viernes, 30 de julio de 2010

ADOLESCENCIA CRECIMIENTO, MADURACIÓN

Por. Rev. Rubén Castillo Mendoza
Ps. Iglesia Presbiteriana Monte Sión



La palabra adolescencia deriva del latín: adolescere, que significa crecer, madurar, y hace referencia al crecimiento y maduración, no sólo corporal sino también psicológico y social.

Efectivamente, en este período se producen muchísimos y profundos cambios, tanto corporales o biológicos como psicosociales. Por ello se dice que la adolescencia es un complejo proceso bio-psico-social.

Que sea complejo no significa que constituya un problema o enfermedad, como generalmente se piensa, consciente o inconscientemente.

Es un proceso totalmente natural, pero si no se conoce suficientemente la naturaleza de los cambios que se producen o si no se comprenden sus manifestaciones, se pueden presentar dificultades.

Esos cambios se han comparado a las actuaciones y roles cambiantes de un verdadero drama en el que el adolescente juega el papel simultáneo de actor interesado y de espectador asombrado, no teniendo la mayoría de las veces ninguna explicación del guión.

Las transformaciones que tienen lugar en el período de la adolescencia en las tres esferas: biológica, psicológica y social, están imbricadas entre sí y son interdependientes, pero por razones expositivas consideraremos separadamente lo biológico (que cronológicamente se inicia primero) y lo psicosocial.



LOS CAMBIOS BIOLÓGICOS

Constituyen en su conjunto lo que se llama pubertad o sea la parte física de la adolescencia. A través de ellos se adquiere la capacidad de reproducción, es decir poder tener hijos. La niña se transforma en "mujer", el niño en "hombre", en el sentido real y profundo de estas palabras, con lo cual podrán llegar a ser madre o padre, respectivamente.

Las modificaciones que se llevan a cabo en el organismo para que se cumpla esa transformación son muy profundas y están determinadas fundamentalmente por las glándulas de secreción interna o endocrinas. Estos pequeños órganos (ovarios, testículos, tiroides, suprarrenales, hipófisis, etcétera), producen sustancias químicas en ínfima cantidad, pero de intensa actividad, llamadas hormonas, que pasan directamente a la sangre y llegan por ésta a todas partes del organismo.

Por acción de esas hormonas (estrógenos, andrógenos, etcétera) se determinan los grandes cambios físicos de la adolescencia.



LOS MÁS NOTABLES SON:

En la niña: el desarrollo de los senos, la conformación femenina del cuerpo, la aparición de la primera menstruación.

En el varón: el agrandamiento de los genitales, los cambios de la voz, la forma masculina del cuerpo, crecimiento de la barba y bigote, aparición de la primera emisión seminal.

En ambos sexos: aparición del vello sexual, aumento de la altura y el peso.

Estas son sólo algunas de las transformaciones físicas más ostensibles que se producen durante la pubertad; pero los cambios más importantes tienen lugar en la intimidad misma de las glándulas sexuales femeninas y masculinas: ovarios y testículos respectivamente, que al mismo tiempo que producen las hormonas correspondientes, generan las "semillas" o gérmenes que hacen posible la reproducción: óvulos en la mujer y espermatozoides en el varón. Esa posibilidad y capacidad de crear una nueva vida humana es tan transcendental que no puede cumplirse en la misma forma que entre los animales y es por ello que la adolescencia comprende no sólo cambios físicos sino también importantes transformaciones psicológicas, sociales y morales.



LOS CAMBIOS PSICOSOCIALES

Consisten sobre todo en la necesidad de independizarse de los padres y otros adultos bajo cuyo cuidado estén durante la infancia.

También se debe ajustar a las costumbres y leyes del lugar en que vive, tanto en el medio familiar, escolar, recreativo, laboral, etcétera, y a las distintas personas a las que trata diariamente.

Asimismo, debe desarrollar un criterio propio. Tener su forma personal de sentir, pensar y hacer, que puede ser semejante o distinta de los demás, pero adecuada a la sociedad en que vive. También necesita adquirir la capacidad de efectuar un trabajo útil, tanto para sí como para los demás.

La realización de los cambios psicosociales precedentes es compleja y es frecuente que se presenten dificultades, cuya superación forma parte del proceso normal de la adolescencia.



