martes, 21 de agosto de 2012

CONSIDERACIONES ACERCA DE LOS PROYECTOS DE RECONOCIMIENTO LEGAL DE LAS UNIONES ENTRE PERSONAS HOMOSEXUALES


CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
CONSIDERACIONES
ACERCA DE LOS PROYECTOS DE RECONOCIMIENTO LEGAL
DE LAS UNIONES ENTRE PERSONAS HOMOSEXUALES

INTRODUCCIÓN
1. Recientemente, el Santo Padre Juan Pablo II y los Dicasterios competentes de la Santa Sede:
 (1) han tratado en distintas ocasiones cuestiones concernientes a la homosexualidad. Se trata, en efecto, de un fenómeno moral y social inquietante, incluso en aquellos Países donde no es relevante desde el punto de vista del ordenamiento jurídico. Pero se hace más preocupante en los Países en los que ya se ha concedido o se tiene la intención de conceder reconocimiento legal a las uniones homosexuales, que, en algunos casos, incluye también la habilitación para la adopción de hijos. Las presentes Consideraciones no contienen nuevos elementos doctrinales, sino que pretenden recordar los puntos esenciales inherentes al problema y presentar algunas argumentaciones de carácter racional, útiles para la elaboración de pronunciamientos más específicos por parte de los Obispos, según las situaciones particulares en las diferentes regiones del mundo, para proteger y promover la dignidad del matrimonio, fundamento de la familia, y la solidez de la sociedad, de la cual esta institución es parte constitutiva. Las presentes Consideraciones tienen también como fin iluminar la actividad de los políticos católicos, a quienes se indican las líneas de conducta coherentes con la conciencia cristiana para cuando se encuentren ante proyectos de ley concernientes a este problema.
(2) Puesto que es una materia que atañe a la ley moral natural, las siguientes Consideraciones se proponen no solamente a los creyentes sino también a todas las personas comprometidas en la promoción y la defensa del bien común de la sociedad.

I. NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS IRRENUNCIABLES DEL MATRIMONIO
2. La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad de los sexos re propone una verdad puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo. El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades.
(3) Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas. Así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.
3. La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma. Según el libro del Génesis, tres son los datos fundamentales del designo del Creador sobre el matrimonio.
En primer lugar, el hombre, imagen de Dios, ha sido creado «  varón y hembra  » (Gn 1, 27). El hombre y la mujer son iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto varón y hembra. Por un lado, la sexualidad forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde se unen cuerpo y espíritu.
El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. «  Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne  » (Gn 2, 24).
En fin, Dios ha querido donar a la unión del hombre y la mujer una participación especial en su obra creadora. Por eso ha bendecido al hombre y la mujer con las palabras: «  Sed fecundos y multiplicaos  » (Gn 1, 28). En el designio del Creador complementariedad de los sexos y fecundidad pertenecen, por lo tanto, a la naturaleza misma de la institución del matrimonio.
Además, la unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Este significado cristiano del matrimonio, lejos de disminuir el valor profundamente humano de la unión matrimonial entre el hombre la mujer, lo confirma y refuerza (cf. Mt 19, 3-12; Mc 10, 6-9).
4. No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, «  cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso  ».(4)
En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales «  están condenadas como graves depravaciones... (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados  ».(5) El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos,(6) y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica.
Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales «  deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta  ».(7) Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad.(8) Pero la inclinación homosexual es «  objetivamente desordenada  »,(9) y las prácticas homosexuales «  son pecados gravemente contrarios a la castidad  ».(10)

II. ACTITUDES ANTE EL PROBLEMA
DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES
5. Con respecto al fenómeno actual de las uniones homosexuales, las autoridades civiles asumen actitudes diferentes: A veces se limitan a la tolerancia del fenómeno; en otras ocasiones promueven el reconocimiento legal de tales uniones, con el pretexto de evitar, en relación a algunos derechos, la discriminación de quien convive con una persona del mismo sexo; en algunos casos favorecen incluso la equivalencia legal de las uniones homosexuales al matrimonio propiamente dicho, sin excluir el reconocimiento de la capacidad jurídica a la adopción de hijos.
Allí donde el Estado asume una actitud de tolerancia de hecho, sin implicar la existencia de una ley que explícitamente conceda un reconocimiento legal a tales formas de vida, es necesario discernir correctamente los diversos aspectos del problema. La conciencia moral exige ser testigo, en toda ocasión, de la verdad moral integral, a la cual se oponen tanto la aprobación de las relaciones homosexuales como la injusta discriminación de las personas homosexuales. Por eso, es útil hacer intervenciones discretas y prudentes, cuyo contenido podría ser, por ejemplo, el siguiente: Desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública y, sobre todo, que no expongan a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio, que las dejaría indefensas y contribuiría, además, a la difusión del fenómeno mismo. A quienes, a partir de esta tolerancia, quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales conviventes, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.
Ante el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo, es necesario oponerse en forma clara e incisiva. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas, y asimismo, en cuanto sea posible, de la cooperación material en el plano aplicativo. En esta materia cada cual puede reivindicar el derecho a la objeción de conciencia.

