por esta razón consecuencia directa de nuestra solidaridad con Adán en su pecado. Como individuos venimos al mundo por generación natural, y como individuos nunca existimos aparte del pecado de Adán, contado como nuestro propio pecado.
Si consideramos este punto de un modo más positivo, todos se han alejado de Dios, y se han corrompido. En Rom. 8:5,7 Pablo menciona el pensar de la carne, y carne, cuando se emplea éticamente como aquí, significa la naturaleza humana dirigida y gobernada por el pecado (cf. Jn. 3:6). Además, a la luz de Rom 8:7, “los designios de la carne son enemistad contra Dios”. No podríamos formular un juicio más condenatorio, porque significa que el pensamiento del hombre natural está condicionado y gobernado por la enemistad hacia Dios. Nada menos que un juicio de depravación total es la clara inferencia de estos pasajes, que no hay área o aspecto de la vida humana que quede absuelta de los sombríos efectos de la condición del hombre caído, y en consecuencia, no hay área que pudiera servir de base para la justificación del hombre por sí mismo frente a Dios y su ley.
Como el pecado es contra él, Dios no puede pasarlo por alto o ser indiferente con respecto al mismo. Dios reacciona inevitablemente contra él. Esta reacción es, específicamente, su ira. La frecuencia con que la Escritura menciona la ira de Dios nos obliga a considerar su realidad y su significado. Hay tres observaciones que requieren mención especial.
Primero, no debe interpretarse la ira de Dios en función de la pasión antojadiza tan comúnmente relacionada con la ira en nosotros. Es el deliberado y decidido desagrado que demanda la contradicción de su santidad.
Segundo, no debe tomarse como venganza, sino como santa indignación; no hay en ella nada que pertenezca a la naturaleza de la malicia. No se trata de un odio maligno, sino de una justa detestación.
Tercero, no debemos limitar la ira de Dios a su voluntad de castigar. La ira es una manifestación positiva de su insatisfacción, tan segura como lo es su complacencia ante lo que le agrada. No debemos privar a Dios lo que nosotros llamamos emoción. La ira de Dios tiene su paralelo en el corazón humano, ejemplificado de manera perfecta en Jesús (. Mr. 3:5; 10:14).
La consecuencia de la culpabilidad del pecado es, por lo tanto, la santa ira de Dios. Como el pecado nunca es impersonal, sino que existe en las personas, y es cometido por ellas, la ira de Dios consiste en el desagrado que recae sobre ellas; nosotros somos objeto de ella. Los castigos penales que sufrimos son expresión de la ira de Dios. El sentimiento de culpa y el tormento de la conciencia son reflejo, en nuestro nivel consciente, del desagrado de Dios. La esencia de la perdición final consistirá en la aplicación de la indignación de Dios (Is. 30:33; 66:24; Deut. 12:2; Mr. 9:43, 45, 48).
El pecado no puede ser borrado a menos que el pecador lo reconozca, lo confiese y lo repudie y esto se ve reflejado en el Salmo 51:2,3:
 Lávame por completo de mi maldad, y límpiame de mi pecado.  Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí[6].
Es necesario que  se llegue a este punto ya que el hombre que se encuentra en pecado evade su responsabilidad y se exculpa, y eso es parte de la herencia, Adán le echó la culpa a Eva y Eva a la serpiente siempre es y será así con el hombre pecador sin deseo de arrepentirse.