QUERER Y NO QUERER

Pueden surgir, por ejemplo, diferencias con los padres, debido a que existe una verdadera contradicción tanto en estos como en los adolescentes, en los sentimientos y en la conducta: ambas "quieren" y "no quieren".

El adolescente "quiere" ser libre e independiente; pero al mismo tiempo "no quiere" asumir las responsabilidades que van ligadas a la libertad, como tampoco quiere perder la mayor o menor protección que ha recibido de los adultos en la niñez.

Los padres, por su parte, "quieren" que el adolescente sea responsable ("eres un hombre", "eres una señorita") pero "no quieren" que tenga libertad e independencia en la medida que él o ella desean. A esto se lo llama la "ambivalencia dual".

Produce, cuando menos, diferencias y discusiones de diversos grados según las circunstancias, en el hogar, la escuela y el trabajo, entre los adolescentes y los adultos, es decir entre las dos generaciones. Según como se encaren esas diferencias generacionales, se pueden solucionar fácilmente o degenerar en conflictos más o menos graves.

SEXO Y REBELDÍA

En el área sexual es donde se producen los más intensos cambios y exigencias y se requieren las mayores adaptaciones. Se adquieren los intereses heterosexuales y la capacidad reproductora, pero recién con posterioridad la capacitación para ejercer esa función. Los conflictos en lo sexual son frecuentes, requiriendo mucha comprensión, sobre todo por parte de los padres.

La inestabilidad, la inseguridad, la hiper emotividad, así como la rebeldía, son manifestaciones normales del proceso de la adolescencia; pero deben ser reconocidas e interpretadas como tales y manejadas con tacto y comprensión para que no se transformen en manifestaciones anormales que hasta pueden hacer llegar a la delincuencia juvenil.



SÍNTESIS

La adolescencia no es un problema, ni una enfermedad; sino un período de la vida en que se producen una serie de cambios físicos, psíquicos y sociales que a veces dan lugar a problemas o enfermedades que pueden ser tratadas o curadas como los de cualquier otra etapa de la vida.

Pero mejor es prevenir que curar. Esto es lo que los médicos tratan de hacer con mayor empeño. Así como durante años se han dedicado especialmente a los niños y/o a los ancianos, ahora están brindando particular atención a este otro grupo de la población: los adolescentes.

En los últimos años en todas partes del mundo, han surgido médicos que se especializan en el estudio del proceso normal de la adolescencia (Hebeología) y en el tratamiento de las afecciones de la adolescencia (Hebiatría) que se denominan hebeólogos-hebíatras, así como hay gerontólogos-geriatras que se ocupan de la vejez normal o patológica y paidólogos-pediatras que se han dedicado al niño sano o enfermo.

Hay ciertos aspectos de la salud de la adolescencia que revisten especial interés y que determinan mayores requerimientos educativo-sanitarios debido a la característica de los cambios que se producen por el mismo proceso adolescente, por ejemplo: la sexualidad, la alimentación, los hábitos higiénicos, la orientación vocacional y la utilización del tiempo libre.

Toda familia vive en proceso de transformación constante. Evoluciona gracias a su capacidad de desequilibrio temporario y posibilidad de reorganización sobre nuevas pautas de funcionamiento. Esta nueva característica posibilita los cambios necesarios para readaptarse a las necesidades que se van presentando a lo largo de la vida de la pareja y de la familia con hijos en crecimiento y desarrollo permanente. Como sistema activo y abierto, la familia recibe estímulos internos y externos que le obligan a atender esas demandas a través de nuevas funciones de interacción y renegociaciones entre padres e hijos tendientes a satisfacer dichas necesidades.

Desde dentro, son sus propios miembros con las exigencias particulares debidas al crecimiento y cambio en la perspectiva de sus vidas— los que provocan readaptaciones. Desde el exterior, son los cambios sociales, nuevas costumbres y formas de vida los que presionan a la familia a una reconsideración de su estilo de vida.

Los factores que influyen en este proceso de cambio son diversos. Esta diversidad hace difícil comprender tanto las razones de algunos adolescentes de querer desvincularse de sus familias, como de la confusión que produce en su vida interna esta crítica etapa.

En las familias, en las que los cambios se perciben como amenazas a su integridad y supervivencia, las relaciones se vuelven rígidas, y como reacción son inflexibles a los cambios en las normas ya establecidas. Se mantienen formas existentes que pudieron ser acertadas en un determinado momento, pero que no lo son ahora cuando los niños han dejado de serlo. A veces una familia que era flexible y armónica cuando sus hijos eran pequeños se torna rígida en la etapa siguiente porque no se tolera la desorganización provisoria que acarrea la presencia de adolescentes y no se posibilita una estabilidad nueva y creativa.