III. ARGUMENTACIONES RACIONALES CONTRA EL RECONOCIMIENTO LEGAL DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES
6. La comprensión de los motivos que inspiran la necesidad de oponerse a las instancias que buscan la legalización de las uniones homosexuales requiere algunas consideraciones éticas específicas, que son de diferentes órdenes.
De orden racional
La función de la ley civil es ciertamente más limitada que la de la ley moral,(11) pero aquélla no puede entrar en contradicción con la recta razón sin perder la fuerza de obligar en conciencia.(12) Toda ley propuesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto es conforme con la ley moral natural, reconocida por la recta razón, y respeta los derechos inalienables de cada persona.(13) Las legislaciones favorables a las uniones homosexuales son contrarias a la recta razón porque confieren garantías jurídicas análogas a las de la institución matrimonial a la unión entre personas del mismo sexo. Considerando los valores en juego, el Estado no puede legalizar estas uniones sin faltar al deber de promover y tutelar una institución esencial para el bien común como es el matrimonio.
Se podría preguntar cómo puede contrariar al bien común una ley que no impone ningún comportamiento en particular, sino que se limita a hacer legal una realidad de hecho que no implica, aparentemente, una injusticia hacia nadie. En este sentido es necesario reflexionar ante todo sobre la diferencia entre comportamiento homosexual como fenómeno privado y el mismo como comportamiento público, legalmente previsto, aprobado y convertido en una de las instituciones del ordenamiento jurídico. El segundo fenómeno no sólo es más grave sino también de alcance más vasto y profundo, pues podría comportar modificaciones contrarias al bien común de toda la organización social. Las leyes civiles son principios estructurantes de la vida del hombre en sociedad, para bien o para mal. Ellas «  desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres  ».(14) Las formas de vida y los modelos en ellas expresados no solamente configuran externamente la vida social, sino que tienden a modificar en las nuevas generaciones la comprensión y la valoración de los comportamientos. La legalización de las uniones homosexuales estaría destinada por lo tanto a causar el obscurecimiento de la percepción de algunos valores morales fundamentales y la desvalorización de la institución matrimonial.
De orden biológico y antropológico
7. En las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia que podrían fundar razonablemente el reconocimiento legal de tales uniones. Éstas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana. El recurrir eventualmente a los medios puestos a disposición por los recientes descubrimientos en el campo de la fecundación artificial, además de implicar graves faltas de respeto a la dignidad humana,(15) no cambiaría en absoluto su carácter inadecuado.
En las uniones homosexuales está además completamente ausente la dimensión conyugal, que representa la forma humana y ordenada de las relaciones sexuales. Éstas, en efecto, son humanas cuando y en cuanto expresan y promueven la ayuda mutua de los sexos en el matrimonio y quedan abiertas a la transmisión de la vida.
Como demuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad. La integración de niños en las uniones homosexuales a través de la adopción significa someterlos de hecho a violencias de distintos órdenes, aprovechándose de la débil condición de los pequeños, para introducirlos en ambientes que no favorecen su pleno desarrollo humano. Ciertamente tal práctica sería gravemente inmoral y se pondría en abierta contradicción con el principio, reconocido también por la Convención Internacional de la ONU sobre los Derechos del Niño, según el cual el interés superior que en todo caso hay que proteger es el del infante, la parte más débil e indefensa.
De orden social
8. La sociedad debe su supervivencia a la familia fundada sobre el matrimonio. La consecuencia inevitable del reconocimiento legal de las uniones homosexuales es la redefinición del matrimonio, que se convierte en una institución que, en su esencia legalmente reconocida, pierde la referencia esencial a los factores ligados a la heterosexualidad, tales como la tarea procreativa y educativa. Si desde el punto de vista legal, el casamiento entre dos personas de sexo diferente fuese sólo considerado como uno de los matrimonios posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio radical, con grave detrimento del bien común. Poniendo la unión homosexual en un plano jurídico análogo al del matrimonio o la familia, el Estado actúa arbitrariamente y entra en contradicción con sus propios deberes.
Para sostener la legalización de las uniones homosexuales no puede invocarse el principio del respeto y la no discriminación de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente inaceptable sólo si se opone a la justicia.(16) No atribuir el estatus social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son ni pueden ser matrimoniales no se opone a la justicia, sino que, por el contrario, es requerido por ésta.
Tampoco el principio de la justa autonomía personal puede ser razonablemente invocado. Una cosa es que cada ciudadano pueda desarrollar libremente actividades de su interés y que tales actividades entren genéricamente en los derechos civiles comunes de libertad, y otra muy diferente es que actividades que no representan una contribución significativa o positiva para el desarrollo de la persona y de la sociedad puedan recibir del estado un reconocimiento legal específico y cualificado. Las uniones homosexuales no cumplen ni siquiera en sentido analógico remoto las tareas por las cuales el matrimonio y la familia merecen un reconocimiento específico y cualificado. Por el contrario, hay suficientes razones para afirmar que tales uniones son nocivas para el recto desarrollo de la sociedad humana, sobre todo si aumentase su incidencia efectiva en el tejido social.
De orden jurídico
9. Dado que las parejas matrimoniales cumplen el papel de garantizar el orden de la procreación y son por lo tanto de eminente interés público, el derecho civil les confiere un reconocimiento institucional. Las uniones homosexuales, por el contrario, no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico, porque no cumplen dicho papel para el bien común.
Es falso el argumento según el cual la legalización de las uniones homosexuales sería necesaria para evitar que los convivientes, por el simple hecho de su convivencia homosexual, pierdan el efectivo reconocimiento de los derechos comunes que tienen en cuanto personas y ciudadanos. En realidad, como todos los ciudadanos, también ellos, gracias a su autonomía privada, pueden siempre recurrir al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. Por el contrario, constituye una grave injusticia sacrificar el bien común y el derecho de la familia con el fin de obtener bienes que pueden y deben ser garantizados por vías que no dañen a la generalidad del cuerpo social.(17)