Hasta que punto Somos culpables por el pecado de Adán


En primer lugar mencionaremos que el pecado heredado o imputado es aquel estado con el cual nacen todos los seres humanos.
Los teólogos han usado varias clasificaciones para describir este concepto.
1.- Algunos le llaman, pecado heredado. Este concepto enfatiza la verdad de que todas las personas heredan este estado pecaminoso de sus padres y los padre de los de ello, hasta llegar a Adán y Eva
2.- Otro lo llaman la naturaleza pecaminosa, a cual enfoca el hecho de que el pecad ha corrompido nuestra naturaleza entera. El término “naturaleza pecaminosa” provee  un claro contraste entre esa naturaleza radical y sus frutos (los cuales son hechos particulares del pecado)
3.- Aun otros prefieren el término pecado original, porque el pecado original de Adán produjo esa corrupción de la naturaleza que fue transmitida por herencia a cada sucesiva generación.
El primer pecado de Adán tuvo un significado único para toda la raza humana (Rom. 5:12, 14,19; 1 Cor. 15:22). Aquí se hace hincapié en forma sostenida en la sola y única trasgresión de un solo hombre como aquello por lo cual el pecado, la condenación, y la muerte recayeron sobre toda la humanidad. Se identifica al pecado como “la trasgresión de Adán”, “la trasgresión del uno”, “una trasgresión”, “la desobediencia de uno”, y no puede haber duda de que aquí se hace referencia a la primera trasgresión de Adán..
Otro  aporte al tema en mención es el que observamos en el libro de Francisco Lacueva quien cita a Kevan :
v  En virtud de mi solidaridad racial con Adán, yo heredo de él, una naturaleza depravada y un estado pecaminoso, aunque no soy propiamente culpable de su acto; en este sentido, es inmediata la imputación del pecado original a la descendencia de Adán.
v  Tenemos parte de culpabilidad  el primer pecado ”no en el sentido de ser personalmente responsable de él, sino en virtud del trasfondo real de la solidaridad racial que liga mi existencia a la de la cabeza (natural) y a la de todo otro miembro de la raza”.[7]
En consecuencia, la cláusula “por cuanto todos pecaron” en Rom. 5:12 se refiere al pecado de todos en el pecado de Adán. A este concepto de le denomina culpa corporativa. La culpa del pecado de Adán, como cabeza representativa de la raza human, se nos imputa a todos sus descendientes. No puede referirse a los pecados que cometen todos los hombres, y mucho menos a la depravación hereditaria que aflige a todos, porque en el vv. 12 la cláusula en cuestión dice claramente por qué “la muerte pasó a todos los hombres”, y en los versículos siguientes se expresa que “la trasgresión de uno solo” (v. 17) es la causa del reinado universal de la muerte. Si no se refiriese al mismo pecado, Pablo estaría afirmando dos cosas diferentes con referencia al mismo asunto en el mismo contexto. La única explicación en cuanto a las dos formas de expresión es que todos pecaron en el pecado de Adán. Podemos hacer la misma inferencia sobre la base de 1 Co. 15:22, “en Adán todos mueren”. Si todos mueren en Adán, la razón es que todos pecaron en él.
Así la raza humana considerada como un todo, es corporativamente culpable del pecado de Adán y Eva. Y así es como lo interpreta la historia de la Caída en el Génesis Cap. 3. Toda la raza humana está bajo el poder del pecado contra Dios. Incluso cuando los hombres no están concientes de sus pecados, cuando ni siquiera  piensas que son culpables, aún en este caso participan de esta culpabilidad. Por lo tanto, los descendientes de Adán (raza humana) no sólo son cargados con su culpa, sino que también heredan de él su corrupción moral. Ellos no sólo están privados de la justicia original, sino que también tienen una disposición inherente y positiva hacia el pecado.
Según la Escritura, el tipo de solidaridad con Adán que explica la participación de todos en el pecado de Adán, es el tipo de solidaridad que Cristo mantiene con aquellos que están unidos a él. El paralelo en Rom. 5:12,19; 1 Cor. 15:22, 45,49 entre Adán y Cristo indica el mismo tipo de relación en ambos casos, y no tenemos necesidad de postular nada más definitivo en el caso de Adán y la raza que lo que encontramos en el caso de Cristo y los suyos. En este último caso se trata de una cabeza representativa, y esto es todo lo que hace falta para afirmar la solidaridad de todos en el pecado de Adán. Decir que el pecado de Adán se imputa a todos es decir que todos estuvieron involucrados en su pecado, en razón de ser él la cabeza representativa. El mismo Apóstol Pablo ya en el cap 7 enseña que el propósito de la ley fue llevar a los hombres hacia el conocimiento de su culpabilidad. Rom 7:7
¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley; porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: NO CODICIARAS. [8]
Aunque la imputación del pecado de Adán fue inmediata, como se puede comprobar por el testimonio de los pasajes pertinentes, el juicio de condenación que recayó sobre Adán, y en consecuencia sobre todos los hombres en él, se considera confirmado, en la Escritura, en cuanto a su justicia y corrección, por la experiencia moral subsiguiente de cada hombre. De ese modo, queda ampliamente corroborado Rom. 3:23, que “todos pecaron”, por referencia a los pecados específicos y visibles de judíos y gentiles (Rom 1:18–3:8), antes de que Pablo haga referencia alguna a la imputación en Adán. De manera similar la Escritura relaciona universalmente el juicio final del hombre ante Dios con sus “obras”, que no alcanzan a cumplir las exigencias divinas (Mt. 7:21,27; 13:41; 25:31,46; Lc. 3:9; Rom. 2:5,10; Ap. 20:11,14).
El rechazo de esta doctrina no sólo indica incapacidad de aceptar el testimonio de los pasajes pertinentes, sino también incapacidad de apreciar la estrecha relación que existe entre el principio que gobierna nuestra relación con Adán, y el que gobierna la operación de Dios en la salvación. El paralelo entre Adán como primer hombre y Cristo como último Adán muestra que la realización de la salvación en Cristo está basada en el mismo principio operativo que aquel por medio del cual nos convertimos en pecadores y herederos de la muerte. La historia de la humanidad queda finalmente resumida bajo dos complejos: pecado-condenación-muerte y justicia-justificación-vida. El primero surge de nuestra unión con Adán; el segundo proviene de nuestra unión con Cristo. Estas son las dos órbitas en las que vivimos y nos movemos. El gobierno de los hombres por parte de Dios se lleva a cabo en función de estas relaciones. Si no entendemos nuestra relación con Adán no podemos comprender correctamente a Cristo. Todos los que mueren, mueren en Adán; todos los que adquieren vida, la reciben de Cristo.