La tensión que producen los cambios en la vida familiar gravitará en su posibilidad de adaptación. Las transformaciones en las normas y reglas debido al crecimiento de los hijos o modificaciones por enfermedad o muerte de uno de los padres como asimismo por cambios, ya sea de trabajo, grupo social o mudanza, pueden promover desarrollo y madurez en la familia y en sus miembros. Pero también podría provocar una crisis paralizante y traumática que imposibilitaría la readaptación benéfica a dicha circunstancia.

Es imposible crecer y desarrollarse sin pasar por diferentes etapas de crisis. Toda crisis debiera ser vivida como posibilidad de reflexión, como proceso natural de resolución que requiere una confrontación abierta y sincera permitiendo así que sea revitalizadora y vital, a través del inter juego dinámico de toda la familia.

La libertad y el desarrollo de una persona están determinados en gran parte a través de la participación dentro de su familia. Podría pensarse que una persona aislada es más libre pero desconoceríamos las restricciones que esta sufre debido a su aislamiento.



Ciclo vital de la familia

Los hombres al igual que los animales comparten los procesos evolutivos de sus sistemas.

Sociales: Galanteo, apareamiento, construcción del nido, crianza de los hijos, y mudanza de la descendencia para iniciar una vida propia. Debido a que los seres humanos tienen una organización social más compleja los problemas que surgen durante su ciclo vital familiar son características solo en los humanos.

La gente joven puede evitar el matrimonio debido a experiencias infelices en sus propias vidas familiares o buscar prematuramente la formación de su pareja como intento de liberación de una convivencia familiar desdichada. Algunos matrimonios encuentran dificultades desde el primer momento justamente debido a la razón que los movió a casarse, escapar de sus familias y luego descubren que la ilusión que animó sus pasos está muy lejos de darles la felicidad que ambicionaban.

Cuando la pareja casada comienza su vida de relación tiene que elaborar una serie de acuerdos que le permitan su íntima convivencia. Al mismo tiempo tendrá que aprender y encontrar formas de encarar los desacuerdos, el uso del poder, las críticas y las distintas emociones que suscitan esta vida en común. Cada uno estará influido por las formas de vida familiar que aprendió en su respectiva familia.

Este es un tema crucial pues no resulta fácil a la pareja encontrar un límite equilibrado en las relaciones con ambas familias de origen. Puede caerse en uno de los dos polos, ya sea un corte total creyendo que así se tendrá absoluta independencia o exceso de influencia parental en la vida de la joven pareja. Ninguna de estas soluciones externas los beneficiará. El mejor camino incluirá la independencia del matrimonio mientras se conserva la continencia emocional de sus respectivas familias.

Cuando comienzan a resolverse los problemas propios de esta etapa, la siguiente acecha con nuevos desequilibrios planteando así la necesidad de cambios que permitan el ajuste a la nueva situación.

Con el nacimiento del primer hijo surge una forma de convivencia ante problemas nuevos que necesariamente modifica y enfrenta a la pareja a un nuevo período. Este puede ser hermoso, lleno de expectativas por la llegada del nuevo ser que llenará de alegría a la pareja aunque acarreará cambios en horarios, intensidad de tiempo para cada uno y para la pareja, mayores egresos financieros, etcétera. Otras parejas utilizan al hijo como chivo emisario y excusa para el tratamiento de sus viejos problemas aun no resueltos y que son desplazados hacia la nueva situación creada por la llegada del niño. A veces la pareja acuerda pactos poniendo al hijo como causa en lugar de enfrentar los problemas reales que son arrastrados con el tiempo. Se crea así una situación tranquila que persiste hasta la partida de los dos.