IV. COMPORTAMIENTO DE LOS POLÍTICOS CATÓLICOS ANTE LEGISLACIONES FAVORABLES A LAS UNIONES HOMOSEXUALES
10. Si todos los fieles están obligados a oponerse al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, los políticos católicos lo están en modo especial, según la responsabilidad que les es propia. Ante proyectos de ley a favor de las uniones homosexuales se deben tener en cuenta las siguientes indicaciones éticas.
En el caso de que en una Asamblea legislativa se proponga por primera vez un proyecto de ley a favor de la legalización de las uniones homosexuales, el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley. Conceder el sufragio del propio voto a un texto legislativo tan nocivo del bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral.
En caso de que el parlamentario católico se encuentre en presencia de una ley ya en vigor favorable a las uniones homosexuales, debe oponerse a ella por los medios que le sean posibles, dejando pública constancia de su desacuerdo; se trata de cumplir con el deber de dar testimonio de la verdad. Si no fuese posible abrogar completamente una ley de este tipo, el parlamentario católico, recordando las indicaciones dadas en la Encíclica Evangelium Vitæ, «  puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública  », con la condición de que sea «  clara y notoria a todos  » su «  personal absoluta oposición  » a leyes semejantes y se haya evitado el peligro de escándalo.(18) Eso no significa que en esta materia una ley más restrictiva pueda ser considerada como una ley justa o siquiera aceptable; se trata de una tentativa legítima, impulsada por el deber moral, de abrogar al menos parcialmente una ley injusta cuando la abrogación total no es por el momento posible.

CONCLUSIÓN
11. La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 28 de marzo de 2003, ha aprobado las presentes Consideraciones, decididas en la Sesión Ordinaria de la misma, y ha ordenado su publicación.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 3 de junio de 2003, memoria de San Carlos Lwanga y Compañeros, mártires.
Joseph Card. Ratzinger
Prefecto
Angelo Amato, S.D.B.
Arzobispo titular de Sila
Secretario

(1) Cf. Juan Pablo II, Alocución con ocasión del rezo del Angelus, 20 de febrero de 1994 y 19 de junio de 1994; Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia, 24 de marzo de 1999; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2357-2359, 2396; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 8; Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986; Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, 24 de julio de 1992; Pontificio Consejo para la Familia, Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa sobre la resolución del Parlamento Europeo en relación a las parejas de homosexuales, 25 de marzo de 1994; Familia, matrimonio y «  uniones de hecho  », 26 de julio de 2000, n. 23.
(2) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002, n. 4.
(3) Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48.
(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357.
(5) Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 8.
(6) Cf. por ejemplo S. Policarpo, Carta a los Filipenses, V, 3; S. Justino, Primera Apología, 27, 1-4; Atenágoras, Súplica por los cristianos, 34.
(7) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986, n. 12.
(8) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986, n. 12.
(9) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358.
(10) Cf. Ibid., n. 2396.
(11) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 71.
(12) Cf. ibid., n. 72.
(13) Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, I-II, p. 95, a. 2.
(14) Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 90.
(15) Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitæ, 22 de febrero de 1987, II. A. 1-3.
(16) Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, II-II, p. 63, a.1, c.
(17) No hay que olvidar que subsiste siempre «  el peligro de que una legislación que haga de la homosexualidad una base para poseer derechos pueda estimular de hecho a una persona con tendencia homosexual a declarar su homosexualidad, o incluso a buscar un partner con el objeto de aprovecharse de las disposiciones de la ley  » (Congregación para la Doctrina de la Fe, Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, 24 de julio de 1992, n. 14).
(18) Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 73.
  