Conclusiones

  1. Dios creo al hombre puro y sin pecado, dotado le libre albedrío. Y es el quien elige pecar contra Dios. Esa es nuestra herencia.
  2. Como consecuencia de ello el hombre (ser humano) nace con una tendencia pecaminosa y corrupta.
  3. Que nuestro Señor Jesucristo como el segundo Adán vino a restituir ese estado original. Y que el hombre vuelva tener esa comunión con Dios como lo hubo en el principio.
  4. No somos culpables del pecado de Adán, ya que cada uno será juzgado por nuestro Señor Jesucristo por sus propios actos el día del Juicio Final.
  5. Creemos que lo que le falta al creyente hoy en día, es estar convencido totalmente del perdón de nuestros pecados, mediante la Justificación en Jesucristo y por Él no seremos condenados. Rom 8.1 “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”,[9]
  6.  Y así lo menciona el Apóstol Pablo en su carta a los Filipenses 1.6. “estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.[10]
  7.  Solo existe un pecado imperdonable, el cual es la blasfemia contra el Espíritu Santo como vemos en los evangelios de Mateo 12.31,32; Marcos 3.28.29.




















Bibliografía



  1. NEWBIGIN L. El Pecado y Salvación  Methopress Buenos Aires 1964.

  1. CONFESIÓN DE Westminster

  1. Diccionario bíblico Certeza

  1. GRESHAM M. El Hombre El Estandarte de la Verdad Lima 1969.


  1. PEARLMAN M. Teología Bíblica y Sistemática  Editorial Vida Miami1992

  1. BERKHOF L. Teología Sistemática Libros Desafío Grand Rapids 2002


  1. LACUEVA, F. El Hombre, su Grandeza y su Miseria Libros CLIE Barcelona 1988


[1] Reina-Valera 1995
[2]  1 Juan 3:4
[3] Cf “muertos en …”, Ef. 2:1; Mt. 6:14s
[4]  Cf. Fil. 2.6
[5]  Confesión de Westminster Art. 6:1
[6]  Biblia de las Américas
[7] EHSGySM, Lacueva pp 135
[8] Biblia de las Américas
[9]    Reina-Valera 1995
[10]  Biblia de las Américas

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