Este es un período común en crisis alrededor de las dificultades en la crianza, comienzo de la escolaridad y mal funcionamiento social del niño. Las pautas de comunicación en la familia se hacen habituales, repeticiones que muchas veces no permite al niño desarrollarse y madurar como debiera. Muchas veces es aquí donde uno de los padres se alía a su hijo sistemáticamente en contra del otro cónyuge generando un sistema de interacciones perjudicial para toda la familia y especialmente del chico que queda así atrapado en esta eterna disputa. No todas las familias atraviesan esta crisis tan dificultosamente. Las crisis en sí mismas no son buenas ni malas, pueden generar una oportunidad de crecimiento y desarrollo para la familia como grupo humano y para cada uno de sus miembros. Cuando frente a las nuevas situaciones o requerimientos somos lo suficientemente flexibles como para buscar creativamente nuevas soluciones al problema. Todos se enriquecerán y desarrollarán sus capacidades. La pareja discutirá abiertamente el problema y encontrará una manera de resolverlo de acuerdo a sus necesidades. Los niños aprenderán a ubicarse dentro de los requerimientos familiares y esto los enseñará a manejar sus frustraciones, aprenderán a pedir y buscar soluciones entre todos.

“A medida que cambian las relaciones dentro de la familia, el vínculo matrimonial está sometido a una revisión constante. Es importante tener siempre presente que una familia es un grupo en marcha, sujeta a cambiantes influencias externas, con una historia y un futuro compartidos y con etapas de desarrollo tanto como con pautas habituales entre sus miembros” (Haley).

Cuando marido y mujer están alcanzando los años medios de sus ciclos vitales la relación matrimonial se profundiza y amplía, las relaciones con la familia extensa ha encontrado estabilización y lo mismo ocurre con el círculo de amigos. La difícil tarea de la crianza de los chicos quedó atrás y está el placer compartido de presenciar el crecimiento y desarrollo de los hijos.

Para otras familias es una época difícil. Muchas veces el marido, en otras la mujer, se han desarrollado y alcanzado un lugar que ni siquiera habían soñado. Si el otro cónyuge no puede acercarse a este desarrollo aparecen inevitables dilemas humanos. A veces la mujer queda estancada y es incapaz de producir cambios en su vida haciendo las distancias abismales. Otras, el esposo debe reconocer con desilusión que no ha podido siquiera acercarse a sus expectativas generando frustración que se contagia al grupo familiar.

Cuando llegan estos años medios, la pareja realmente ha elaborado modos rígidos de interacción y de ese modo le resulta sumamente difícil encontrar nuevas pautas para resolver los problemas. A medida que los niños crecen cambian las necesidades y lo que antes resultaba adecuado ahora produce crisis y desajuste. Pueden surgir graves tensiones. La turbulencia de los adolescentes con sus requerimientos y cambios en su forma de ver las cosas y las relaciones con la familia rompe el ordenamiento jerárquico previo.

Muchas veces el hijo es el único medio de unión de la pareja siendo de ese modo su fuente de preocupación y desacuerdo. Lamentablemente en casos extremos, ya sea que el hijo rompa su relación afectiva con los padres o que permanezca pasivamente bajo su tutela tiránica será siempre en perjuicio de su desarrollo y madurez.

El adolescente debería poder ir individualizándose en forma equilibrada. Conseguir poco a poco su independencia en las decisiones sin perder por este motivo su involucración afectiva con la familia. La mayoría de las familias, aun en medio de las crisis y luchas inter generacionales lo consiguen, en un proceso natural por el cual las dificultades se van remediando a medida que surgen.

Pasada esta etapa media, la familia ingresará luego en un nuevo período crítico. El matrimonio entra en un período de nuevos acuerdos y ajustes cuando los hijos comienzan a irse para formar así sus nuevas familias. Los padres deben elaborar una nueva relación como pareja. Deben permitir el paso armónico de sus hijos apoyándolos, dando paso así a la nueva condición de abuelos. Depende de muchos factores personales y familiares que esto pueda ser llevado a feliz término como proceso natural de la vida. Muchas veces aquí surge una gran dificultad marital cuando ante la partida del o de los hijos, la pareja se queda vacía, sin nada que compartir y decirse. Esto ocurre cuando a través de la vida matrimonial el único motivo de unión fueron los hijos.



AUTORIDAD. ORGANIZACIÓN JERÁRQUICA.

La libertad y desarrollo de una persona están facilitados en gran parte por la participación que haya tenido en su familia. No es el aislamiento y la soledad lo que favorece que un hombre sea más libre sino precisamente su posibilidad de aceptar límites y de contribuir con sus aportes y opiniones en el cotidiano intercambio relacional con sus semejantes lo que le permite tener conciencia de sí mismo y diferenciarse así de los demás.