miércoles, 8 de agosto de 2012

EL SIGNIFICADO DE ORDENACION


EL SIGNIFICADO DE ORDENACION

La ordenación al ministerio evangélico es el reconocimiento y certificación público y oficial de la
Iglesia de:
1. Un llamamiento especial de Dios a un individuo para llevar a cabo un ministerio particular
hacia la iglesia y el mundo.
2. El desarrollo de carácter y cualidades espirituales para fomentar tal ministerio.
3. Un conocimiento amplio y profundo de la Palabra de Dios.
4. La evidencia indudable del ejercicio de verdaderos dones espirituales impartidos por Dios que le capacita para la obra del ministerio.
Antecedentes bíblicos de la dedicación de personas para el liderazgo se encuentran en los ejemplos de
Josué (Números 27:16-23) y Timoteo (I Tim. 4:14), y este principio de la ordenación al ministerio del evangelio ha sido una práctica de la Iglesia a través de los siglos de ministerio.
El hombre que ha sido llamado por Dios debe anhelar este reconocimiento, preparándose con diligencia en mente y en espíritu.

La Ordenación es la observancia solemne por la que los representantes de la iglesia corporal afirman, separan y encargan a aquellos que Dios ya ha llamado y equipado para el ministerio, a través de la imposición de las manos y la oración por ellos."
"Aquellas personas elegibles para ordenación incluirán sólo aquellos hombres que estén siguiendo un compromiso de por vida como pastores, misioneros, y maestros de clases bíblicas y teológicas en universidades y seminarios."
"Las Iglesias locales seleccionan ancianos, diáconos, diaconisas, y otros líderes sin la
observancia de ordenación."
La palabra "ordenación" viene de la palabra del Latín que quiere decir "poner en orden," "arreglar," y "escoger para un puesto." La palabra traducida "ordenar" en la Versión Autorizada viene de hasta treinta y cinco diferentes palabras en Hebreo y Griego. Mucha confusión ha venido por las diferentes facetas del significado. Sin embargo, Dios es un Dios de orden y pone mucho énfasis en la Biblia a símbolos. Por lo que, parecería apropiado que hubiera una ceremonia solemne, simbólica que tenga que ver con el apartar a alguien para el ministerio del Evangelio.
Los problemas que ha habido a través de los siglos tienen que ver con el quién debe ser ordenado. Y hoy por quien debe ser ordenado
¿Cómo podemos prevenir una división entre el clérigo y el laico, por ejemplo? Qué acerca del "Sacerdocio de todos los creyentes." ¿No es cada creyente llamado a ministrar? ¿Hay mucha diferencia entre dar licencias y ordenar?
Los siete fueron escogidos (Hechos 6) por los hermanos como hombres ya "llenos del Espíritu Santo y sabiduría" y fueron luego "escogidos" por los doce que oraron y impusieron sus manos sobre ellos. El llamado de Barnabás y Saúl vino directamente de Dios (Hechos 13), aun así los líderes de la iglesia en Antioquía fueron mandados por el Espíritu Santo a "separar" a éstos dos hombres públicamente para su trabajo, quienes lo hicieron ayunando, orando e imponiéndoles las manos. Pablo y Barnabás "ordenaron" ("escogieron") ancianos (presbíteros) en cada ciudad orando y ayunando (Hechos 14). Pablo enseñó a Tito a hacer lo mismo en Creta (Tito 1:5). Timoteo fue apartado para el ministerio del Evangelio "con la imposición de las manos del presbiterio" (I Tim. 4:14). Sin duda la frase, "No impongas con ligereza las manos a ninguno" (I Tim. 5:22) se refiere al mismo acto de ordenación. De éstos pasajes podemos concluir que aquellos sirviendo en una función alta de la Iglesia deben ser reconocidos públicamente de alguna manera como públicamente imponiéndoles las manos y orando por ellos. Sin embargo, ningún gran énfasis era dado a este ritual particular.
El acto o ceremonia de la imposición de manos aparece en el Antiguo Testamento en varias situaciones. Era una acto para bendecir (Gen. 48:14). En el ritual del sacrificio, el pecador ponía su mano en la cabeza del sacrificio (Lev. 1:4, etc.). La tribu de Leví fue apartada a través de un acto solemne de imposición de manos (Num. 8:10). Moisés escogió a Josué para ser su sucesor a través de un acto similar (Num. 27:18-23). La idea primaria parece ser la de transferencia, conducción, identificación y devoción a Dios.
En el Nuevo Testamento, Jesús impuso sus manos a niños pequeños (Matt. 19:13-15). Los apóstoles impusieron sus manos en aquellos que ellos bautizaban para que recibieran al Espíritu Santo (Hechos 8:17- 19; 19:6) y para sanar (Hechos 12:7). Las referencias antes mencionadas muestran el mismo acto para apartar a personas para una función o trabajo particular en la Iglesia. Era acompañado de oración, y la bendición buscada era impartida por Dios mismo. Ninguna idea es dada de que esta acción simbólica tenga algún valor sacramental.
Por ello, el ordenar hombres para el ministerio del Evangelio ha sido practicado desde la mitad de los años 1880. En la página 235 de La Palabra, El Trabajo, y el Mundo (The Word, Work and World), publicado en Octubre de 1886, bajo el título "El Servicio de Ordenación," el siguiente artículo aparece:
"La tarde del Jueves de la Convención, un servicio de ordenación muy interesante e impresionante se llevó a efecto para la ordenación del Rev. Walter A. A. Gardner y el Rev. F. A. Osman al ministerioCristiano. Un comité de ministros representando a iglesias Presbiterianas, Bautistas, Metodistas, y Congregacionales; y los pastores del Tabernáculo Examinaron a los candidatos con mucho cuidado y acordaron al final el recomendarles como personas adecuadas para el ministerio Cristiano. El hermano Gardner fue recomendado también por la congregación del Tabernáculo del Evangelio, de donde el es miembro, y el hermano Osman por el Tabernáculo Alemán, Ninth Ave., con el que está trabajando como pastor. El Rev. A. B. Simpson presidió e hizo la oración de ordenación."
Hay otras numerosas narraciones de servicios de ordenación hechas aún antes de este siglo. En la página 178 de la publicación La Alianza Cristiana (The Christian Alliance) de 1881, podemos leer lo siguiente:
"Hemos sido informados que algunos grupos han criticado la junta llevada a cabo al final de la Convención de Orchard por el propósito de apartar a un número de obreros al imponérseles las manos como una preparación Divina especial para su trabajo, y de que se ha dicho que aquellas personas que lo hicieron clamaban impartir poder espiritual a los hermanos por la imposición de sus manos. Esto es un gran error. El servicio al que se refieren estos grupos asistieron algunos cientos de obreros Cristianos, y en él participaron un gran número de los más cuidadosos ministros Evangélicos, y no hubo nada que fuera ofensivo hasta para la mente espiritual más conservadora. Ninguno de los líderes en la reunión clamaron tener cualquier poder en ellos y que pudieran impartir éste a otros, sino que simplemente estaban unidos en apartar a sus hermanos para la obra a la que éstos mismos hermanos previamente ya se habían dedicado, con la confianza de que el Espíritu Santo les bautizó con Su presencia permanente y su poder, sabiendo que cada uno que le busca con una actitud correcta. No había más poder en las manos de los obreros que en las manos del pastor que ministra la ordenanza de la Cena del Señor y el Bautismo, o el Anciano que unge al enfermo en el nombre del Señor para su sanidad. En el ungimiento para la sanidad, no hay quien clame que está impartiendo de su poder, pero es simplemente un acto de obediencia y Dios lo acompaña con Su poder, si las condiciones espirituales han sido debidamente llenadas." 