La familia es una totalidad en donde las relaciones de los individuos que la componen no son lineales sino que las conductas de unos trae como respuesta la acción de los otros. Por eso podemos pensar que el acto de insurrección de un adolescente puede estar mostrando una incapacidad de los padres para hacerse obedecer.

La igualdad entre padres e hijos no resulta positiva, tampoco la encontramos como principio bíblico a seguir. Justamente la eficacia del funcionamiento familiar estriba en el reconocimiento de diferentes derechos y responsabilidades en sus miembros.

En la organización jerárquica de la familia, la autoridad y capacidad de los padres está dada por la experiencia en la vida y el aprendizaje que ellos han tenido. Los hijos deberán ser introducidos en este conocimiento a través de la formación y educación que los padres les brindan. Este es un precepto bíblico que nunca ha perdido vigencia.

La autoridad de los padres, que difiere mucho del autoritarismo, marca la frontera generacional que siempre debe ser respetada. Cuando sucede así, la familia se hace vulnerable y corre el riesgo de su disolución y fracaso en la socialización de los hijos. Este se hace más evidente cuando los niños llegan a la adolescencia y al carecer de parámetros para saber respetar la autoridad paterna tampoco aceptan normas y leyes del medio social al que pertenecen.



Funciones parentales

Los padres son los responsables de que este proceso se lleve adelante con amor y respeto hacia los hijos, pero con límites claros en cuanto a sus funciones parentales. Tomando la descripción y nominación que hace el Dr. Carlos Díaz Usandivaras, terapeuta familiar argentino, las agruparemos en dos tipos:

Llamaremos funciones nutritivas a aquellas que proporcionan amor, protección, alimento, etcétera, y que de esa manera cubren las necesidades básicas de los hijos. Son imprescindibles para la supervivencia y la integración del yo del niño. Son gratificantes para ambas partes, padres e hijos, suelen ser estables y son ejercidas en forma independiente por cada progenitor, son irreemplazables para que luego sobre la base del vínculo afectivo que producen puedan en el futuro introducirse normas y reglas de aprendizaje.

Llamaremos funciones normativas a aquellas que introducen y enseñan normas que ayudarán a los hijos en su adaptación y convivencia con el mundo exterior. Ejercer estas funciones produce muchas veces frustración. Dependen de la autoridad y aceptación que los hijos tengan de sus padres. Requieren de una acción conjunta y un acuerdo básico entre la madre y el padre, si no, no llegarán a ser efectivas. Generalmente exige mayor amor parental, poner límites, que permitir con liviandad cualquier conducta impropia en el hijo.

Ambas funciones son necesarias para una formación adecuada de los hijos. Sin ellas crecerán carentes de la posibilidad de adaptación y desarrollo que aseguren una inserción apropiada en el mundo.

Es importante una relación equilibrada de ambas, el exceso o déficit de cualquiera de ellas producirá una disfunción en el hijo y la familia como tal. La desmedida en las funciones nutritivas forma un hijo sobreprotegido y generalmente caprichoso, y la carencia de ellas dan como resultado un niño falto de afecto y seguridad en sí mismo.

El fracaso que muchas veces se observa en la co-parentalidad, acuerdo entre ambos padres, al ejercer las funciones normativas produce inevitables alianzas de uno de los progenitores con sus hijos, saboteando y minando la autoridad del otro padre. Este hecho, muy común en algunas familias, desgasta la estructura jerárquica imposibilitando un buen ajuste de los hijos que se sienten atados a un conflicto de lealtad y quiebra el sentimiento de respeto a la autoridad de sus padres.

Hoy en día podemos observar en muchos casos el fracaso en la socialización de los adolescentes como consecuencia clara de esta renuncia parental a ejercer las funciones normativas. Fracaso que genera gran cantidad de conductas violentas en los jóvenes adolescentes, deserción escolar, fugas y búsqueda en la droga y el grupo de pares. La necesidad no cubierta de autoridad paterna que en última instancia es demostrativa de un amor mal entendido o ausente.

Las razones de esta abdicación por parte de los padres pueden ser muchas. En un trabajo sobre violencia familiar el Dr. C. Díaz Usandivaras enumera las siguientes:

Inseguridad paterna generada por una mala interpretación de conceptos psicológicos adquiridos a través de medios masivos de comunicación.

Confusión en la discriminación e identificación de dos términos que llevan a ese desajuste: autoridad y autoritarismo.