¿PORQUE DIOS PERMITE EL SUFRIMIENTO?

http://devociontotal.net/archivo-boletin-informativo/por-que-permite-dios-el-sufrimiento.html

domingo, 22 de julio de 2012

Dios puede restaurar tu matrimonio


¿Separarse? Esa idea jamás pasó por la mente de María Angélica hasta esa mañana en la que, después de tomar el café, su esposo la enfrentó con decisión, el ceño fruncido y aspereza en sus palabras: Esta relación ya no funciona—le dijo.
El mundo entero se hundió bajo sus pies. Nunca concibió el divorcio como una alternativa. Si bien admitía que las cosas no marchaban como antes, razonaba que llegarían tiempos mejores.
Hablaré con un abogado amigo. Creo que el asunto puede resolverse sin mayores traumatismos—concluyó al tiempo que cerraba la puerta con violencia, dejando tras de sí una estela de incertidumbre y dolor.
El desayuno quedó a medio consumir. El silencio se apoderó del lugar. La mujer enfrentó una concatenación de sentimientos encontrados: rabia, desilusión, ganas de renunciar a todo.
Le parecía imposible que después de  cinco años de matrimonio, con las imágenes todavía frescas del día de la boda, de pronto todo se rompiera sin mayores explicaciones. ¿Tendría su esposo una amante? O sencillamente se había cansado de ella.
Ese fue el comienzo de una intensa búsqueda de posibles soluciones.
Alguien le recomendó los servicios de una bruja; una ex compañera de estudios le aconsejó presionar jurídicamente a su marido hasta dejarlo sin un peso, y una vecina—la de enfrente de su apartamento—le sugirió buscar ayuda en Dios.
En la congregación oramos por las necesidades. Le invito para que nos acompañe los jueves en las noches. No dudo que Dios resolverá su problema—explicó.
 Aún cuando al principio dudo e incluso, fue a la iglesia con marcado escepticismo, en medio de su desesperación comenzó a creer.
Al principio nada parecía ocurrir. Todo lucía igual y pensó que empeoraba. Pero tres semanas después las circunstancias comenzaron a ceder. Por primera vez en mucho tiempo su esposo llegó a casa sin reñir. La agresividad de sus palabras disminuyó. Era menos hostil.
María Angélica persistía en la oración.  Siete meses después la situación había retornado a la normalidad. Hasta tal punto fue sorprendente el cambio que su esposo insistió un jueves, recién llegó del trabajo, para acompañarla al templo:
Quiero ver qué dicen y qué hacen allí—le dijo sonriente.
Hoy los dos representan una pareja que tiene a Jesucristo como el centro de su hogar. ¡Dios respondió a las oraciones de María Angélica!