Excitación del estrés y tensión que provoca en los padres el ejercicio de estas funciones normativas. Por ello muchas veces se claudica y a veces se llega al encubrimiento del problema del hijo. Por ejemplo, una madre que no le dice al esposo que su hijo ha sido expulsado del colegio tratando así de ”cuidarle sus coronarias”.

Conflictos en la pareja que producen complicidad de un progenitor, generalmente la madre, con sus hijos. El ejercicio de las funciones normativas solo puede ser bien ejercido por la acción compartida de ambos padres.

Privilegios otorgados a un solo hijo por considerarlo más débil, enfermo, diferente. Esto da como resultado un hijo tirano, carente de límites. En definitiva esto lo daña más que el amor bien ejercido a través de normas apropiadas.



CONCLUSIÓN

La familia es el lugar adecuado para la formación del hijo. Es en ella donde internalizará normas en forma progresiva. Estas reglas enseñadas e impuestas desde afuera por los padres irán construyendo en el niño el ejercicio de su autocontrol tan necesario para vivir en sociedad. De otro modo sólo estará acostumbrado a exigir y no dar, con la diferencia de que sólo los padres estaban dispuestos al equivocado «sacrificio» de «ofrecerse» en lugar de ejercer su autoridad.

Los padres más buenos no son aquellos que logran en su casa un lugar tan cómodo que sus hijos no desean irse y desarrollar sus propias vidas, sino los que han preparado a sus hijos de tal modo que pueden ser adultos autónomos, con identidad definida como para saber actuar fuera de la familia.

No tenemos que olvidar que la responsabilidad y función parental no es permanente sino que tiene la transitoriedad del tiempo que necesitan los hijos para aprender a vivir fuera de su hogar, ser capaces de formar sus propias familias y ser un aporte positivo a toda la sociedad.

La Biblia nos dice en el Salmo 127.3: Herencia de Jehová son los hijos. No son posesión nuestra, sino un préstamo precioso que Dios nos ha confiado para una firme misión: formarlos, educarlos y amarlos de tal manera que podamos ayudarlos a ser personas de bien, dispuestas a contribuir con toda su valía personal dentro de una sociedad más sana, más feliz. Al mismo tiempo se sentirán plenos, seguros, contentos de sí mismos.





LA HISTORIA DE NUESTRA VIDA

El punto de partida

La historia de nuestra vida inicia mucho antes de nacer. Nuestros padres reciben la noticia de que llegará un nuevo miembro a la familia. En este instante la mente de mamá y papá vuelan muy lejos imaginando cómo será ella o él. Luego, el resto de la familia quiere participar en el planeamiento de nuestro futuro, comentando sobre lo que haremos, la escuela donde nos conviene que estudiemos o la profesión que deberíamos elegir para ser exitosos; y los más arriesgados mencionan que deberíamos casarnos y tener hijos, posiblemente a los veinticinco o treinta años.

De esta manera, resulta fácil comprender por qué muchos especialistas del comportamiento humano consideran que las expectativas y los anhelos de la familia influencia, entre otras cosas, el futuro de los individuos, ya que, sin duda, cada uno de nosotros responde de una u otra forma ante esas demandas o presiones. La búsqueda de respuestas a preguntas como ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero ser? o ¿qué quiero ser?, pasan a primer plano. Al nacer, cada persona se encuentra inmersa en una realidad familiar y sociocultural, que influye en su manera de pensar, sentir y actuar. Desde niños jugamos con la idea de ser médicos, bomberos, maestros, veterinarios. En ocasiones podemos decidir qué vestiremos para ir al parque, con quién jugaremos o qué muñeco llevaremos de paseo; decisiones que a simple vista pueden resultar insignificantes, pero que a la larga se constituyen en una especie de entrenamiento y punto de referencia para la adecuada toma de decisiones en situaciones y circunstancias futuras.

El trayecto de la adolescencia

La adolescencia es un periodo muy particular de la vida. Abandonamos la niñez para adentrarnos en la vida adulta. Esta época de transición es caracterizada por muchos, como una etapa de cambios radicales y de grandes retos.

La búsqueda de respuestas a preguntas como ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero ser? o ¿qué quiero ser?, pasan a primer plano. Las ideas infantiles se topan de frente con las nuevas prioridades y expectativas.