El poder de la oración
Muchas personas desconocen el poder que se desencadena cuando oramos a Dios en procura de milagros.
Nuestro Supremo hacedor puede cambiar las circunstancias contrarias. Recuerde: El dividió el mar Rojo e hizo caer los muros de Jericó. ¿Acaso le será imposible sanar a un enfermo o quizá restablecer un matrimonio que amenaza con romper pronto?
En la Biblia leemos: “En cuanto  a mi, a Dios clamaré; y Jehová me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz; El redimirá en paz mi alma de la guerra contra mí, aunque contra mi haya muchos”(Salmo 55:16-18).
Tres elementos importantes
El autor revela varios aspectos interesantes: El primero, que cuando viene el problema va a Dios en clamor y oración. Segundo, que tiene la certeza –como la debemos tener nosotros—de que Dios nos escucha y responderá a las oraciones. “…y Jehová me salvará”. El tercero, la necesidad de perseverar.
Dios tiene su propio reloj y calendario, y por tanto, sus tiempos son diferentes de los nuestros. El responderá en el momento indicado. La clave es perseverar. “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz”.
Tres elementos que le invitamos a asumir bajo la convicción de que Dios se manifestará gloriosamente, obrando milagros en cualquier situación que usted lleve a Su presencia.
© Fernando Alexis Jiménez. Pastor del Ministerio de Evangelismo y Misiones “Heraldos de la Palabra”. Email:  fernando@adorador.com

jueves, 19 de julio de 2012

Mi Convivencia Teológica: Nuevos libros destacados

Mi Convivencia Teológica: Nuevos libros destacados: La Hermenéutica  por M S Terry. Un libro clásico de la interpretación de la Biblia La soberania de Dios  por Arthur W Pink. Muestra la doctr...

lunes, 2 de julio de 2012

Etica en las epístolas universales


ENSEÑANZA ÉTICA DE LAS EPÍSTOLAS

                                              LLAMADAS UNIVERSALES


1.    La epístola de Santiago

               El carácter de la enseñanza ética de Santiago: corre paralela a su enseñanza teológica y podríamos definirla de la manera siguiente:

A) Es aparentemente judaica. Dejar, propone la teo­ría de que Santiago escribía a judíos inconversos, con el fin de recomendarles la ética cristiana. Aduce las siguientes evi­dencias:

     (a) Su estilo recuerda el del Antiguo Testamento, espe­cialmente el de los profetas y de Proverbios 8 (3:17).

     (b) Los ejemplos de buena conducta son personajes del A.T. (5:11-17), en vez del ejemplo de Cristo, en contraste con lo que dice Pedro (1.a Ped. 2:13-24) y Hebreos (12:1-2).

     (c) La ausencia de referencias a la doctrina cristiana, sobre todo en lo que se refiere a Jesucristo y al Espíritu Santo.

     (d) La aparente contradicción con el resto del N.T. sobre la relación entre la fe y las obras.

     (e) La falta de relación entre la ética y la doctrina espe­cíficamente cristiana.


B) En realidad, su enseñanza es cristiana. Sin embargo, la epístola es, sin duda, cristiana. Hace referencias a la fe de Cristo (1:1; 2:1), al nombre de Cristo (2:7), a la venida del Señor (5:7) y al reino del Señor (2:5). Existen claros paralelismos con la enseñanza ética de Jesucristo:

     (a) Las obras éticas como fruto (3:12).

     (b) La necesidad de hacer, y no sólo de oír (1:22).

     (c) La necesidad de la misericordia (2:13).

     (d) Los peligros de la riqueza material (5:1).

     (e) La importancia de la oración (5:16).

     (f) La necesidad de las obras como prueba de la auten­ticidad de la fe.


Tampoco faltan las semejanzas con la enseñanza apos­tólica:

     (a) La ley de la libertad (1:25; 2:12. Comp. con. Gál. 5:13).

     (b) La lista de virtudes (3:17. Comp. con Gál. 5: 22-23).