Las decisiones y los proyectos encuentran un terreno fértil en la etapa de vida en que se encuentra los adolescentes. Es común escuchar a los jóvenes hablar sobre lo que desean ser o lo desean lograr en diferentes ámbitos de su vida. Metas como terminar el colegio, poder ingresar a la Universidad, viajar y conseguir un buen trabajo; frecuentemente ocupan los lugares de privilegio en la lista de los sueños de muchos jóvenes.

Un proyecto de vida

Los adolescentes necesitan un motor que los impulse hacia la consecución de esas metas, además de las emociones que pueden ser pasajeras. Sus sueños deberían estar acompañados de una guía acerca de lo que desean lograr y de cómo pueden conseguirlo. Para ello es muy útil tener un plan o proyecto de vida.

El proyecto de vida puede entenderse como un bosquejo de nuestras metas, con los pasos que queremos dar en el presente para lograrlas. Este esquema facilita el logro de las mismas, porque nos permite tener una visión más clara de las cosas que debemos hacer para alcanzar nuestros propósitos.

Frecuentemente, las y los adolescentes tienen en mente lo que desean llegar a ser; empero algunas veces, estos proyectos responden a anhelos de la infancia o a las expectativas de la familia. Por esta razón, es importante que los jóvenes tomen tiempo para conocer cuáles son sus intereses, sus capacidades y sus limitaciones, con el fin de que sean ellos mismos quienes elijan personalmente sus metas y estén convencidos de querer lograrlas.

El acompañamiento y consejo de padres, mentores y amigos es valioso; sin embargo el proyecto de vida debe responder, de manera muy particular, a las características personales de cada adolescente. Es por esta razón que la reflexión y conclusiones en torno a lo que se desea alcanzar en la vida —y cómo hacerlo—, sea diseño propio de los jóvenes. Cada proyecto de vida es único y especial, tal como cada individuo lo es. Es importante que los jóvenes tomen tiempo para conocer cuáles son sus intereses, sus capacidades y sus limitaciones. Es fundamental que todo joven se fije metas claras y defina los pasos que ha de seguir para conseguirlas. Además, es necesaria la motivación para triunfar y una sana actitud de aprendizaje ante cada experiencia. Escuchar la opinión de otros, principalmente de aquellos que los aman, permitirá evaluar las circunstancias de una manera más realista y objetiva, y hacer los ajustes necesarios para seguir adelante.

El conseguir las metas es un verdadero reto para cada adolescente, porque requiere de tiempo, esfuerzo y dedicación. Además, en el camino se pueden presentar adversidades, las cuales podrían cambiar el rumbo de las cosas. Lo más importante es, por lo tanto, cultivar una actitud emprendedora que nos motive a continuar el camino. Tener claro hacia dónde vamos y cómo conseguiremos llegar ahí, nos permite tomar buenas decisiones para lograrlo y perseverar. Si se sienten inseguros o sin dirección, pueden buscar el consejo de personas de confianza o de un profesional que pueda orientarlos.

A continuación, algunos consejos para el planteamiento de un proyecto de vida durante la adolescencia:



- El proyecto de vida de cada individuo es irrepetible ya que responde a necesidades particulares. Es conveniente que los familiares, mentores, amigos, otros le aporten consejos y valoraciones, sin embargo debe ser la persona misma, en última instancia, la que decida su futuro.



- El proyecto de vida no es estático, puede ser ajustado y variado de acuerdo a las circunstancias, situaciones o cambios que se presenten en el camino.

- No pretendamos resolver nuestra vida desde ya. Sin duda podemos definir con relativa facilidad y de forma concreta las metas más inmediatas y generales, como desempeño escolar, recreación, relaciones filiales y de amistad, etcétera.

- Los objetivos de mayor trascendencia deben ser sopesados con detenimiento, es decir aquellas grandes directrices que definirán el rumbo de la vida, tales como la escogencia de la pareja con quien se compartirá la vida, la elección de profesión, criar hijos… . Es importante tener presente que las decisiones definitivas de la mayoría de estos objetivos, pertenecen a etapas posteriores de la vida, aun cuando desde ya podemos ir allanando el camino para cuando ese momento llegue.

Los adolescentes han ido cobrando cada vez mayor importancia dentro de la comunidad por sus necesidades –educativas, sanitarias, de capacitación– o bien por los problemas que han planteado delincuencia juvenil, toxicomanía, rebeliones.