     (c Las alusiones a doctrinas típicamente cristianas, como la regeneración (1:18).



C) Ofrece un resumen de moralidad cristiana (3:17). Los atributos de "la sabiduría que es de lo alto" son clara­mente las cualidades deseables en todo creyente (vers. 13). Dicha sabiduría es: hagné (pura), eireniké (pacífica), epieikés (benigna, magnánima), eupeithés (tolerante, condescendiente, dócil), mesté eléus kai karpón agathón (llena de misericordia y de buenos frutos), adiákritos (imparcial, sin favoritismo, sin discriminación de personas) y anypokritos (sin hipocresía). Es como un resumen de la enseñanza de la epístola: la pureza es lo contrario del carácter de doble ánimo (1:8), e implica la sinceridad; el ser pacífico, amante de la paz, es lo contra­rio del espíritu de contienda y de envidia, condenado en 3:14-16; 4:11; la imparcialidad es el tema de 2:1-13; y la hipocresía es el tema de 2:14-26 y 1:22.


2.   Las epístolas de Pedro

Podemos distinguir en las epístolas de Pedro los siguien­tes aspectos éticos:

           A) Su base teológica. Desde el principio de su 1.a epís­tola, destaca la relación entre la doctrina y la ética: "Elegi­dos... para obedecer" (1:2). El cristiano obedece porque es hijo (1:14), y debe ser santo conforme al carácter de Dios su Padre (1:15-16). El amor fraternal es fruto de su obedien­cia a la verdad (1:22).


B') Los motivos éticos. Estos son:

     (a) El llamamiento divino a la obediencia (1Ped. 1:14-16), según la voluntad de Dios (2:15; 3:9).

     (b) El ejemplo de Cristo, principalmente en cuanto a la actitud frente al sufrimiento (2:21; 3:18; 4:1).

     (c) El motivo escatológico. El fin está cerca (1.a Ped. 4:7; 2.a Ped. 3:11-14); y, por tanto, los creyentes deben ser "sin mancha e irreprensibles", teniendo presente el juicio (1.a Ped. 1:17; 2.a Ped. 2:9).

     (d) El motivo de la recompensa: la bendición venidera (1.a Ped. 3:9; 4:13; 5:6).

     (e) Motivos espirituales actuales:  Para que la oración sea efectiva (1.a Ped. 3:7); para recibir la bendición de Dios (5:5); para vencer al diablo (5:8).

    (f) El testimonio ante los que se oponen al Evangelio (1.a Ped. 2:12-15; 3:1-16).



C) Maneras de agradar a Dios. Las principales son las siguientes:

     (a) Por la ayuda del Espíritu Santo (1.a Ped.  1:2-5).

     (b) Por medio de ciertas virtudes cristianas: la fe (1.a Ped. 1:5; 2.a Ped. 1:5), la esperanza (1.a Ped. 1:3) y el amor (1.a Ped. 1:8; 2.a Ped. 1:7), el cual recibe gran énfasis por parte de Pedro (1.a Ped. 1:22; 2:17; 4:8), especialmente en 1.a Ped. 3:8, donde se incluye la cualidad de tapeinóphrones (humildes = que tienen baja opinión de sí mismos, no "amables" o "amigables" como traduce nuestra R.V.), que se recomienda también en 5:5-6.

                  (c) Por el celo y la vigilancia (1.a Ped. 2:2; 3:13 —ze-lotai—; 2.a Ped. 1:5 comp. con vers. 11; l.aPed. 1:13; 2:16; 5:8-9; 2.a Ped. 3:14-17).



D) Virtudes características en las epístolas de Pedro:

     (a) hágioi en pase anastrophé (santos en todos los as­pectos de vuestra conducta; 1.a Ped. 1:15; 2.a Ped. 3:11).

     (b) abstenerse de los malos deseos de la carne (pureza; 1.a Ped. 2:11; 4:2-4).

     (c) nephontes, nepsate (sed sobrios, moderados; 1.a Ped. 1:13; 4:7; 5:8) y la enkráíeia (control de sí mismo, dominio propio, templanza; 2.a Ped. 1:6).

     (d) la generosidad, descrita en 1.a Ped. 4:9-11.

     (e) hypomoné = perseverancia paciente, constancia (1.a Ped. 2:20; 2.a Ped. 1:6).

     (f) agathopoiuntes = haciendo el bien (1.a Ped. 2:14-15-20; 3:6-11-17; 4:19) y arete (virtud; 2.a Ped. 1:5).

E') Ética social:

1) En el matrimonio (1.a Ped. 3:1-7), donde las relacio­nes entre los cónyuges se caracterizan por el honor y respeto mutuo.

2) Los siervos deben obedecer a sus amos (1.a Ped. 2:18).

3) Las autoridades merecen la sumisión y el honor (1.a Ped. 2:13-17), con lo que no descarta su propia actitud en Hech. 4:19; 5:29.