Han creado inclusive un vasto mercado de consumo para su vestimenta, material de lectura, recreación, etcétera. Además, en las sociedades modernas aumentó el número de adolescentes, debido a que el período de la adolescencia dura más tiempo, iniciándose a edad más temprana y finalizando más tardíamente.



Es, pues, de particular interés dedicar unas líneas a la pregunta: ¿qué es la adolescencia?

Es una etapa en la vida –respondemos– entre la niñez y la adultez por la cual todos hemos pasado. En nuestro país, se inician sus primeras manifestaciones ya a los 9 años en las niñas, un poco más tarde en los varones. Es más difícil determinar cuando termina; algo arbitrariamente lo establecemos alrededor de los 22 años. Su duración es variable en las diversas personas, dependiendo de múltiples factores.







CINCO CLAVES PARA TENER BUENOS HIJOS



La primera clave es que todo padre debe dirigir a sus hijos por el camino del Señor, y de acuerdo a su Santa Palabra. Proverbios 10:5 dice: “El hijo prevenido se abastece en el verano, pero el sinvergüenza duerme en tiempo de cosecha”. Es importante que usted dé a sus hijos dirección bíblica en su vida. Ayude a sus hijos a ser persistentes, enséñeles a ser diligentes, a hacer bien el trabajo como para el Señor.

Asegúrese, por ejemplo, que ellos quieran trabajar como para el Señor. Ayúdelos a establecer metas en sus vidas: ¿Por qué están trabajando? ¿Solamente para comprar de acuerdo al consumismo latino, o para acumular dinero? Metas tales como ir a la universidad, comprarse un auto, o tener su propia casa. Debe animar a sus hijos, para que como resultado del ingreso que están ganando, ellos diezmen en forma regular. Yo no puedo enfatizar este punto lo suficiente, todo padre cristiano debe enseñar a sus hijos a dar y a diezmar para la obra del Señor.

Ayúdelos a que con sus ingresos apoyen alguna familia misionera, ayúdelos a sostener alguna familia pobre, de manera que ellos puedan ver, a primera vista, el impacto de sus ofrendas y sus diezmos. Eso los animará y los mantendrá activos y fuertes espiritualmente en el área del diezmo y las ofrendas, por el resto de sus vidas.

La segunda clave del éxito es que los padres deben ser amorosos y disciplinados. Proverbios 11:14 dice: “Sin dirección, la nación fracasa”. Y eso es verdad con respecto a los hijos, lo mejor que usted puede hacer por sus hijos es darles disciplina amorosa y amable. Anime a sus hijos. Una de mis faltas personales como padre, es que a veces paso más tiempo corrigiendo a mis hijos que animándolos. Yo creo que hay un principio muy sencillo: por cada minuto que nosotros invertimos en corregir a nuestros hijos debemos pasar tres minutos animándolos.

La tercera clave para el éxito de los hijos, es la diligencia personal. “El hijo sabio es la alegría de su padre; el hijo necio es el pesar de su madre”, eso es lo que dice proverbio 10:1. Una vez más, insisto en el 100% del seguimiento del trabajo de nuestros hijos. En otras palabras, no le permita comenzar algo y luego abandonarlo. Si ellos comienzan un trabajo necesitan terminarlo, insista en que sea terminado en su totalidad, esto es lo mejor que usted puede hacer por ellos, enseñándoles y mostrándoles cómo ser diligentes en su trabajo.

En cuarto lugar, ayúdelos a establecer algunas metas personales. Proverbios 21:5 dice: “Los planes bien pensados: ¡pura ganancia! Los planes apresurados: ¡puro fracaso!”. Inicie a sus hijos alcanzando metas a corto plazo y luego metas a largo plazo.

El quinto punto, que es uno de los más importantes, es el de la persistencia y el de la constancia. Proverbios 12:24 dice: “El de manos diligentes gobernará; pero el perezoso será subyugado”. Ayude a sus hijos a ser persistentes, enséñeles a ser diligentes, a hacer bien el trabajo como para el Señor, y a apegarse a su trabajo y a no renunciar a pesar de las circunstancias.

Entonces, cuando tengan este tipo de actitud alcanzarán el éxito en todas las cosas que emprendan, sobre todo en sus vidas financieras. Siempre anímelos a ser persistentes, sea franco con ellos, disciplínelos cuando no lo hagan, pero siempre anímelos. Sea de ánimo para sus hijos y se lo agradecerán por el resto de su vida.

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