4) En la iglesia, todos tienen obligaciones unos para con otros (5:5): los ancianos, de cuidar de la grey y servir de ejemplo; los jóvenes, de sumisión (5:1-5. Nótese, con todo, que el verbo hypotásso, que tanto Pablo como Pedro emplean con frecuencia, indica una sumisión que no es sujeción, sino subordinación, conforme a la etimología del verbo griego). Esta sumisión es aplicable a todas las situaciones religiosas, familiares y sociales (1.a Ped. 3:1; 2:13-18; 5:5. Comp. con Ef. 5:21ss. Nótese aquí que todos los participios, desde el vers.   19,  dependen  del   "dejaos  llenar  del  Espíritu"   del vers. 18).


F) Los vicios condenados están comprendidos en 4 listas (1.a Ped. 2:1; 4:3-15; 2.a Ped. 2:10-12-19). Son vicios, ya especialmente de la lengua, frecuentes en los creyentes (1.a Ped. 2:1), ya de la carne (1.a Ped. 4:3; 2.a Ped. 2:10-12-19), ya propios de criminales y de entremetidos en cosas ajenas (1.a Ped. 4:15). Casi todos ellos son de los condenados tam­bién por Pablo.

3. La primera epístola de Juan

                  Juan centra sus ataques principalmente en los falsos maestros, "anticristos", de doctrinas gnósticas, según los cuales el conocimiento profundo de la deidad que sólo los "iniciados" pueden alcanzar, exime de toda preocupación por las normas morales. Contra esto, Juan enfatiza que quien alegue andar en la luz, ha de practicar la verdad me­diante una conducta santa, consecuente con la luz que posee, y que todo el que practica el pecado como hábito de conducta, no conoce a Dios, ni es de Dios, sino del diablo (3:6-9, así como 1:6; 2:4-6).


A) Base doctrinal:

     (a) La regeneración espiritual. La marca del hombre nacido de nuevo es la justicia (2:29; 3:9; 5:18) y la comu­nión con Dios (1:6).

     (b) El estar en Cristo. La conformidad con el ejemplo de Cristo es a la vez el resultado (3:24) y la obligación (2:6) del que está en Cristo.

     (c) La esperanza escatológica exige la pureza, a imi­tación de Jesús (3:3).


B) Las normas de conducta:

     (a) La voluntad de Dios (2:17), expresada en sus man­damientos (2:3; 3:22; 5:2-3; también en 2.a Jn. vers. 6), de los que Juan propone el resumen más completo de todo el N.T. en 3:23 "Y éste es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado" (FE Y AMOR SON LA BASE DE TODA LA ÉTICA CRISTIANA).  Juan hace un énfasis especial en el amor, con un pragmatismo tremendo, propio del gran evangelista teólogo del N. Testamento, que sabe des­cender al detalle concreto de la vida cotidiana (2:7-10; 3:14-18; 4:20-21).

     (b) El ejemplo de Cristo (2:6; 3:16; 4:11).



C) Los vicios que se han de evitar especialmente son:

     (a) la mundanidad (2:15-36).

     (b") el odio (3:15).


4.   La epístola a los hebreos



En esta epístola, que la Tradición atribuye a Pablo, del cual quizá son las ideas, y especialmente el cap. 13, pero que parece redactada en su mayor parte por un escritor elo­cuente, de estilo brillante, metódico y acompasado (impropio de Pablo), como pudo ser, por ej. Apolo, vamos a considerar brevemente sus aspectos éticos en cuanto a:


A'") Los pecados condenados. Hebreos amonesta de ma­nera especial contra el rechazo voluntario del mensaje de sal­vación (caps. 2 y 3) y contra la apostasía (6:4-8; 10:26-29), subrayando la gravedad del pecado voluntario después de haber adquirido un suficiente conocimiento de la verdad."0 El cristiano debe despojarse del peso del pecado (12:1), evi­tando el brote de raíces amargas de espíritu profano (12:15-16), así como la fornicación y el adulterio (13:4). La amones­tación clave se centra contra la incredulidad (3:12).

B'") Las virtudes recomendadas: La fe (6:12; 10:22-39; todo el cap. 11); el amor (6:10; 10:24; 13:1), el cual se manifiesta en la práctica de la hospitalidad (13:2) y en la ayuda mutua (13:16); la perseverancia (10:36; 12:1-4) y la paciencia (6:12); la paz y la santidad (12:14); el valor espiritual o audacia para hablar familiarmente cara a cara, expresado en el término griego parrhesía (4:16; 10:35. Pa­blo suele usarlo para expresar la osadía firme y valiente para decir la verdad); el contentarse con lo que se posee (13:5).31 C") Los motivos éticos: El agradar a Dios (12:28; 13: 16-21), teniendo en cuenta Su ira (10:29-31; 12:28-29) y el ejemplo de Jesucristo (12:2-3; 13:12-13).32